VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

"Quiero que el mundo sepa lo que ha hecho el doctor Mukwege"

Viaje al hospital del ginecólogo congoleño que ha recibido el premio Nobel de la Paz 2018

Margarit, Pascasiya, Nziguire y Masoka. / MÒNICA BERNABÉ

Nzigire explica que estuvo cuatro días de parto y que, por mucho que empujó y empujó, el bebé no salía. "Finalmente una enfermera me metió la mano dentro de la vagina y me sacó al niño", relata mientras hace un gesto con una mano como si estuviera arrancando algo de cuajo. La criatura nació muerta y ella comenzó a sangrar sin parar y no podía retener la orina. "Pregunté si aquella era la reacción normal del cuerpo de una mujer después de haber dado a luz. Era mi primer hijo. No tenía ni idea", admite. Pero aquello de normal no tenía nada.

A partir de entonces, Nziguire ya tuvo incontinencia siempre. No podía aguantar ni la orina ni las defecaciones, y explica que, por mucho que se rociara con colonia y que se cambiara de ropa un montón de veces al día, no podía evitar oler mal. "El 44% de los partos terminan de esta manera en la República Democrática (RD) del Congo", asegura la doctora Neema Nadine. O sea, con una fístula obstétrica porque las mujeres no han recibido una asistencia médica adecuada durante el parto o porque simplemente no se les ha practicado una cesárea cuando era necesario. Se podría decir que se acaban destrozando por dentro haciendo presión para poder parir. Es como si la vagina se les reventara: queda conectada con la vejiga y el recto. Después ya no pueden evitar la incontinencia.

La doctora Nadine trabaja en la RD Congo con el premio Nobel de la Paz de este año, aquel ginecólogo congoleño que tiene un nombre tan difícil de pronunciar para nosotros, Denis Mukwege. En Occidente apenas sabemos nada de él, pero en la RD Congo le llaman el 'doctor milagro' porque hace eso, casi milagros con mujeres que, como Nziguire, ya lo habían dado todo por perdido.

El doctor Mukwege fundó el Hospital Panzi en 1999, un centro sanitario que inicialmente parecía una pequeña clínica pero que ahora no tiene nada que envidiar a los hospitales europeos. Durante la última década el ginecólogo y su equipo han intervenido quirúrgicamente una media de 3.000 mujeres al año. Y lo más importante: completamente gratis. Las pacientes no tienen que pagar nada. Mukwege ha recibido este 10 de diciembre el Nobel de la Paz -conjuntamente con la iraquí Nadia Murad- en una ceremonia en Oslo. El médico ha declinado hacer declaraciones a los medios de comunicación en los últimos días por petición expresa del comité Nobel antes de recibir el galardón.

La ciudad de Bukavu

El Hospital Panzi está en Bukavu, una ciudad de un millón de habitantes en el extremo este de la RD Congo, allí donde el país hace frontera con Ruanda. A pesar de que la localidad está a la orilla del inmenso lago Kivu y que ahora es época de lluvias y casi cada día diluvia, los cortes del suministro de agua corriente en la ciudad son habituales, y también de electricidad. Todo eso aún complica más el trabajo en el hospital. El centro sanitario está en una calle sin pavimentar que se convierte en un auténtico barrizal en cuanto empieza a llover.

Nziguire ahora tiene 31 años pero vivió durante más de una década con aquel suplicio: todo el mundo evitaba estar a su lado por el mal olor que hacía. Hace pocas semanas Papa Mukwege -así llaman cariñosamente las pacientes al famoso doctor- la operó e hizo posible el milagro.

El calvario particular de Pascasiya duró mucho menos, tres años, pero fue una eternidad para ella. Dice que inicialmente sólo le dolía la barriga, pero luego notó que un trozo de carne le salía por la vagina como si fuera una protuberancia. "No tenía ni idea de qué era, pero me provocaba un dolor terrible. No podía sentarme en una silla, ni siquiera ponerme unas bragas", explica. Pero cuando realmente veía las estrellas, confiesa, era cuando su marido la penetraba. "Entonces el dolor era tan intenso que se hacía insoportable", afirma poniendo los ojos en blanco como si lo estuviera viviendo de nuevo.

Pascasiya tenía un prolapso: el útero le había bajado y le salía literalmente por la vagina. "Los músculos y los ligamentos del suelo pélvico que aguantan el útero son como una goma elástica. Cuando se estiran demasiado, se deforman y ya no aguantan", explica gráficamente la doctora Nadine. Según dice, este problema también es muy habitual en la RD Congo porque las mujeres tienen demasiados hijos y de manera muy seguida, no hacen ejercicio para fortalecer el suelo pélvico después del parto y hacen demasiados esfuerzos físicos en su día a día. Pascasiya, que ahora tiene 55 años, explica que ella dio a luz siete hijos y que, efectivamente, cada día cargaba kilos de leña para poder cocinar.

