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En el fondo de la caja de Pandora

Y aquí está la gran paradoja, la indescifrable paradoja: la esperanza, ¿es un bien o es un mal?

Al no vivir en un paraíso el ser humano siempre ha estado intrigado por la pérdida del Paraíso y en sus mitos se ha preguntado cómo pudo esto suceder. Este es el sentido de la historia bíblica del Edén o de la leyenda budista del Palacio Dorado. Entre los griegos fue Hesíodo, en Trabajos y días, el que expuso la caída de los hombres desde una Edad de Oro que en otro tiempo les había asegurado la felicidad. Hesíodo no es tan cautivador como Homero ni tiene la fuerza de sus imágenes. En la Ilíada los combatientes acatan su destino sin apenas preguntarse si la vida hubiese podido ser de otra forma. En Trabajos y días, más sujeto a la vida cotidiana del mundo campesino, la pregunta continua es por qué la vida es como es, sujeta a contrariedades y miserias.

La pérdida de la Edad de Oro, al igual que en la Biblia la del jardín del Edén, es la explicación. Hesíodo desgrana todo un conjunto de relatos concernientes a la introducción del dolor en la existencia y así nos enfrentamos al origen del tiempo, de la muerte o de la enfermedad. Pero para mí el momento más misterioso es el relato de la caja de Pandora, un mito paralelo al de la Eva bíblica, en el que también la mujer es la agente portadora de los males que se han expandido por la Tierra. Un argumento misógino que, por supuesto, no es de extrañar en una concepción radicalmente patriarcal. Abierta la caja de Pandora, la primera mujer –enviada por los dioses para castigar a los hombres–, los males se desparraman por la vida. Al fondo de la caja, sin salir, sólo queda elpis, la espera, la esperanza.

Y aquí está la gran paradoja, la indescifrable paradoja: la esperanza, ¿es un bien o es un mal? Es difícil de saber. Si está en la caja de Pandora se supone que, al igual que todo lo demás, es un mal; si se ha quedado en el fondo de la caja es que no se ha extendido hasta los seres humanos, contagiándolos, de modo que éstos se han librado de ella. El dilema está servido. A veces es mejor vivir sin esperanza y sin el dolor que ésta proporciona; a veces la esperanza nos es tan imprescindible como el aire que respiramos. Elpis, la esperanza, se quedó en la caja de Pandora, y aún no sabemos si para bien o para mal.

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