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Arte frente a vida

Mann se sentía como sus personajes, atrapado en la mayor dificultad de todas: vivir la vida

Cuando, póstumamente, por expreso deseo del escritor, se publicaron los Diarios de Thomas Mann, los lectores pudieron comprobar que, en cierto modo, el novelista había habitado en la misma contradicción que muchos de sus personajes: el arte frente a la vida, o incluso el arte contra la vida. Porque, en efecto, aunque el universo narrativo de Mann es extraordinariamente extenso y rico no hay duda de que aquel dilema, cuando no oposición, constituye el centro neurálgico en el que convergen todos los caminos espirituales que plantea. Lo que Nietzsche enuncia con su habitual radicalidad es recogido por Mann con gran refinamiento y con delicadeza no exenta de dureza. Creo que podría formularse más o menos así: hay que morir para la vida para vivir para el arte.

Lo que Nietzsche enuncia con su habitual radicalidad es recogido por Mann con gran refinamiento

No estoy de acuerdo con este principio y por esto siempre me siento más a gusto a la sombra de un Montaigne o un Goethe que de los autores que, desde distintos ángulos, han visto incompatibles arte y vida. Pero hay un sentir moderno mayoritariamente a favor de esta incompatibilidad. Thomas Mann es el maestro indiscutible a la hora de desarrollarla con máxima sofisticación en La montaña mágica o en Doktor Faustus. En estas dos extensísimas novelas la disección de las dificultades entre arte y vida es implacable. Sin embargo, con mucha mayor brevedad, La muerte en Venecia es demoledora al respecto.

El protagonista, un escritor consagrado pero que ha mantenido su vida alejada de la sinceridad moral, necesita literalmente morir para poder enfrentarse a su verdad. La paulatina cercanía de la muerte le demostrará el engaño de su existencia, así como la falsedad vital sobre la que se ha construido su arte. Consagrado entre los consagrados, a Thomas Mann le atormentaba esta cuestión, si hacemos caso de sus Diarios. En gran manera se sentía como sus personajes, atrapado en la mayor dificultad de todas: vivir la vida. Fuera en un balneario de lujo en Davos o por las agobiantes calles de una Venecia prisionera de la epidemia.

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