COMPAÑEROS DE VIAJE

Culpables sin culpa

Probablemente ningún escritor ha hecho un diagnóstico tan rotundo del mundo contemporáneo como Kafka

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL

Desde mi casa, por la noche, veo en lo alto de un edificio un rótulo luminoso de Assicurazione Generali y pienso a menudo en Franz Kafka, que se pasó media vida como empleado de esta compañía en Praga, una existencia metódica, rutinaria, interiormente exasperante hasta el delirio. Leyendo a Kafka es fácil de imaginar cómo esta existencia se trasladó a sus páginas, escritas con una mezcla exacta de realismo e introspección onírica. Probablemente ningún escritor ha hecho un diagnóstico tan rotundo del mundo contemporáneo, y de hecho hemos incorporado lo kafkiano a nuestro lenguaje cotidiano con una naturalidad que nos delata. Antes o después, y no una sino muchas veces, nos sentimos Gregorio Samsa, monstruosamente transformados, aunque sólo sea en el silencio tenso de nuestra conciencia.

Este es uno de los aspectos que más me ha interesado de Kafka: su enseñanza acerca de la capacidad humana de convertirse en un monstruo, no a los ojos de los demás sino a los ojos de uno mismo. En 'La metamorfosis' la transformación del protagonista, aparentemente física, es espiritual y moral. Este viaje a los infiernos interiores ocurre sin estridencias ni fanfarrias: es lento, paulatino, implacable, fatal. El individuo se mira en el espejo y contempla a un fantasma y, en consecuencia, toda su vida le parece una fantasmagoría. Y quizá lo sea.

La otra gran perspectiva de lo kafkiano concierne, para mí, al exterior, al mundo social. En esta perspectiva lo fantasmagórico atrapa la tupida red de leyes y normas de conducta que rodean al individuo. El espacio pierde las referencias y el tiempo, los contornos. Todo sucede con una absurdidad tan meditada que da la impresión que un dios absurdo planifica nuestros actos. Una mayoría de relatos de Franz Kafka van en esa dirección y, en particular, 'El proceso', magistral reflejo de nuestras pérdidas y nuestros olvidos. Estamos sometidos a las leyes cuyo significado desconocemos y al final de nuestra ignorancia descubrimos el ser humano como un desamparado culpable. Y lo más inquietante: culpable sin culpa alguna. 

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