ENSAYO

Nuestro hogar y el de los demás

Puede ser un buen momento para repensar las prioridades de la agenda urbana de nuestras ciudades

Nuestro hogar y el de los demás / Andrew Kelly / Reuters

N

o es la primera vez que estoy confinada en casa. Cuando nació mi segunda hija, la tuvimos que ingresar por una bronquiolitis aguda a los diez días. Lo recuerdo todo de aquel ingreso en el hospital: sus llantos cuando las enfermeras intentaban ponerle una vía de madrugada, la debilidad extrema, mi insomnio añadido a una situación posparto muy dura, no poder ver la hija mayor para evitar más contagios, el respirador, el control de la saturación ... Diez días en una habitación de hospital con un bebé dan para mucho. Me lo dijo mi madre: desgraciadamente, los traumas no se borran nunca de la memoria, y podría recrearme en aquel dolor a lo largo de todas las páginas de este diario.

Después vino el confinamiento en casa. Contratamos a una canguro del barrio, para que acompañara a la mayor a la guardería. La pequeña y yo nos quedábamos solas en casa y, poco a poco, se fue recuperando. Hasta la fecha ha sido una criatura muy sana y, a pesar de todos los pronósticos médicos (que auguraban que tendría problemas respiratorios crónicos), sólo tiene más mocos y una voz nasal muy divertida cada vez que el invierno se alarga.

Estuve un mes y medio sin salir mucho de casa, con una hija de meses y la otra de dos años. Teletrabajando y coordinando cosas mientras la pequeña dormía, porque tenía un trabajo de mucha responsabilidad en el Ayuntamiento de Barcelona y era año electoral. Parecía que el mundo se acababa en mayo y los periódicos no daban tregua. La oposición era implacable y sus críticas arrasaban con todo y con todos. Lo hicieron tan bien que ganaron las elecciones. Visto en perspectiva, pienso que la maternidad me salvó de la crueldad y la ingratitud que manejan los partidos, y algunos políticos.

Cuando termine la emergencia, si sobrevivimos, se abrirán algunas ventanas y nos asombraremos de lo que no nos habíamos contado

Aquel primer confinamiento para cuidar de Mariona me hizo descubrir nuevas dimensiones de mi casa. Exactamente mío, el apartamento, no lo era: era de unos familiares que nos lo alquilaban a un precio razonable a cambio de que lo cuidásemos, y así iban pagando la hipoteca. Era un sótano en Vallvidrera -los dormitorios estaban enterrados respecto a la carretera por donde hacen carreras las motos-, pero a cambio tenía unas vistas espectaculares. Me hacía particularmente feliz la habitación de las niñas. Tenía un altillo con una cama doble, y la cuna y la camita quedaban cobijados por aquel techo de madera a media altura. Por la noche encendía unas lucecitas de colores y de día sacaba los juguetes al comedor, porque en la habitación no entraba el sol ni por asomo. Proyectamos todas nuestras ilusiones en los espacios domésticos, y por eso preparamos habitaciones antes de los nacimientos o compramos muebles que no necesitamos, como si reordenando objetos fuéramos capaces de reordenar nuestras vidas.

Aquel apartamento no cumplía las condiciones de habitabilidad que fija el Decreto de Habitabilidad de la Generalitat de Catalunya del año 2012 porque las habitaciones no ventilaban y no era nada accesible (tenía un montón de escaleras), pero en cambio tenía unas vistas extraordinarias. Probablemente es uno de los pisos más lujosos donde he vivido a pesar de que era muy viejo y frío, porque aquellas vistas sobre el bosque y el mar a lo lejos me daban la paz y la amplitud de miras que necesité para ayudar Mariona a recuperarse.

