COMPAÑEROS DE VIAJE

El maestro de los abismos

A un europeo occidental le sorprende el enorme respeto, casi devoción, que existe en Rusia por sus grandes escritores. Desde Pushkin en adelante, poetas y novelistas han sido vistos como educadores y como filósofos. Esto, además de ser digno de elogio, tiene la ventaja de difuminar la separación, a menudo artificiosa, entre literatura y filosofía. Naturalmente, esto es todavía más evidente con respecto a la cumbre de la novelística rusa, presidida por Dostoievski y Tolstoi. En relación a éste nadie puede negar el valor de las enseñanzas éticas contenidas en Guerra y paz o en Ana Karenina; en cuanto a aquél ningún sistema filosófico llega a la altura del cuarteto de novelas formado por Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, El idiota y Los demonios.A un europeo occidental le sorprende el enorme respeto, casi devoción, que existe en Rusia por sus grandes escritores. Desde Pushkin en adelante, poetas y novelistas han sido vistos como educadores y como filósofos. Esto, además de ser digno de elogio, tiene la ventaja de difuminar la separación, a menudo artificiosa, entre literatura y filosofía. Naturalmente, esto es todavía más evidente con respecto a la cumbre de la novelística rusa, presidida por Dostoievski y Tolstoi. En relación a éste nadie puede negar el valor de las enseñanzas éticas contenidas en Guerra y paz o en Ana Karenina; en cuanto a aquél ningún sistema filosófico llega a la altura del cuarteto de novelas formado por Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, El idiota y Los demonios.

Dostoievski es quizá el autor al que he vuelto más repetidamente a lo largo de mi vida. Cada vez la lectura ha sido distinta, y la enseñanza también, pero en cada caso he observado con sorpresa y admiración que el texto que leía encajaba a la perfección con mi perspectiva del momento. La mayoría de los autores, incluso los más grandes, tienen recepciones irregulares en el instante de la relectura. Algunos ya no son lo que esperábamos; otros son más de lo que esperábamos. Dostoievski permanece al margen de esta irregularidad, al menos para mí: siempre reencuentro en él lo que espero, no como reiteración sino como novedad. Dostoievski siempre es el interlocutor válido cuando intentamos mirar más allá de lo que es evidente.

Me he preguntado muchas veces sobre el porqué de esta capacidad única del escritor ruso. Creo que la respuesta está en la silenciosa quietud que subyace a sus tempestuosas sinfonías expresivas. Dostoievski es minucioso, hondo, excesivo, atormentado y, frecuentemente, caótico. Su narrativa es un mar agitado. Sin embargo, bajo los oleajes de la superficie, que nos deslumbran por sus destellos y nos inquietan por su oscuridad, acabamos penetrando en la imperturbable calma de las profundidades. Cuando esto sucede el maestro de los abismos nos concede un respiro e, incluso, una cierta redención. 

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