El tobogán de Estepona

Perdón, pero es que todavía estoy en 'shock'. Es como si los golpes los hubiera recibido yo

Como un juez aquí no me puede interrumpir, aprovecho para decir que he alucinado viendo el tobogán de Estepona. Y que hace mucho tiempo que no tengo fiebre. Pero vamos al tema. Parece que la idea de salvar el desnivel entre calles ha sido un tanto drástica. ¿Quién se lo podía imaginar? Eso hasta que no se prueba... que sea prácticamente un lanzamiento al vacío no nos podía dar ninguna pista... la cuestión es que los ciudadanos ganen tiempo y si por el camino pierden la cabeza y se dejan la piel en la arena... Perdón, pero es que todavía estoy en 'shock'. Es como si los golpes los hubiera recibido yo. Estoy para ir a Port Aventura a reponerme. Todo me parece poco arriesgado, ahora. Todo menos las personas. Porque alguien puede tener una idea pésima, esto es inevitable, pero que no encuentre una fuerte oposición, que se inviertan 28.000 euros, que se inaugure, que alguien piense que se puede lanzar ahí, que nadie se mate, que se tenga que cerrar para siempre, obviamente, resume muchas de las situaciones que vivimos en esta sociedad. Por no hablar de la alerta que se escucha en uno de los vídeos que hemos podido ver: “Las bragas, Mari”. Para que sepáis que lo más importante no es romperse la mollera en un invento diabólico sino evitar que se te vean las bragas mientras te despides de toda tu familia en treinta segundos.

Si no protestas, el dinero va hacia cosas mucho más necesarias que la libertad de expresión. A toboganes asesinos, por ejemplo

El tobogán de Estepona lo supera todo, pero el puente que se han construido los del Tribunal Supremo también es destacable. Un nuevo paro del juicio. Es fiesta mayor. Entre un tobogán y un puente debería haber un término medio. Pasamos de treinta segundos a una eternidad. Y eso que esta semana, estos dos días, el juez Marchena se ha puesto en marcha, con buen humor, y ha evitado que los testigos de las defensas se explayaran en sentimentalismos. Tuvo bastante con los excesos de los testigos de la Fiscalía, que pudieron hablar de miedo y de jabón. Entiendo que ver a personas obstinadas en votar debe ser mucho más impactante que ver a personas dispuestas a pegar. Quizás por esto no paremos de estar convocados a las urnas. Para que haya personas que se acostumbren. La Junta Electoral también va disparada y pone restricciones al debate, de manera que el debate es el debate. Es como bajar por un tobogán dándose golpes de cabeza. Perdón de nuevo. No me puedo reponer. Y eso que pienso en la sugerencia de la abogada del Estado, Rosa María Seoane, de hacer pagar a los votantes los 268.000 euros que se calcula que hubo de destrozos en los colegios. Nos tenemos que responsabilizar de las consecuencias de nuestros actos políticos. Si no protestas, el dinero va hacia cosas mucho más necesarias que la libertad de expresión. A toboganes asesinos, por ejemplo. Perdón.

La impunidad con la que se mueve la extrema derecha no me alucina tanto como el tobogán pero me preocupa mucho más. La conocen bien los vecinos y vecinas de Verges. No son los únicos. En Poblenou disparan con balines contra las ventanas que no les gustan. Y la lista empieza a ser larga. No sé cuál es la idea para no hacer frente a esto de una manera contundente, pero no me parece una buena idea. Claro que cuesta encontrar buenos ejemplos. En Italia, el vicepresidente Matteo Salvini compara la legalización de la droga con la de la prostitución y dice que esta es mejor porque “hacer el amor” no hace daño. Como me queda poco espacio, sólo pregunto: ¿Alguien sabe si han puesto un tobogán en alguna ciudad italiana?

Ciertamente, mirar el mundo a veces es un ejercicio muy desesperante. La buena noticia es que la primavera continúa su curso, poniendo colores. De repente, nacen buenas ideas. Y siempre habrá quien solo vea toboganes.

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