Carmen Alborch, una mujer tan valiente

Una mujer capaz de enfrentar todos los desafíos sin perder absolutamente nada de su singularidad

MARINA SUBIRATS
MARINA SUBIRATS Sociòloga

Recuerdo el día que la conocí; me la presentó una amiga común, diciéndome, ya verás, es una mujer increíble, ya es decana de la Facultad de Derecho y profesora de derecho mercantil, a los treinta y pocos años, cuando todos éramos PNNS insignificantes en las universidades. Caramba! Era hacia finales de los setenta, apenas estrenábamos democracia y todo estaba por hacer. Ciertamente, todo no fue posible, pero hicimos un gran salto adelante, sobre todo las mujeres, que lo teníamos todo por ganar.

Cuando la vi me quedé sorprendida. Una figura alta y esbelta, una melena larga y negrísima, rizada, una gran risa roja. Un punto de elegancia y sensualidad que impresionaba hasta que empezaba a hablar, y entonces era tan cercana y natural que rápidamente hacía disminuir la distancia que había creado su belleza. Me vino a la cabeza una imagen, la de 'La parisina', aquella antigua pintura cretense a la que los arqueólogos bautizaron así, justamente por su glamour. Siempre la he visto con ese fulgor, tan lejos de lo que podía ser la imagen tópica de una señora catedrática de derecho mercantil.

El feminismo es también eso, otra manera de ejercer los cargos, una actitud receptiva, cordial, que excluye el exabrupto y la bronca, pero no la firmeza y la eficiencia

Carmen Alborch, una mujer capaz de hacer frente a todos los desafíos sin perder absolutamente nada de su singularidad. Nos veíamos de vez en cuando, en encuentros con las feministas de Valencia, que se organizaron y movilizaron muy pronto, consiguieron un Instituto Valenciano de las Mujeres muy potente -destruido después, lamentablemente, bajo el dominio del PP-. Ella hizo su camino, dirigió el IVAM, y un buen día fue nombrada ministra, en el último gobierno de Felipe González. Y esta es la segunda imagen que conservo; en un momento en que las primeras ministras y diputadas adoptaban los conjuntos de pantalón y chaqueta oscuros, sólo con un pañuelito de colores o una joyita discreta -que bastante difícil era entrar en un mundo tan masculino como para hacerse notar demasiado-, Carmen se presentó con un vestido despampanante y una gran pamela, una imagen inconfundible de mujer-mujer, casi diría la entrada oficial de la feminidad en el gobierno. Comparable, sólo, a aquella otra imagen sobrecogedora, la de Carmen Chacón embarazada pasando revista a las tropas y los jefes militares. Rompiendo techos de vidrio, ambas, y desgraciadamente desaparecidas demasiado pronto.

Pero no sólo era cuestión de imagen, Carmen iba mucho más lejos. Era el estilo visible y el no visible, lo que transmitía una manera diferente de estar en el poder, de relacionarse con las personas, fuera cual fuera su cargo o su popularidad. El feminismo es también eso, otra manera de ejercer los cargos, una actitud receptiva, cordial, que excluye el exabrupto y la bronca, pero no la firmeza y la eficiencia. Si todo el mundo recuerda ahora su sonrisa es por esta civilidad profunda, que no excluye el enfrentamiento ni la fortaleza de las convicciones, pero no hace de ello un arma, sino una base de diálogo para llegar a acuerdos, desde el profundo respeto personal por los discrepantes. Una actitud que necesitamos urgentemente, ahora que vemos como nuestra vida política se degrada día a día, que hemos llegado al insulto y la sensación de que hay que ser grosero para conseguir el aplauso. Vamos mal, y necesitamos muchas Carmen Alborch para mantener la democracia.

Vamos mal, y necesitamos muchas Carmen Alborch para mantener la democracia

Hay todavía otra faceta de ella que cabe destacar: su trabajo como escritora feminista; sus libros: 'Solas', 'Malas', 'Los placeres de la edad'. Estaba preparando uno sobre la alegría y la felicidad, me dijo la última vez que nos vimos, hace pocos meses. Ambas sabíamos que quizás no podría terminarlo, pero ella confiaba en ello, desde una voluntad de hierro que aún la hacía sentir más fuerte que la enfermedad. Y lo que tienen de especial sus libros son dos cosas: en primer lugar, que parten de su experiencia vital. Evidentemente, cita a todo el mundo, porque su formación era académica y ella muy generosa con las compañeras. Pero esto no es lo más importante. Mientras muchas de nosotras hemos escrito libros relativamente abstractos, conceptuales, escondiendo quizás los duros aprendizajes que nos ha supuesto llegar a la libertad personal, dejar atrás las cárceles del género en que fuimos educadas las mujeres nacidas bajo el franquismo, Carmen, valiente siempre , parte de su experiencia, de lo que significa enfrentarse a la soledad, de cómo transformar una situación que nos da miedo, porque era la amenaza si no éramos niñas buenas, en una situación elegida, vivida con placer, abierta a la libertad y a la posibilidad de cumplir el deseo. La libertad, tan importante para ella, para todas nosotros, tan difícil de conquistar, tan necesaria.

La otra particularidad de sus libros es que se dirigen a todas las mujeres, a las amas de casa, a las jovencitas, a las intelectuales, a las abuelas. Porque todas vivimos los mismos miedos, inculcados por el género, las mismas tendencias a la culpabilidad, a la minusvaloración personal, a la misoginia, en definitiva. Y ella es eso lo que trata de explicar y de superar, y por eso ha sido una escritora de masas, leída en los barrios populares y en los acomodados. Porque tanto con su vida como con sus libros nos ha mostrado una manera diferente de ser mujer, de decidir sobre el mundo, de transformarlo, sin renunciar a nada de lo que es bien nuestro, la gentileza, la belleza, la alegría, que no sólo no son incompatibles con la intervención en la vida pública sino que son un ingrediente cada vez más necesario. Has dejado suficiente luz para seguirnos iluminando, Carmen, amiga querida.

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