COMPAÑEROS DE VIAJE

El constructor del gran laberinto

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL

Los devotos del 'Ulises' de James Joyce no solo celebran religiosamente, cada año, el Bloomsday, en honor de Leopold Bloom, personaje principal de la novela, sino que, al menos algunos de ellos, se desayunan a menudo con riñones al jerez, según la costumbre del protagonista novelesco. 'Ulises' se convirtió en una suerte de religión, o epidemia, en la segunda mitad del siglo XX, de modo que no se podía aspirar a ser participante del mundo de las letras sin haber leído el libro de Joyce, algo que en realidad hacían muchos menos de los que decían leerlo. Una vez un profesor especialista me informó que se habían realizado diez mil tesis doctorales sobre la novela y le contesté que creía que nunca había tenido verdaderamente tantos lectores. 

Leer 'Ulises' puede llegar a ser apasionante, casi absorbente, si antes uno se ha dejado sumergir en su laberinto casi infinito de juegos de palabras, malabarismos, trampas verbales, dobles y triples sentidos. Si Joyce concentró toda la acción en un solo día, en abierto contraste con los diez años de errancia del anterior 'Ulises', el de la 'Odisea', el lector tiene que estar dispuesto a ensanchar ese día en su lectura meses y meses, con paciencia y complicidad. Si logra hacerlo, entonces la recompensa es máxima, un caudal por el que fluye torrencialmente el placer literario más intenso. Cada página se convierte en un premio para la inteligencia y para la mejor ironía. 

Sin embargo, el vanguardismo de Joyce y sus continuos experimentos con el lenguaje no pueden hacer olvidar una capacidad de introspección única para las emociones individuales y para las tradiciones colectivas. En su propia vida James Joyce reflejó aquello que se expresaba en sus obras, no solo en 'Ulises' sino en 'Retrato del artista adolescente' y 'Dublineses'. Obsesionado con la religión y acusado de antirreligioso; irlandés hasta la médula y partícipe de un largo exilio voluntario; simultáneamente caótico y defensor del mayor rigor analítico. El alter ego favorito de Joyce fue Stephan Dedalus. Era coherente: 'Ulises' es el laberinto más prodigioso de la historia literaria. 

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