Kim y las emociones

La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China favorece al dictador norcoreano

Pese a la distorsionada imagen que tenemos de él en Occidente, el norcoreano Kim Jong-un se consolida como un hábil líder político. Salió reforzado de su aproximación a Estados Unidos y Corea del Sur con varias cumbres históricas que prometían acabar uno de los grandes conflictos heredados de la Guerra Fría, a pesar de que el crítico proceso con Washington terminó en nada ante el empeño de Donald Trump en exigirle que renuncie a su programa nuclear. El proceso con Corea del Sur también fue estéril, pero eso no cambia el fondo. Kim fue en cierto modo normalizado con aquellas reuniones -Pyongyang ya no encabeza las amenazas internacionales- sino que mantiene su arsenal y su programa nuclear militar, un instrumento de disuasión que permitirá sobrevivir a su régimen. 
Y eso, a pesar de que Kim ha cumplido la promesa que realizó el 1 de enero, cuando puso fin a la moratoria de pruebas nucleares y balísticas que él mismo impuso para facilitar el diálogo con Washington. “El mundo verá una nueva arma estratégica en un futuro muy próximo”, aventuró entonces. El pasado fin de semana, el desfile con motivo del 75 aniversario de su Partido (único) de los Trabajadores sirvió para exhibir novedades: un nuevo misil intercontinental, variante del Hwasong-15, capaz de alcanzar Estados Unidos que aún está siendo escrutado por los expertos. Kim no sólo mantiene con las modificaciones de su arsenal la campaña de disuasión iniciada por sus antecesores: la mejora a gran escala. Así, prosigue su política de hechos consumados aspirando a que EEUU se resigne a la realidad de su poder militar. 
El desfile tuvo otra particularidad: las emociones de un líder que trata de transmitir humanidad a su pueblo, pese a su inhumano régimen. Kim paró su discurso para enjuagarse las lágrimas. Lo hizo cuando se refería a las dificultades atravesadas este año por la pandemia y las adversidades económicas y climatológicas que arruinaron parte de sus cosechas, apretando aún más el cinturón invisible que se cierne sobre los norcoreanos. “Aunque se me ha confiado la importante responsabilidad de liderar este país, defendiendo la causa de los grandes camaradas Kim Il-sung y Kim Jong-il, mis esfuerzos y sinceridad no han sido suficientes para ayudar a superar las dificultades en sus vidas ".

La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China favorece al dictador norcoreano. En su aspiración al liderazgo internacional, Corea del Norte recupera una figura central en la geoestrategia china y eso implica mantener a un régimen hacia el que nunca mantuvo especial simpatía pero que se ha convertido en un socio vital cómodo para China por su situación de desventaja y su necesidad de padrino internacional. Como dice el reputado experto en Corea del Norte Andrei Lankov, “la probabilidad de que el sistema norcoreano se derrumbe, no particularmente alta pero bastante real durante las últimas dos décadas, ha disminuido significativamente”. Y esa es la gran victoria del Líder Supremo, por quien nadie apostaba nada cuando heredó el país. No sólo protege su país: también sufre por él.

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