Mil y una formas de morir

Para los refugiados, el virus somos nosotros, personas asustadas de sus congéneres más vulnerables

'S/T' (1996), de Jaume Plensa

Para buena parte de la Humanidad, la vida transcurre esquivando la muerte. Y no me refiero a la enfermedad, los desastres naturales, las calamidades o accidentes a las que todos estamos expuestos, sino a colectivos temporalmente malditos por una dictadura, una invasión, una determinada localización geográfica que le convierte en objeto de deseo de países vecinos o una guerra, máxima expresión del ejercicio de supervivencia. En un conflicto, se puede morir de hambre, enterrado vivo por bombas y escombros, atravesado por balas o despedazado por munición, de frío y de enfermedad, de pura desesperación, en manos del bando contrario, en la huída en busca de un refugio seguro y por los azares del destino más insospechados. Sobrevivir llega a ser una casualidad, un don o una empecinada excepción, pero el empeño de las personas por lograrlo y, especialmente, por salvar a los suyos les lleva a embarcarse en las odiseas más aciagas para preservar la vida. 

Todo vale con tal de retrasar la fatalidad. La bofetada llega cuando, tras desafiar las adversidades más punzantes -traficantes de personas que extorsionan a las víctimas, muchas veces violando a mujeres y niñas a cambio del pasaje hacia un lugar más seguro, travesías incierta por desiertos y mares, el abandono más absoluto- los países en teoría desarrollados, afortunadas excepciones de estabilidad política a los que se les llena la boca hablado de derechos humanos, les cierran las puertas ignorando las convenciones internacionales de las que somos partícipes y empujándoles a nuevas y desconocidas formas de morir.

El campo de Moria, en Lesbos, es un espejo en el que no queremos mirarnos, porque refleja las miserias y contradicciones de una Europa decadente y sin principios

Los campos de refugiados son lo más parecido al infierno en la tierra. Sus moradores vagan errantes, perdidos en su tragedia, entre focos de infecciones, burocracias interminables y la humillación de depender de la compasión de los demás. En el interior, agresiones sexuales e intentos de suicidio son moneda corriente. Del exterior reciben racismo, incomprensión y odio. Son saturados focos de insalubridad, miedo y frustración donde la ausencia de servicios básicos y la violencia gestada con desesperación exponen a los más vulnerables a una doble dosis de sufrimiento y radicalizan a sus moradores, hartos de ser una mezcla entre animales de feria y arma arrojadiza entre países. 

Son lugares inquietantemente similares en los cinco continentes, indiferentemente de la riqueza del país que los acoja, porque a nadie le importa la suerte de los malditos. El campo de Moria, en Lesbos, es desde 2015 un espejo en el que no queremos mirarnos, porque refleja las miserias y contradicciones de una Europa decadente y sin principios que vive de las rentas del siglo XX. En un lustro ha cuadriplicado su número de habitantes porque los boyantes Estados europeos han sido incapaces de asimilar a toda su población, ahora de 13.000 personas. Los 27 países de la UE no hallaron espacio en sus cuatro millones de kilómetros cuadrados para un colectivo que representa el 0.0029% de la población europea. Cuando se extendió la pandemia, en lugar de desactivar esta bomba de relojería, encerró aún más a sus habitantes en el infierno y alejó a las ONG y a la prensa confirmando que la covid-19 es una oportunidad única para arrasar con derechos adquiridos en aras de la seguridad sanitaria. La aparición de los primeros contagios, unos 35, condenaba a todos sus habitantes al infierno de forma indefinida. Los incendios que devoraron las instalaciones fuerzan al menos que varios países acojan a varios miles. La enésima tragedia ha supuesto su salvación temporal.  

No creo que a los refugiados les preocupase demasiado enfermar por covid-19. Para ellos, el virus somos nosotros, personas asustadas de sus congéneres más vulnerables, indiferentes ante su dolor y capaces de permitir que se quemen vivos o se ahoguen en nuestras costas antes que vernos reflejados en su suerte. La venganza correrá a cargo de la Historia: nosotros fuimos ellos y volveremos a serlo, porque ningún país es inmune a los conflictos y el odio está en auge en Europa. Si tienen algo más de memoria histórica que nosotros, cuando nos llegue la hora nos recordarán nuestro desprecio.

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