El decreto de habitabilidad catalán, pensado para impedir los abusos del sector inmobiliario y las sobreocupaciones (los pisos patera, las camas calientes o la infravivienda), establece que la superficie mínima de las habitaciones debe ser de 5 m2 para una persona, 8 m2 para dos personas o 12 m2 para tres personas. Las ordenanzas de cada municipio suelen fijar que en el dormitorio principal debe poder caber un cuadrado de 2,5 metros de lado, o que las habitaciones de los hijos deben tener mínimo 2,2 metros de ancho. Pero los que tenemos criaturas hemos optado muchas veces para poner nuestra cama (mal llamada "de matrimonio") en la habitación pequeña y dejar la grande para los niños: si no, es imposible que monten los circuitos de coches, hagan rompecabezas grandes o jueguen a tiendas. Y si queremos niños autónomos, deben tener espacios donde jugar y leer sin la interferencia adulta.

Las casas, como las familias, no son tipificables. La clásica fórmula inmobiliaria -un dormitorio grande y uno pequeño, un baño, sala de estar con comedor y cocina separada en 75 m2 por no menos de 1.000 euros- es ajustadísima para unidades familiares con hijos. Las criaturas juegan en cualquier rincón -incluso en las escuelas sus espacios lectivos favoritos se llaman así-, pero necesitan cambiar de ambiente cuando el juego con hermanos se vicia. Y el día tiene muchas horas. Antes del confinamiento salíamos a dar una vuelta, íbamos a comprar con cualquier excusa o nos deteníamos en el parque a leer el periódico para que los pequeños se entretuvieran con cualquier espacio desconocido. El factor "descubrimiento" o "redescubrimiento" era importantísimo. Cualquier sombra, bordillo, peana o pavimento seriado puede ser motivo de incitación al juego. Yo misma empecé el confinamiento cambiando algunos muebles de lugar para hacerme un espacio de trabajo en la habitación y así dejarles libre el comedor a mis hijas. Estos días todas las piezas de las casas se convierten en espacios ocupados por el entretenimiento infantil. También los paramentos (paredes, vidrios, pavimentos) son superficies potenciales para pintar, organizar proyecciones, circuitos o decoraciones banales. Asumámoslo, sólo nos quedan los baños como espacios de intimidad que la convivencia respeta.

La vida familiar puede ser fantástica y, a veces, también exasperante. Una simple conversación puede desencadenar una tormenta, y sin aire, sin ratos de separación, las relaciones de pareja se pueden romper para siempre. Y, además, la gente tiene amigos, amantes, vicios, aficiones y conexiones no confesadas que estos días sobreviven como pueden. ¿Cómo debe de estar ahora Tinder?

La imagen de los padres agobiados con un teletrabajo difícil no deja de ser simpática. Los niños habitualmente son alegría, y en realidad aportan los vínculos y el afecto necesario para no dejarse llevar por el desasosiego de la situación real en los hospitales. Son mucho más duras otras situaciones dolorosas: adultos de entre 20 y 35 años -en edad de tener pareja o divertirse confinados con sus padres por los precios de los pisos, gente mayor sola que no trabaja ni tiene vínculos sociales, personas dependientes que viven lejos de los cuidadores, pisos compartidos, estudiantes que se han quedado sin acceso al mercado laboral ...

¿Cuántos pisos en Barcelona tienen una habitación ventilada y con baño propio?

En realidad, puertas adentro, no sabemos nada de las casas de cada uno. Cuando termine la emergencia, si sobrevivimos, se abrirán algunas ventanas y nos asombraremos de lo que no nos habíamos contado. Es aquella escena tan dramática de Los lunes al sol, de Fernando León, con Santa (Javier Bardem) yendo a casa de Amador (Celso Bugallo) y descubriendo que su amigo del bar, tan discreto y contundente, vivía rodeado de inmundicia y sin agua corriente. La escena de la lámpara de la marquesina parpadeando e indicando el cuerpo inerte del amigo que se ha lanzado al vacío es a lo que no nos gustaría enfrentarse jamás.

