La crisis que viene

Nadie discute que estamos en recesión, sino si podremos recuperar los niveles de crecimiento previos

Sánchez durante su discurso en el Congreso para explicar el estado de alarma / EFE

El gobierno acaba de anunciar su paquete de medidas de respuesta económica a la crisis suscitada por las medidas de restricción de movimiento de los ciudadanos. Sin duda se producirán cientos de miles de despidos con y sin colchón de desempleo que se suman a la larga lista de parados, trabajos hiperprecarios que penden de un hilo, deuda acumulada por las familias y falta de ahorros que quedan como herencia de la recesión del 2008. Esta vez nadie puede culparnos por “haber vivido por encima de nuestras posibilidades”, no hay supuestos comportamientos sociales que deban ser penalizados ni excusas para rescatar bancos y dejar a la gente otra vez sin salidas. Pero como aprendimos en la última crisis, los derechos y las garantías sociales también son una cuestión de salud pública.

Ante esto, las medidas adoptadas por el gobierno son imprescindibles pero insuficientes. El marco de las ayudas está pensado para una estructura laboral de trabajo estable que deja a mucha gente fuera después de sucesivas reformas laborales que han fragilizado el empleo. Por ejemplo, a aquellos que tienen contratos temporales y a los que en este contexto basta con no renovar. Son uno de cada cuatro contratos, –el 71% en el caso de los jóvenes–, la tasa de empleo temporal más alta de toda la UE. Todos ellos quedarán fuera de las ayudas si no se les renueva y no tienen derecho a prestación, puesto que la relajación de requisitos para obtenerla solo está pensada para el trabajador proviene de un ERTE. Sánchez ha apelado a la solidaridad de las empresas para que no despidan, pero no lo ha prohibido como en Italia.

Las medidas adoptadas por el gobierno son imprescindibles pero insuficientes

Respecto a la vivienda, las medidas solo protegen a los hipotecados que pierdan ingresos por la situación de emergencia. Se deja fuera a todas las personas que viven de alquiler –al menos un 20% de la población– y a los que vienen de situaciones difíciles previas. Si hay desahucios ¿cómo se puede respetar una cuarentena? ¿Dónde va la gente? Estamos hablando de un país donde la tasa de pobreza estaba ya en un 26%. Trabajo y propiedad. Este es el ideal que da forma a las ayudas y es el mundo que quiere salvar el gobierno, solo que cada vez se parece menos a la realidad. Sí se anuncia algo más de gasto social y se relajan los límites de los ayuntamientos, pero de momento no hay ninguna garantía de renta extra para los que se quedan fuera. Estos días resuena mucho la demanda de un Renta Básica Universal y quizás el marco de excepción contribuye a mitigar las principales objeciones con la que se suele encarar. Hace falta que la gente gaste para salir de una crisis de demanda.

Nadie discute que estamos en recesión, sino si podremos recuperar los niveles de crecimiento previos a la pandemia y cuánto tardaremos. Otro gran interrogante es si este parón obligado se produce sobre una crisis ya latente de la cual ya había algunos indicios. El impacto extremo del virus ha puesto en evidencia la extrema vulnerabilidad preexistente de la economía global. Desde Europa se apuesta claramente por una salida de la recesión vía gasto público, de hecho, el gobierno español –que nos vendieron como el “más a la izquierda del continente”– no está siendo el más osado. En Italia o Noruega se plantean incluso nacionalizaciones para rescatar empresas clave como las del sector aeronáutico. La alarma vírica ha trastocado tanto nuestro mundo que se está produciendo una inaudita revalorización de la intervención del Estado. Todo un experimento social en el marco global de la crisis climática que parece dar lugar a una nueva era –y quizás a una nueva y peligrosa manera de enfrentar la gobernanza vía estado de excepción–. La pregunta es cuánto permanecerá este clima y si esto quedará como un experimento temporal de vuelta a la socialdemocracia o un paso más hacia un nuevo paradigma postneoliberal. Desde luego los niveles de conflicto social no son equiparables a los que dieron lugar al Estado del bienestar, pero no podemos augurar qué pasará si la excepción se alarga sin contrapartidas sociales.

Con o sin crisis pandémica, es difícil que las tasas de crecimiento vuelvan a los niveles que permitieron el nacimiento del Estado del Bienestar después de la II Guerra Mundial. De momento, nos preguntamos cómo se pagará este aumento temporal del gasto. Si la vía es el aumento de la deuda pública, el escenario de salida puede implicar la vuelta a los recortes y un empeoramiento de la situación de partida. Por tanto, la situación social puede implicar movilizaciones a futuro.

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