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La obra más optimista

En general nuestra cultura ha sido pesimista. Pero hay dos admirables excepciones

No se han hecho muchas ilusiones los escritores y filósofos sobre la libertad del ser humano. Los antiguos griegos, por ejemplo, concedían al destino un poder tal que la capacidad del hombre para ser libre quedaba muy restringida. Eso no quería decir, sin embargo, que tuviera que ser menor su lucha por alcanzar las cuotas más amplias posibles de libertad. Nosotros hemos sustituido el destino por todo tipo de determinismos, cuando no directamente por el absurdo, y nuestros literatura, cine o televisión así lo revelan continuamente. "Es lo que hay" es una de las frases favoritas en nuestras conversaciones. Delata un frío escepticismo ante la posibilidad de elegir, si bien nadie sabe exactamente en qué consiste "lo que hay". Una espada de Damocles que pende sobre nuestras existencias cotidianas.

En general nuestra cultura ha sido, pues, pesimista. Pero hay dos admirables excepciones: el primer Humanismo y la primera Ilustración. Con respecto a esta última basta recordar cuántos seguidores tuvo el lema "tout va bien". El ser humano podría ser completamente libre a través de la educación. El terrible terremoto de Lisboa, en 1755, cambió la perspectiva y llenó la luz de oscuridad, como tan bien reflejó Voltaire en el gran poema sobre la catástrofe. El Romanticismo europeo es el hijo de este viraje hacia el pesimismo.

Radicalmente optimista, en cambio, fue el primer Humanismo, en el siglo XV. Pienso que no hay ningún texto que demuestre más fe en la libertad del hombre que Oración por la dignidad humana del florentino Gionvanni Pico della Mirandola. En él Dios se dirige al hombre primigenio, Adán, para indicarles que, mientras todo en el resto de la naturaleza está regido por leyes predeterminadas, el ser humano ha sido creado completamente libre y con libre capacidad de elección. Nadie ni nada impiden el ejercicio de su voluntad. Según ese Dios extremadamente liberal mediante su soberana elección el hombre puede elevarse hasta la condición angélica o descender hacia la condición bestial. Para el bien o para el mal, libertad pura. Ojalá fuera así.

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