De mandato a símbolo

Estos dos años desde el referéndum han sido una exhibición de elusión de responsabilidades

1. "No somos suficientes". El tiempo matiza la significación de los iconos colectivos. Hace dos años era "el mandato del 1 de Octubre", ahora es "el espíritu del 1 de Octubre". Es decir, el 1O ya no es un imperativo que emana del pueblo sino un símbolo de "compromiso, afirmación, solidaridad, propuesta, colectividad, dignidad y explosión democrática a favor de la autodeterminación" para encarar los tiempos que vienen. 

Han pasado dos años. Ni la república existe, ni el independentismo ha sido definitivamente derrotado como se repite día sí y día también desde Madrid. La república no ha llegado porque ni estaba ni está al alcance de los que la prometen. Cuando el presidente Torra dice que "el gobierno se compromete a avanzar sin excusas hacia la República Catalana", debería especificar qué quiere decir. Porque en la realidad de hoy la frase no es más que una jaculatoria: "una oración breve y ferviente", como dice el diccionario en catalán. Y las oraciones sólo suelen servir para alimentar la fe de los creyentes. Estamos en tiempo de dudas, en el que la conciencia de los independentistas es interpelada por una constatación: "No somos suficientes". Así era el 1 de Octubre y así sigue siendo hoy.

2. Irresponsabilidades. Dos años después constatamos lo que ya sabíamos: que Cataluña es un grave problema para España, que no sabe cómo afrontarlo porque lo vive desde la herida a su ego patriótico. Y que el independentismo puede desestabilizar España, pero no tiene al alcance su objetivo de máximos. Se sabía hace diez, hace cinco y hace dos años. Y nadie ha sido capaz de obrar en consecuencia. Los gobernantes españoles han buscado la vía del escarmiento, rehuyendo la política y trasladando el problema el poder judicial. Y los dirigentes independentistas no han logrado salir de una retórica de confrontación que sirve para mantener las apariencias pero que no se corresponde con la realidad de un desgaste permanente.

Han sido necesarios dos años para que se empiece a entender que la Generalitat no puede seguir sin aprobar presupuestos y que la reducción de la política de gobierno al ruido del Procés está teniendo altísimos costes institucionales y sociales. Y ahora todos pendientes de lo que digan los jueces. Una sentencia que, erróneamente, en Madrid quieren ver como punto final y aquí como la última oportunidad de la revuelta imposible. La espera de la sentencia del juicio habrá sido la gran coartada para pasar dos años sin hacer nada más que construir los retratos perversos del adversario. Evidentemente, rehuyendo cualquier intento de captar la complejidad de una sociedad como la catalana, de un estado como el español.

Estos dos años han sido una exhibición de elusión de responsabilidades. La última, la del presidente Sánchez, que ha renunciado a formar gobierno al precio de afrontar la sentencia en situación de interinidad y sin ninguna propuesta para el día después que no sea la de la derecha: aplicar el 155 a la mínima que algo se mueva. Sánchez lleva una semana amenazando con el famoso artículo. No ha variado nada respecto a la era de Rajoy. Él mismo ha destruido la posibilidad de un escenario de diálogo.

Entre dos impotencias, dos posiciones lideradas por personas incapaces de decir a los suyos qué hacer, aunque no les guste, sólo queda hacer de la necesidad virtud. Empieza a haber editorialistas y analistas en Madrid que ya no hablan de derrota del independentismo sino de impasse. Quizás es el primer indicio de reconocimiento de que no se puede seguir negando al otro. Cuando todas las partes lleguen a esta conclusión quizás se podrá avanzar. La ciudadanía empieza a estar pesimista y cansada. El riesgo del independentismo es que, una vez pasado el duelo de la sentencia, cuando busque sus votantes se encuentre que en lugar de ser más son menos. El paso del tiempo sin avances desgasta a todos, pero al independentismo más. No tiene quien le ampare.

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