Teletrabajo: ¿mejora la conciliación o aumenta la explotación de las mujeres?

El teletrabajo puede acabar consolidando una especie de 'vuelta al hogar' de las mujeres

La pandemia ha acelerado los procesos de digitalización en muchos ámbitos como en el de la enseñanza o el consumo, pero también en el laboral. Hoy vivimos lo que estaba previsto que sucediese en décadas. Antes del covid-19 solo un 4,8% teletrabajaba, hoy lo hace más de un 30%.

No podemos estar seguros de si esta modalidad laboral permanecerá después de la crisis, pero todo apunta a que ha venido para quedarse. De hecho, acaba de aprobarse una nueva ley que trata de mitigar las nuevas formas de explotación que supone esta modalidad laboral. Para las mujeres, sin embargo, la compatibilización con el trabajo no remunerado del hogar impone dificultades específicas. El hecho de que sean ellas las que asuman mayoritariamente el trabajo de cuidados hace que pidan más excedencias y tengan jornadas más reducidas, y por tanto, trabajos peor pagados, más precarios y con menos derechos asociados. Por tanto, y aunque en principio se supone que esta modalidad, de ser voluntaria, mejora las posibilidades de conciliación, también puede constituir una piedra más en el camino hacia la igualdad.

El teletrabajo puede acabar consolidando una especie de vuelta al hogar de las mujeres, una búsqueda de soluciones individuales de conciliación que refuercen las estructuras existentes. Desde el feminismo la propuesta es la de pensar los cuidados desde lo colectivo a partir de la idea de la corresponsabilidad para que sean asumidos por el conjunto social –tanto por las empresas como por lo público–. Las apuestas individuales en este ámbito solo producen un aumento de las desigualdades respecto de aquellas que más dificultades tienen para compaginar trabajo y cuidados: las mujeres que cuidan solas y las que pertenecen a familias más pobres. Muchas de ellas además son las que se ocupan de manera remunerada de los dependientes de las mujeres de clase media que sí puede pagar a alguien para realizar esas tareas

Como siempre, no hay soluciones mágicas para las tensiones entre la necesidad de cuidar y la de generar recursos para vivir. Por una lado está la demanda histórica de universalizar la educación gratuita de cero a tres años que el gobierno se había comprometido a aprobar pero que no ha entrado en la nueva ley de educación. El resto de medidas que se piensen van a tener que pasar por una reorganización del modo en el que pensamos el trabajo. En Nueva Zelanda ya se está estudiando la semana laboral de cuatro días. Reducir las horas trabajadas mientras se sostienen o incluso se aumentan los salarios podría ser un buen primer paso. Otro de los pilares de un nuevo modelo más justo e igualitario tendría que ser el de la redistribución de recursos. Las propuestas de renta básica universal –para todos, sin condiciones– apuntan en esa dirección. En la medida en que las posibilidades de negociación de los trabajadores sean mejores, las condiciones de trabajo –en cualquier de sus modalidades– lo serán también. Por tanto, si el teletrabajo va a suponer nuevas formas de explotación o una oportunidad para mejorar nuestras vidas, como siempre, dependerá de una relación de fuerzas. La tarea pendiente es la de dar lugar a las luchas que permitan el nacimiento de esa fuerza.

El + vist

El + comentat