Las administraciones tienen cuidado del espacio público (calles, plazas, equipamientos), pero el diseño del ámbito doméstico se regula con unas ordenanzas complicadas y se delega su gestión al criterio de las comunidades de propietarios. En realidad, no disponemos ni de planos sobre cómo es nuestro parque edificado. Me preocupa la guía que han difundido las autoridades sanitarias sobre la atención a enfermos leves de Covid-19. Se recomienda que se encierren en una habitación ventilada y con baño propio. ¿Cuántos pisos en Barcelona tienen esta posibilidad? Sospecho que el dato ni existe. Sería conveniente, como mínimo, cartografiarlo, porque cuando pase la pandemia, seguiremos teniendo pospartos, curas oncológicas, varicelas, gripes o enfermedades contagiosas que requerirán el aislamiento de uno de los miembros de la familia y tiene todo el sentido del mundo pensar que la mayoría de los cuidados, mejor hacerlos en casa que en los hospitales. O, simplemente, querremos envejecer con dignidad y no tener que hacerlo en soledad en un piso nuevo para poder disfrutar de un inodoro propio. Comprender qué casas tenemos es importante porque nos sobrevivirán, y será también un legado para futuras generaciones. Lo que construimos, diseñamos o habitamos nos trascenderá y será el hogar de los demás.

¿Y las terrazas? Cuando escribo a amigas o hacemos llamadas por Skype con compañeros de la escuela, lo primero que dicen algunos es: "¡Suerte del balcón!" o "¡Suerte de la terraza!" Cuando las criaturas entran en el bucle, nada como el aire fresco y el sol para calmar las emociones. Abrir la ventana, estos días, es abrir una nueva puerta al mundo. Especialmente, en las convocatorias de aplausos. A las criaturas les encanta sentir que no están solos, que se implican en las causas solidarias y que detrás de las ventanas hay miles de personas que se han quedado en casa para hacer frente a esta pandemia tan antiurbana, que se ha hecho fuerte abusando del impulso gregario de la humanidad y de la densidad mediterránea.

Estos días todas las piezas de las casas se convierten en espacios ocupados por el entretenimiento infantil

Pero, en realidad, en los municipios catalanes vivimos más confinados que en el resto de Europa. No somos conscientes de ello, porque siempre hemos vivido así, pero la mayoría de las viviendas de las ciudades catalanas se construyeron de manera muy utilitaria y están muy, muy envejecidos.

En otras latitudes no soportarían vivir sin acceso a un espacio exterior de uso privativo. Lo considerarían infravivienda. ¡Una salida, una azotea de uso privativo o un jardín son un lujo impagable estos días!

Y luego está la historia de los balcones. Durante muchos años, en los balcones urbanos se veían bragas, toallas, bicicletas, bombonas de butano, jaulas de pájaros ... Y eso, en una sociedad obsesionada por el orden aparente, molestaba. También había gente que cerraba las terrazas con cristales transparentes. ¡Osaban hacer galerías! A los arquitectos no les gustaba, porque les distorsionaba la fachada (¡qué manía de la gente de hacerse la casa a medida!) Y a los normativistas les hacía la puñeta porque se podrían computar los metros cuadrados como si fueran interiores. ¡Había que luchar contra la especulación y, si convenía, prohibir los balcones y las terrazas! Muerto el perro, se acabó la rabia. Muchos planes urbanísticos no permiten abrir balcones hacia fuera de las viviendas, sólo protecciones solares a dos palmos de la fachada. Todo ello es consecuencia de un cálculo económico: los balcones cuentan la mitad de la edificabilidad, pero si se cierran, su superficie computa en su totalidad. Una trampa al solitario que nos hemos hecho, porque las terrazas se aprovechan más en verano que la cocina o algunas habitaciones. Y sobre todo en los municipios de la costa o de la montaña, donde hay mejores vistas y contacto con la naturaleza.

