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El deslumbramiento y las sombras

Paul Valéry ofrece una gran lección sobre el necesario equilibrio entre entre ideas y sensaciones

El cementerio de Sète, como el de Montjuic en Barcelona, se eleva frente al mar, un diálogo que se remonta a las antiguas necrópolis que les precedieron. En los claros días mediterráneos, al mediodía, el sol toma posesión del centro del cielo y el espectador que, desde las tumbas, contempla el mar siente un hondo deslumbramiento. Es el instante sin sombras. También es el instante en que el silencio corta la respiración de un mundo acostumbrado al ruido y la cotidianeidad. Ese es el momento que eligió Paul Valéry como columna vertebral de El cementerio marino, uno de los poemas más extraordinarios de la literatura moderna.

Hay pocas palabras para describir el deslumbramiento: blancura, vacío, ceguera, anonadamiento. Valéry expresa las sensaciones del ser humano sometido a esta especie de aniquilamiento gozoso. Una calma absoluta, una contemplación que es un fin en sí mismo. La experiencia que describe tiene muchas afinidades con la unión mística indicada por los poetas y también, en parte, con el nirvana hindú. Bajo el efecto de esta contemplación el hombre es incapaz de acción. El deslumbramiento es, por tanto, maravilloso pero impide la vida. Y este es el viraje que expone Valéry en El cementerio marino. Tras el mediodía el sol declina, aparecen las sombras, los matices, aparecen los colores.

El espectador deslumbrado que observa el sol desde el cementerio de Sète es sustituido por el nadador que se interna en el mar. Reaparecce el mundo de las sensaciones, el fragor de lo cotidiano. La perfección del deslumbramiento da paso a la imperfección de la existencia, aquella que, en definitiva, nos permite vivir. Paul Valéry ofrece una gran lección sobre el necesario equilibrio entre acción y contemplación, entre ideas y sensaciones. El cementerio marino es el centro de una enorme constelación literaria a través de la que, Valéry, hombre de ambiciones universales, afrontó las más diversas perspectivas de la naturaleza humana. Poeta y ensayista, no olvidó dibujar un futuro para Europa que, en cierto modo, lo hace heredero de Montaigne y de Goethe. Fue, en toda su profundidad, un cosmopolita, cuya auténtica patria era la cultura universal.

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