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Donde estamos nosotros

Las obras de Marlowe rivalizan en calidad dramática y poética con las de Shakespeare

Todavía hoy hay en Londres un club que sostiene que las obras de Shakespeare no fueron escritas por éste sino por su contemporáneo Christopher Marlowe. Según esta opinión -o esta obsesión- Shakespeare habría sido únicamente el actor que representaba los textos enviados, desde el otro lado del Canal de la Mancha, por un exiliado Marlowe, huido a Francia tras una pelea o un duelo. La tesis más extendida, no obstante, la académicamente aceptada, es que Marlowe murió en una trifulca de taberna a los 27 o 28 años, tras haber escrito una decena de obras de teatro, algunas nunca representadas mientras vivió.

A mí la historia de este intercambio de identidades, aunque un tanto extravagante, siempre me ha resultado muy atractiva. No creo que sea verdad lo que defienden los miembros del exótico club londinense pero una justificación última sí puede encontrarse en las semejanzas entre ambos autores, y sobre todo en una suerte de excelencia compartida: las obras de Marlowe que hemos conservado rivalizan en calidad dramática y poética con las de Shakespeare. Sobresale, por encima de las demás, La trágica historia del doctor Fausto, la primera gran presentación literaria del mito fáustico tras la aparición, unos pocos años atrás, en Alemania, de un libro anónimo que ya contenía la materia prima del mito.

La entera tragedia es memorable pero yo destacaría la intensidad poética con que se describe el final de Fausto y la angustia que le posee cuando se acerca la resolución del contrato por el que ha vendido su alma al diablo. Marlowe, declaradamente ateo, escribe algunos de los versos religiosos más admirables de la literatura inglesa, con una tensión espiritual casi insoportable. Antes, hacia la mitad de la obra, hay un momento culminante, que demuestra la revolucionaria modernidad de este autor. Fausto le pregunta a Mefistófeles dónde está el infierno. Y éste le contesta de manera lapidaria con un verso que aleja de golpe toda la doctrina cristiana medieval: el infierno está donde estamos nosotros. Nada queda ya, pues, del ultramundo nítidamente establecido por Dante. No hay que viajar mucho, ni esperar a la muerte, para estar en el infierno. Lo llevamos pegado a nosotros, aunque de vez en cuando también atravesemos paraísos.

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