España es el segundo país de la Unión Europea donde la gente vive más apiñada (el 66% de la población vive en pisos, en lugar de casas). Por el contrario, en Croacia, Eslovenia, Rumanía y Noruega la mayoría, entre el 70% y el 60%, viven en casas aisladas (ni adosados ni apartamentos). En el Reino Unido, los Países Bajos, Irlanda o Bélgica, entre el 60% y el 40% viven en casas adosadas. Es decir, en casas que comparten medianera, pero tienen escaleras interiores y patios individuales fuera. Todo ello permite dividir las funciones domésticas en pisos: sala de estar y cocina en la planta baja, habitualmente con una generosa biblioteca incluso en los barrios más humildes; habitaciones en la planta intermedia, y un espacio indeterminado en el desván, para acoger invitados o guardar trastos.

Cuando salgamos de esta pandemia, tendremos que asegurarnos de que nuestros hogares tienen suficientes espacios exteriores

La paradoja es que no es mucho más caro construir bien. Si se han hecho pisos más pequeños ha sido porque se podían vender mejor: un bloque de muchos pisos pequeños da más rendimiento que uno con menos pisos, pero grandes. Y se ha tendido a legislar a favor de los aprovechamientos y las edificabilidades en lugar de las necesidades familiares. Todavía ahora, en los concursos públicos, se otorgan más puntos a las propuestas que hacen más unidades de vivienda, aunque sean muy pequeñas. La cantidad por encima de la calidad del espacio habitable: hay pocos pisos con doble fachada, con techos altos y espacios abiertos al exterior, como terrazas y balcones. Al final de un ciclo electoral, es más vendible haber hecho 700 pisos de 40m2 que no 350 de 80 m2. Nadie mira si estos pisos tienen espacios amplios, habitaciones flexibles o luz natural como más horas del día mejor. Y, si son muy pequeños y estrechos y no cumplen con el decreto de habitabilidad, los llamamos alojamientos. Y así se ha ido empobreciendo el entorno construido hasta que la pandemia nos ha confrontado con la realidad.

El 15% de la población europea vive en viviendas sobreocupadas. Según las estadísticas, en España hay pocas situaciones de sobreocupación oficialmente, aunque sospecho que los datos del catastro, que ya se demostraron irreales y contraproducentes en la cuestión de los pisos vacíos en Barcelona, no reflejan la acumulación real de personas en barrios como el Raval. El 4% de la población europea vive en condiciones de habitabilidad muy precaria (sin baño o sin inodoro, con cubiertas con goteras o espacios sin luz natural a ninguna hora del día). Son cifras significativamente más elevadas que las del maldito coronavirus, pero a nadie parece importarle.

Hay quien sostiene que los jardines individuales en la ciudad no son sostenibles. Pero los europeos que tienen patio cogen menos el coche para salir de fin de semana. En nuestras latitudes ya hemos visto cómo, incluso con el estado de alerta decretado, la gente que tiene la suerte de tener segunda residencia (y poca empatía con la situación), han cogido el coche para pasar el confinamiento. Hay fórmulas para hacer jardines compartidos, y confiar en que el coeficiente de uso simultáneo será muy bajo. Le Corbusier predicaba su famosa fórmula de "Une maison, un arbre" hace casi cien años.

Cuando salgamos de esta pandemia, tendremos que romper el decreto y las ordenanzas municipales para asegurarnos de que nuestros hogares tienen suficientes espacios exteriores para poner plantas, hamacas, bicicletas, casas de muñecas, sillas de ruedas, mesas para almuerzo, cunas o lo que se nos ocurra. Los planes urbanísticos no son difíciles de cambiar si la administración se lo propone, y construir con superficies más amplias y buenos espacios exteriores no es significativamente más caro.

Todavía estamos a tiempo de bajar el ritmo de la reunionitis (incapacidad para tomar decisiones), los excesos, los cul-de-sac y las redundancias. Pero estos días, en que nos encontramos con nosotros mismos y nos cuestionamos qué es esencial, pueden ser un buen momento para repensar las prioridades y aplicar el aprendizaje de los balcones a toda la agenda urbana. Y, si alguna vez volvemos a salir de casa, haremos de las fachadas grandes galerías porticadas.

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