La era de los necios

En la era del conocimiento, se ha normalizado y legitimado estar orgulloso de la ignorancia

Lo llaman la era del conocimiento . Nunca antes en la historia la Humanidad ha estado mejor formada, informada y comunicada ni ha sido más consciente de sus límites y sus capacidades gracias a una tecnología imparable, una ciencia capaz de doblegar enfermedades (piensen en las consecuencias de Covid-19 hace un siglo), un ingente capital humano con anhelos comunes y un planeta con recursos suficientes para abastecer a toda la población, aunque la avaricia de unos pocos condene a millones al hambre. 

Y sin embargo, nos empeñamos en involucionar. La tecnología se emplea para el mal -guerras, espionaje, manipulación de procesos democráticos, criminalidad cibernética-, la ciencia es financiada para curar enfermedades de blancos , los seres humanos regresamos a nuestra particular caverna de miedo y odio cada vez que nos sentimos amenazados por los otros y esquilmamos y despreciamos al planeta que nos permite sobrevivir pese a saber -o al menos, intuir- que su final será nuestra sentencia. 

La irresponsabilidad humana siempre ha estado infravalorada. Observemos la explosión que desintegró Beirut en verano: 2750 toneladas de nitrato de amonio almacenadas junto a barriles de petróleo, queroseno, ácido clorhídrico, ocho kilómetros de mecha y 15 toneladas de fuegos de artificio, una bomba manufacturada por la negligencia y el abandono de un sistema político disfuncional que desprecia la vida de sus ciudadanos y todo aquello que no satisfaga sus egos y bolsillos de forma inmediata. O miremos al negacionista en jefe de EEUU, empeñado en despreciar a la comunidad científica y al sentido común cuestionando vacunas, mascarillas o existencia del cambio climático ahora que las llamas devoran miles de hectáreas en California, Oregon y Washington en incendios tan devastadores que las cenizas llegan a Europa. 1.100 fuegos en 29 días gracias a la extrema sequedad del terreno combinada con tormentas eléctricas. Para Trump, nada relevante. “Ya hará frío”, espeta a los expertos. “No es lo que dice la ciencia”, rebaten éstos. “La ciencia está equivocada”, responde con su infinita arrogancia. 

La ciencia se equivoca. El Amazonas no se incendia, los humedales no se secan en Brasil asfixiados por tornados de fuego, Australia no se quema, el 68% de la fauna salvaje no se ha extinguido en el último medio siglo, la temperatura en el Ártico no era tan calurosa hace unas semanas como la que se registraba en Florida (la ciudad siberiana de Verkhoyansk llegó a 38 grados, cuando su máxima en verano no pasa de 20) y por eso no es cierto que se haya desprendido un iceberg de 110 kilómetros cuadrados que flota por un Círculo Polar distinto: se estima que ha perdido el 50% del hielo en las últimas cuatro décadas. El Ártico, considerado esencial por su papel en la regulación e intercambio de temperaturas entre océanos, se funde ante nuestros ojos y el líder del país más poderoso del mundo lo niega, reflejo de una ceguera generalizada e injustificable. En la era del conocimiento, se ha normalizado y legitimado estar orgulloso de la ignorancia. 

Joe Biden califica a Trump de pirómano climático, pero no lo es sólo en relación con el clima. El negacionista es ejemplo y modelo de millones de bárbaros enfadados con los expertos porque evidencian una ignorancia que se ha convertido en orgulloso estandarte y en símbolo de identidad de todo un colectivo. El Síndrome de Hubris, que describe comportamientos soberbios y arrogantes (habituales en personas en el ejercicio del poder) se ha extendido a todas las clases sociales, pobres y ricos, satisfechos con su ficción de estar informados mediante las redes y capaces de medir sus infundadas opiniones con astrofísicos o epidemiólogos sin inmutarse. En lugar de evolucionar hacia la tolerancia, la empatía y el respeto, involucionamos hacia la prepotencia, el descreimiento y la desconsideración.

Nuestra especie es incansable a la hora de frenar sus propios avances y cruzarse de brazos ante los desastres en lugar de resolver. Todo el capital científico, todo el avance tecnológico suelen terminar secuestrados por nuestra propia arrogancia y Trump es sólo un ejemplo de la necedad masiva que extiende bulos como si fueran verdades y prefiere las certezas absolutas a las dudas humildes. Lo llaman la era del conocimiento, pero es la era de los necios.

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