Una pandemia

Pero la verdadera pandemia en este país africano es otra: la violencia sexual. El Hospital Panzi atiende cada mes un promedio de 130 mujeres que han sido violadas. Muchas veces de manera totalmente salvaje. Margarit, de 34 años, es una de ellas y de las pocas que está dispuesta a hablar. Tiene una mirada lánguida y un aspecto serio, como si estuviera enfadada.

"Me violaron tres hombres", murmura. "Sí, sí, tres", insiste. "Cada uno por delante y por detrás", afirma con rabia mientras gesticula con las manos como si la estuvieran penetrando. Llegó a casa hecha un despojo humano, asegura, y la reacción de su marido y padre de sus cinco hijos fue tirar todas sus pertenencias a la calle y decirle que se fuera, que ya no la quería más con él. "Quiero que el mundo sepa que Papa Mukwege me salvó la vida", dice con tono grave mientras pide a esta periodista que le haga una fotografía para que así quede constancia.

Margarit ingresó en el Hospital Panzi el 29 de septiembre pasado, parecía un alma en pena. Ahora continúa en tratamiento, pero asegura que no está perdiendo el tiempo. "Cuando llegué no sabía leer ni escribir, y ahora estoy aprendiendo. Aquí te enseñan ", asegura. El hospital hace todo tipo de actividades para sacar las mujeres del pozo anímico en el que se encuentran, pero también para buscarles una salida social y económica, aunque no es fácil.

Estigma social

Tatiana Mukanire ha fundado el Movimiento de Supervivientes de Violencia Sexual en el este de la RD Congo. Ella misma fue violada cuando tenía 24 años y no se ha atrevido a hablar de eso hasta ahora, cuando ya hace quince años que sufrió aquel infierno. "Fui a buscar ayuda a casa de mi tía y me dijo que sobre todo no se lo dijera a nadie", recuerda. Al cabo de dos meses debía casarse, pero su prometido la dejó cuando se enteró de lo que había pasado. Aún ahora, dice Mukanire, continúa pagando la factura de la violación. Desde hace cinco años tiene una nueva pareja, pero no se han podido casar. Su familia política se niega porque es una mujer violada. "Parece como si nosotras tuviéramos la culpa, y yo no pedí ser violada!", exclama.

La española Pilar Martínez, que es la coordinadora general en RD Congo de Médicos del Mundo Bélgica -la ONG que se encarga de financiar todos los servicios que el Hospital Panzi ofrece a las mujeres-, explica que también le sorprende la crueldad con que las mujeres que han sufrido abusos sexuales son tratadas en este país. "Si se quedan embarazadas y tienen un hijo, ese hijo será llamado despectivamente 'niño serpiente' y bautizado con un nombre concreto. Si es niña la llamarán Fortuna, y si es niño Dieu-merci ['gracias a Dios', en francés] para que quede claro que fueron fruto del azar y queden estigmatizados de por vida", dice.

Y lo peor es que ninguna mujer está fuera de peligro. Masoka tiene 55 años y es viuda: "A pesar de que yo ya soy una anciana, a mí también me cogieron y me hicieron todo lo que quisieron", explica. Dos milicianos la desnudaron y, tras abusar sexualmente de ella, la ataron a un árbol con cuerdas, con los brazos y las piernas separadas en forma de aspa. "Me cogieron a las ocho de la mañana y no me soltaron hasta las cinco de la tarde", recuerda.

Policías, civiles y milicianos

Durante el último año también han aumentado el número de niñas de menos de 10 años que han sufrido abusos sexuales y llegan al Hospital Panzi con la vagina destrozada. Los agresores son milicianos, pero también civiles e incluso soldados del ejército y policías, según asegura la doctora Nadine. Los funcionarios hace meses que no cobran en la RD Congo, incluyendo los jueces. La corrupción se ha convertido en su fuente de ingresos y la impunidad es generalizada.

Martínez, que trabaja codo con codo con el doctor Mukwege, admite que el médico se ha mostrado desesperado más de una vez. "He operado a tres generaciones de mujeres: la abuela, la madre y la hija, y todas han sido violadas. No sé realmente para qué sirve mi trabajo. Nada cambia", afirma la cooperante que ha oído decir al ginecólogo. Cuando el 5 de octubre el comité Nobel noruego anunció que galardonaba al médico congoleño, el doctor Mukwege dijo que, a pesar del Nobel de la Paz, él continuaría trabajando donde siempre: en el Hospital Panzi.

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