La normalidad suiza que asombra

Durante el pico sobraron camas hospitalarias y el país pudo socorrer a países vecinos

Una calle de Basilea durante este mes de agosto / MARITZA GARCIA

Cuando uno viaja a otro país donde el nivel de contagios de coronavirus no es alarmante, gracias al control conjunto entre gobierno y ciudadanía, se da cuenta de lo mucho que hemos perdido en nuestra vida cotidiana a raíz de la pandemia. Así fue aterrizar en Suiza para visitar a la familia por parte de mi esposo que es originaria de ese país. Al salir del aeropuerto de Basilea, la primera sorpresa fue ver que casi nadie llevaba mascarilla en la calle. Nosotros recién bajados del avión traíamos las N95 y nos sentimos como cuando apareces vestido de etiqueta a una fiesta informal. Pensamos que prescindir de la mascarilla sería sólo en lugares abiertos, pero al día siguiente al ir con los niños al supermercado éramos los únicos que la llevamos. La gente nos miraba con algo de extrañeza, así como cuando nosotros veíamos raros a los turistas asiáticos que, desde hace años, paseaban por Barcelona con ese binomio inseparable que era mascarilla y cámara fotográfica. Por el idioma, identifican nuestro lugar de origen y entienden que venimos de la zona roja. La prensa llevaba días reproduciendo en las páginas de los principales diarios imágenes de las playas de Barcelona abarrotadas con cifras de contagios que hablaban de una España fuera de control. Después de llenar el carrito de queso Gruyère y bolsas de Läckerli, unas galletas especialidad de la región, me dirigí a la sección de la fruta y vi que no había guantes y la gente tomaba la fruta directamente con la mano. ¿Cómo? En la Suiza alemana hiper higiénica y regulada ¿no hay guantes en plena pandemia? Al llegar a casa lavo la fruta con jabón y de pronto escucho un grito Goht’s no! ¡Que haces! Era mi cuñada mirándome como si fuera un asesino en serie descuartizando a mi víctima. Qué le digo, lector, que si un suizo eleva el decibel es porque algo realmente grave está pasando: Desinfectar la fruta es un crimen. Recuérdelo bien. Titubeando, intenté justificarme diciendo que en España es lo que se recomienda en estos tiempos de virus mortales y que durante toda mi vida en México uno tenía que desinfectar la fruta y verdura con unas gotitas que nunca faltan en la casa de todo mexicano, pues no hacerlo, una buena tifoidea te podía enviar directo al Mictlán, el reino de los difuntos, pero no hubo indulgencia a mi alegato, así que los días que restaron de mis vacaciones me comí las manzanas sólo pasadas por agua y pidiendo al espíritu de Guillermo Tell que no estuviera coronada.

Mientras la familia pasaba el día arreglando el jardín, una afición muy Suiza, yo pasaba el día indagando cómo un país con 8.5 millones de habitantes, un millón más de los que tiene Cataluña, había controlado desde sus inicios la pandemia sin tener un confinamiento obligatorio, sin usar mascarilla más que en transporte público (sólo algunos cantones la exigen en comercios) y sin privarse de salir a caminar o hacer deporte al aire libre. Así llegaron a la cifra de 41.000 infectados, 34.800 recuperados y 2.800 muertes. Encima, durante el pico sobraron camas hospitalarias, lo cual permitió socorrer a los países vecinos y, para rematar, los niños regresaron a las escuelas antes del verano y ahora han vuelto al colegio desde agosto. ¿Cómo lo hacen?

Por una parte, el testeo estratégico y sistemático implementado desde los primeros casos en febrero a personas de riesgo o viajeros de zonas afectadas, permitió oportunamente la detección, rastreo y asilamiento de infectados. Desde el 25 de junio la app de rastreo tiene más de un millón de usuarios, son pocos, sin embargo, las cuarentenas se cumplen a rajatabla pues de lo contrario puede costar 5 mil francos la multa. Hasta ahora hay una lista de 46 países cuyos viajeros deben hacer cuarentena al llegar, España incluida recientemente y otra muy larga de países que no pueden entrar. Pero hay otro factor determinante, cuya observación me la dio mi hijo de 13 años cuando vio que en la calle habían bicicletas con valor de más de mil euros estacionadas sin ninguna cadena antirrobo y, con frecuencia, se encuentran campos de flores sin vigilancia donde uno puede recogerlas y hacer su propio bouquet dejando en una caja las monedas correspondientes a su valor. Podría alguien irse sin pagar o llevarse directamente el dinero, pero el suizo promedio tiene la confianza que eso no ocurrirá, como tiene la confianza que el otro está tomando las medidas adecuadas para no contagiar. Es una sociedad donde las normas de convivencia se respetan hasta ese grado. En el gen suizo está impreso la actitud de previsión y del cumplimiento de las reglas comunitarias para preservar su estado de bienestar que tanto caracteriza a la Suiza y, esa idiosincrasia, la llevan en el ámbito privado en época de covid con una disciplina que asombra. La distancia social en el ámbito familiar la implementan sin conflicto. Recién llegados y al entrar a casa de la familia, pensé que la abuela iba a saltar a abrazar a los nietos, pero no. No hubo besos ni abrazos, sólo la pregunta: “¿Están todos sanos?”. “Si”, contestaron los niños con esa vocecilla temblorosa de quien espera no defraudar. Durante los siguientes días recibimos varias invitaciones de amigos y el protocolo tácito era el mismo: Reciben en el jardín, es decir al aire libre, los encuentros son con pocas personas, evitan los grupos, no se alargan más de lo debido y no hay besos ni abrazos, aunque tengan muchas ganas. En Suiza se acostumbran tres besos, así que, haciendo la cuenta, nos ahorramos por persona más de 150 besos, ya me sentía como en Cinema Paradiso haciendo el recuento.

Si el mayor contagio en España se da en las reuniones familiares o de amigos; el país helvético no tiene reparo en manejarlas con extrema prudencia, algo que nos cuesta a los latinos e hispanos, pero hay otro factor que impulsa la responsabilidad ciudadana, pues al ser Suiza una de las democracias más sólidas del mundo, donde los ciudadanos son convocados a votar en muchas decisiones locales y nacionales, tan sólo en los últimos 30 años ha habido una media anual de nueve Volksabstimmungen o referéndums, entonces el ciudadano es consciente que tiene en sus manos el poder y la obligación de cambiar el devenir cotidiano.

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