La hipótesis del teletrabajo

Durante estos meses se ha producido una disrupción inédita en la historia urbana reciente

Barcelona durante las horas de deporte permitidas en plena pandemia por el covid-19 / MARC ROVIRA

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icen los portales inmobiliarios digitales que la pandemia del covid19 ha cambiado drásticamente el tipo de vivienda que buscan las personas. Algunas nos evadimos soñando que, si sobrevivimos, aprenderemos a vivir mejor. Hasta marzo me levantaba a las seis y media de la mañana, me vestía, preparaba los desayunos, despertaba a las niñas si estaban conmigo, las dejaba en la parada del autocar, hacía tres cuartos de hora en metro y algunas tardes las recogía en la escuela de música para llegar a casa sobre las ocho y media. A menudo viajaba para asistir a congresos o reuniones y cogía algunos aviones y trenes a horas intempestivas. A veces pensaba que tenía un punto de absurdo pero que era lo que tocaba, y que en todo caso tendría que pasar algo muy gordo para que hiciéramos un pensamiento. Pues ha pasado: ni Greta Thunberg se lo habría imaginado.

Durante estos meses de confinamiento se ha producido una disrupción inédita en la historia urbana reciente: la necesidad de desplazarnos continuamente de un lugar a otro. Espero que el cambio cultural que todos hemos hecho para garantizar la salud pública sirva para retomar la actividad, conscientes del poder de las decisiones colectivas. ¿Puede ser este imprevisto un precedente para hacer frente a otras crisis globales, como la emergencia climática?

No basta con pintar carriles bici en la calle: si después del confinamiento todos volvemos a movernos como antes, los niveles de congestión, de tráfico y contaminación serán de nuevo mortíferos. ¿Es realmente un escenario posible, el teletrabajo? La casa ideal para el teletrabajo tiene patio o terraza, y un contacto directo con la naturaleza ... Tiene una mesa grande para utilizarla como lugar de reuniones o despacho y una gran pantalla en la pared para no perder la vista en las videoconferencias. Y un cubo de residuos orgánicos para el compostaje, así como un depósito para recuperar el agua de lluvia. En los centros de las ciudades globales, estas casas no se pueden pagar, pero en municipios medianos, se encuentran oportunidades asequibles, sobre todo con la hipótesis de las vacaciones europeas y las inversiones extranjeras restringidas hasta que no aparezca la vacuna. Pero si se confirma la demanda real para casas más amplias y con acceso al verde, ya vamos tarde; hay que ampliar el marco mental de la vida colectiva en el territorio, porque habrá algunas personas (las afortunadas que mantengan trabajos que no requieran presencia) que podrán trabajar sin la necesidad de bajar diariamente a las oficinas. Y eso nos beneficiará a todos, incluidas las personas que tengan trabajo presencial, porque las calles irán más fluidas y se liberarán asientos en el metro.

Desde el ámbito residencial, nada nuevo. Desde finales de los años setenta, Barcelona, Hospitalet, Badalona, Santa Coloma y Cornellá pierden población o crecen muy poco (gracias a las migraciones), y ha aumentado el número de amigos y familiares que se han mudado al Bajo Maresme, Vallés, Ordal o Garraf. En estos ámbitos, hasta los noventa se duplicaron o triplicaron las poblaciones, y se ha mantenido una tendencia de crecimiento hasta la fecha. Pero la proliferación de casetas y chalés con piscinas ha disparado el consumo energético, la polución de los coches y el consumo en grandes superficies.

Ahora es urgente tener el territorio en la cabeza para que, dentro de un año, si todo va bien, cuando podamos hacer vida en la calle, la movilidad metropolitana sea sostenible y se pueda ir a comprar el pan y el periódico cada día sin necesidad de coger el coche. Porque sería terrible pensar que hemos sido capaces de parar el mundo para frenar un virus, pero que estamos dispuestos a acabar con los recursos del planeta por nuestra incapacidad de organizar núcleos urbanos autosuficientes, donde se pueda producir la energía que se necesita para vivir y no contaminar para hacer trayectos innecesarios. Actuar para compactar con densidades adecuadas: un proyecto metropolitano que, de hecho, no ha acabado de creerse nadie. Pero el camino de la metrópolis pasa por ser más solidarios y ampliar los ámbitos de planificación más allá del barrio o del municipio propio.

Se trata de descartar el ideario suburbano anglosajón y recuperar la larga tradición mediterránea del crecimiento orgánico, aquel que se articula alrededor de ramblas, paseos y plazas con una densidad adecuada, con muchos terrados y patios anchos en casas de alturas razonables. Con un espacio público de ocupaciones espontáneas, reversibles y no sistemáticamente masificadas. Todo ello permitiría equipar mejor las dotaciones como hospitales y escuelas en todo el territorio, que no dependerían tanto de las estaciones del año y las vacaciones. Si esto ocurriera, sería la hora de la recuperación del patrimonio y de priorizar la vivienda por encima del turismo, con una reducción efectiva de la huella ecológica. Si hubiera alguna propuesta política comprometida y exigente en este sentido, seguro que los que hacemos planes para el escenario post-pandemia estaríamos mucho más receptivos.

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