Errores de cálculo

Lukashenko consideró que una mujer candidata sería inofensiva, pero la población se lanzó a la calle

Manifestación el pasado 25 de agosto en Minsk , Bielorusia, contra el fraude electoral después que Lukashenko se erigiera ganador en las presidenciales del país / TATYANA ZENKOVICH / EFE
Hace dos semanas, cuando miles de manifestantes se movilizaron frente a su residencia, la oficina presidencial bielorrusa difundió un vídeo en el que se veía a Aleksandr Lukashenko aterrizando en helicóptero blandiendo un fusil de asalto, en una significativa declaración de intenciones. Tachó a los protestantes de “ratas”, el mismo calificativo que usaron Muammar Gaddafi, Bashar Assad o Hosni Mubarak en 2011 cuando los levantamientos populares pusieron en jaque a sus regímenes. 
Como entonces, las amenazas no calaron. En lugar de infundir miedo, mostraban a un líder errático, desesperado por mantener el poder. La legitimidad de la que presumía desapareció ante su pueblo con aquella escena y con cada episodio de brutalidad policial en venganza por las protestas que cuestionan su último montaje electoral. Como sus homólogos árabes, culpó a Occidente de financiar la sublevación. Bloqueó páginas web de medios independientes, sacó los blindados a las calles, arrestó y torturó a miles y amenazó con represalias a quienes no comulguen con él. 
Dichas medidas, si tenemos en cuenta las experiencias previas, suelen implicar un enconamiento social: no hay mejor receta para enfadar a los indecisos y animarles a sumarse a las movilizaciones que la represión generalizada. La protesta ha salido de Minsk, ha alcanzado industrias que sirvieron de base popular de Lukashenko y ha producido escenas impensables como policías quemando sus uniformes en vídeos distribuidos en las redes. Pero el dictador bieloruso cuenta con dos diferencias esenciales respecto a sus colegas de Oriente Próximo: el interés de Rusia por mantener a Bielorusia, puerta hacia Europa, en su eje y el temor de Vladimir Putin a asistir a movimientos populares exitosos que puedan sembrar una semilla de rebelión en su población, como ya está ocurriendo en Khabarovsk, donde importantes protestas denuncian el arresto del gobernador electo sin la bendición del Kremlin. El envenenamiento del opositor ruso Alexei Navalny evidencia la desesperación de Putin, un autócrata de ínfulas imperialistas que cada vez disimula menos su desdén por las libertades básicas. 

A diferencia de los dictadores árabes, Lukashenko sabe que no ha llegado aún su momento

Lukashenko sólo puede ser acusado de un error de cálculo. Todo esto no le habría ocurrido de vetar, como solía, a todos los candidatos electorales que pudieran cuestionarle. Instalado en la impunidad del régimen que dirige desde hace 26 años, vetó a los opositores que podían hacerle sombra en la lista electoral con una excepción, Svietlana Tsikhanovskaya, esposa de un conocido bloguero y disidente encarcelado por osar a medirse en las urnas con el dictador. Ella fue la candidata accidental. Lukashenko consideró que una mujer resultaría inofensiva, pero no comprendió que cualquiera encarna la alternativa de cambio que él no puede proporcionar. Le permitió presentarse como candidata y eso envalentonó a una población asfixiada por la crisis económica, enfadada por el negacionismo oficialista hacia la Covid-19 y cansada de un sistema político inmovilista de reminiscencias soviéticas que, en esta ocasión, se lanzó a las calles para denunciar el fraude en las mayores movilizaciones que vive la república.
A diferencia de los dictadores árabes, Lukashenko sabe que no ha llegado aún su momento. El movimiento opositor no está maduro, carece de estructuras, programa y apoyos, y la alternativa encarnada por Tsikhanovskaya puede asustar a una parte de la población, temerosa de arriesgarse a un cambio de consecuencias imprevisibles. En su contra juega un sistema basado en el populismo y el miedo, en la represión política a cargo de la KGB y en los subsidios rusos. El dictador tiene un plan de permanencia que no tiene nada que envidiar al de Putin (está formando a su hijo predilecto, Kolya, de 16 años para heredar el poder) y una relación de conveniencia con Rusia que hace presagiar lo peor para la oposición. Incluso si su turbulenta relación con Moscú se tuerce, siempre puede recurrir a la ayuda del emergente líder internacional y principal hacedor en Asia: China. Xi Jinping fue el primero en felicitarle por su falsa victoria electoral, un respaldo explícito que no debe pasar desapercibido.