Entre goces y sombras

Adriano, que exalta el espíritu, todo lo hace desde la perspectiva del cuerpo

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL

Acostumbro a preferir los buenos libros de Historia a las novelas históricas. No soporto la artificiosidad de buena parte de Estos, con personajes de cartón piedra de los que el autor parece conocer todas las intimidades. Pero hay excepciones. Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, es una de ellas. Lo que más me satisface es que la autora logra crear un personaje sumamente contradictorio. Un estoico que no renuncia nunca al hedonismo, un guerrero que desprecia la guerra, un poderoso –el hombre más poderoso de su tiempo— que continuamente pone el poder bajo sospecha, un amante desesperado que hace gala de una extraña serenidad.

Si Yourcenar, en lugar de poner en escena al emperador Adriano, hubiese puesto a su sucesor Marco Aurelio todo hubiese sido más sencillo y probablemente más monótono. Se habría basado seguramente en sus Meditaciones y habría aparecido un protagonista de una coherencia implacable. Un sabio, bien representado por la cabeza que culmina la estatua ecuestre de Marco Aurelio que Miguel Ángel hizo colocar en el Campidoglio de Roma. Un sabio estoico, permanentemente contrario a los excesos. Pero Adriano no es un sabio, o no lo es el Adriano dibujado por Yourcenar, quien a falta de un libro original del emperador se documentó minuciosamente sobre el siglo II romano.

Adriano, que exalta el espíritu, todo lo hace desde la perspectiva del cuerpo. Es un hombre extremadamente sensorial y por tanto sujeto a las pasiones que tanto temerá Marco Aurelio. El lector se enfrenta siempre a sus sensaciones: cuando guerrea, cuando ama, ante la enfermedad, ante la muerte, a la que quiere incorporarse "con los ojos abiertos". Creo que es esa centralidad del cuerpo lo que aleja a Marguerite Yourcenar del estereotipo que hace zozobrar a la mayoría de las novelas históricas. La novela es una larga carta, precisamente a Marco Aurelio, sobre la trayectoria vital de Adriano. Sin embargo, en el fondo, todo se reduce a la historia de su cuerpo. E incluso Roma no es sino una extensión física y política de un organismo que vive los goces del esplendor y las sombras del ocaso.

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