COMPAÑEROS DE VIAJE

El espíritu de una época

Sthendal logra una fusión sin precedentes entre individuo e historia

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escritor y profesor de humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona

En su epitafio Henri Beyle, Sthendal, dejó escrito que era "milanés" a pesar de haber nacido en Grenoble, expresando así un amor por la cultura italiana que quizá sea la más alta expresión literaria del viaje a Italia tan común en artistas y escritores europeos desde el Renacimiento. Queda perfectamente expresado este idilio en el muy citado síndrome de Sthendal, una suerte de desbordamiento psicológico ante la belleza que algunos no tienen nunca y otros creen tener demasiado. Sthendal fue un conocedor fuera de lo común de la pintura y la música italianas pero, por encima de todo, fue un pionero de la literatura de viaje, un vagabundo excepcional que sabía capturar los paisajes físicos y humanos que le rodeaban con un talento espléndidamente bien dotado para convertir la descripción objetiva en apreciación subjetiva.

Esta característica, que nos hace gozar de sus libros de viajes, a menudo de prosa precipitada, y de sus relatos sobre pintura y música, con muestras tan brillantes como la Vida de Rossini, se traslada también a su condición de novelista. En cierto modo Sthendal inaugura la narrativa moderna porque logra una fusión sin precedentes entre individuo e historia. Es un romántico inclinado al realismo, o un realista todavía romántico. La cartuja de Parma, pese a las irregularidades formales de un texto escrito en tan solo dos meses, es un anticipo del gran arco novelístico europeo que se extiende de Balzac a Tolstoi. Sthendal demuestra ser un maestro en la encarnación de una época a través de los destinos de sus protagonistas. 

Me quedo, sin embargo, con Rojo y negro, que quizá no llega a la altura estética de La cartuja de Parma pero que, como contrapartida, nos ofrece un héroe literario que trasciende vigorosamente su tiempo para convertirse en prototipo universal. Julien Sorel, en efecto, es un fruto genuino del clima moral producido en Francia por el período de la Restauración. Pero, más allá de esto, es un personaje atemporal que incorpora las ambiciones y frustraciones de quienes en algún momento creen que van a poseer el mundo. Casi todos tenemos el rastro de un Julien Sorel en el camino. 

Més continguts de