COMPAÑEROS DE VIAJE

El maestro de la serenidad

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escriptor i professor d'humanitats a la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona

Pocas veces he leído un texto tan duro y cruel como el de la expulsión de Baruch de Spinoza de la sinagoga de Amsterdam. Los jueces religiosos, máximos detractores del filósofo, le desean y auguran una maldición eterna rodeado del mayor sufrimiento posible. El expulsado es presentado implacablemente como la encarnación misma del mal, el demonio en persona, el tenebroso enemigo de Dios. Afortunadamente, cuando leí este texto de condena, ya me había formado una nítida opinión sobre Spinoza y lo consideraba el filósofo más ecuánime que ha existido en Europa. Poco dado a militancias intelectuales derivadas de un nombre —"hegeliano", "marxista", "platónico" y demás derivaciones— sí me consideraba, aunque sin alardear de ello, "spinoziano".

Para mí ser "spinoziano" representaba un homenaje a la actitud espiritual de Spinoza. El filósofo holandés de origen sefardita no solo no era ateo, como denunciaban sus enemigos, sino que defendía una divinización de la entera naturaleza que otorgaba una gran dignidad a las existencias que nos rodean. Es como si Spinoza, que trabajaba como humilde pulidor de lentes para su uso en la óptica, hubiera aplicado sus cristales a los distintos fragmentos del mundo para dotarlos de profundidad y belleza. El suyo era un panteísmo sin grandilocuencia, nacido de la serena contemplación de las cosas.

Esta serenidad, dirigida a la naturaleza, también la dirigía hacia el alma humana. Junto a los 'Ensayos' de Montaigne quizá sea la 'Ética' de Spinoza el libro más útil para apaciguar, aunque sea transitoriamente, nuestras pasiones de cuantos se han escrito en la cultura europea. Apaciguar, en ambos casos, no significa anular o rehuir sino atravesar sabiamente las pasiones, vivirlas, incluso a fondo, sin sucumbir. La 'Ética' es un auténtico manual de supervivencia, de hondo calado intelectual, que nos consuela y renueva nuestras fuerzas aun sin crear falsas ilusiones acerca de la condición humana. Baruch de Spinoza, el maldito diablo de los rabinos de Amsterdam, es nuestro maestro de serenidad.

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