El claroscuro de la conciencia

Quizá los Jekyll siempre fantasean con los Hide, y los Hide siempre acechan a los Jekyll

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL

No es infrecuente que un actor irrumpa decisivamente en un momento de nuestra vida. Menos frecuente es que lo haga, con fuerza, dos veces. Es el caso, para mí, de Robert Louis Stevenson, que me dejó maravillado en la adolescencia con La isla del tesoro y profundamente inquieto, luego, con El doctor Jekyll y míster Hide. Junto a Herman Melville, Jack London y Joseph Conrad, el Stevenson de La isla del tesoro forma parte de la magnífica saga anglosajona forjadora de lo que podríamos llamar “literatura marina”: el mar como prolongación de la realidad, el mar como educación ética, el mar como confrontación, el mar como territorio de los libres. La prueba de iniciación que necesita un adolescente que, finalmente, considera al mar, con sus leyes y peligros, la mejor escuela que nunca tendrá.

Y luego, pasados los años, ¡qué turbador se manifiesta el juego que tiene lugar en El doctor Jekyll y míster Hide. Un juego que contiene varios juegos: el del bien y el mal, el del vicio y la virtud, el de la autenticidad y la hipocresía. Jekyll crea y alimenta su sombra interior para poder mantener el mal controlado, separado. Encaja admirablemente con una moral que proclama más abiertamente que nunca el principio de todas las morales: vicios privados, públicas virtudes. Un atributo de la época victoriana trasladable, sin duda, a cualquier época.

Sin embargo Hide crece demasiado rápido y quiere ser demasiado libre. Se mueve por amplios subsuelos mientras Jekyll se consume en estrechas superficies. La criatura devora al creador; el mal, al bien. Jekyll, a través de Hide, se devora a sí mismo. Y Stevenson nos deja a los lectores ante una suprema ambigüedad. Quizá el final de su relato sea moralizante y nos advierta contra lo sucedido; quizá lo que ocurre es que la misma vida transcurre en el claroscuro y los Jekyll siempre fantasean con los Hide, y los Hide siempre acechan a los Jekyll.

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