CRÍTICA TV

'Salvados': final de ciclo

El homenaje a los convecinos tenía una segunda lectura más freudiana: el autohomenaje

El domingo, Jordi Évole se despedía de 'Salvados' para asumir nuevos proyectos televisivos. Para cerrar esta etapa hicieron un reportaje de carácter más simbólico dedicado al barrio donde creció: Sant Ildefons de Cornellà. Évole conversaba con las personas mayores que se instalaron ahí en torno a los años sesenta procedentes de diferentes lugares de España. Fue un programa de los que aspiran a ser bonitos y adquirió un valor metafórico de homenaje a la gente trabajadora. La gracia es que se intercalaba una película de los años 80 en la que participaba un Évole con sólo ocho años describiendo el mismo barrio.

El homenaje a los convecinos tenía una segunda lectura más freudiana: el autohomenaje. El inicio, con Évole haciendo ver que leía el periódico en un banco como un vecino más, mientras la gente se le acercaba a decirle cosas, era exactamente una mezcla de televerdad y postureo costumbrista. El famoso ejerciendo de persona de barrio delante de las cámaras. Una manera de explicar que, en la cima del éxito, es el mismo que cuando tenía ocho años y mantiene intacto el orgullo de los orígenes. Al final se repetía la situación cuando Évole enseñaba a tres vecinas un 'bonus track' de la entrevista al papa de Roma en la que le hacía la confesión de que dejaría el programa y el líder de la Iglesia, con cierta confianza personal, lo conminaba a seguir siendo honesto. Esta bendición papal en el programa tenía tanto de ridículo como de egocéntrico.

Ha habido programas mejores y peores. Pero lo que sin duda han hecho siempre 'Salvados' y Évole es apelar a una audiencia activa

Con todo, esta mirada al barrio tiene una explicación. Seguramente, es este origen lo que ha marcado la trayectoria periodística de Évole y lo que ha determinado su observación del mundo. Y se ha convertido en su marca. No en vano, Évole fue el periodista que mejor supo retratar el drama de la crisis económica. También quien provocó un giro determinante en la investigación del grave accidente del metro de Valencia. Se ha sentado a conversar con todo tipo de presidentes. Ha metido baza en los conflictos más delicados (Euskadi, Cataluña-España, Israel-Palestina). Ha hecho periodismo político, económico, de denuncia social y de deportes. Ha puesto los pies en casi todos los continentes. Ha explorado y jugado con el género del reportaje de autor y se ha convertido en un referente que se ha querido imitar. Se ha convertido en uno de los periodistas más admirados del país, ha recibido todo tipo de reconocimientos y ha conseguido las entrevistas más buscadas. Aunque todavía se lamentan porque se les criticó que la entrevista con Puigdemont era demasiado lúgubre, hay que decir que 'Salvados' ha hecho, precisamente, que a un nivel más popular se entendiera que la televisión no solo es lo que se verbaliza, sino que también es un mensaje global de imagen y palabra. Después de doce temporadas y muchos especiales ha habido programas mejores y peores. Pero lo que sin duda han hecho siempre 'Salvados' y Évole es apelar a una audiencia activa. Ya fuera por el tema, por la manera de explicarlo, por cómo lo visualizaban o por el planteamiento televisivo, y te podía parecer bien o mal. Pero 'Salvados' siempre ha inducido a la audiencia a hacer lo que es más importante delante de la televisión: pensar.

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