El origen de la rebeldía

Esquilo es el auténtico padre de la democracia ateniense y, por tanto, europea

Dicen en Sicilia que Esquilo murió por el impacto del caparazón de una tortuga que le cayó en la cabeza. Es una vieja leyenda originada en la propia Antigüedad: un águila que había capturado una tortuga la soltó a la altura del teatro de Siracusa, donde Esquilo asistía a los ensayos para la representación de una de sus tragedias. Mala suerte. O jugada del destino, al que el poeta había dedicado tantos versos. O maldición de los dioses, a los que Esquilo respetaba devotamente, aunque fueran ya dioses declinantes, preparados para un próximo silencio. Los dioses seguían interfiriéndose en la vida de los hombres, a veces salvándolos, casi siempre condenándolos.

Esquilo es el auténtico padre de la democracia ateniense y, por tanto, europea. Para él la democracia estaba vinculada a la libertad pero también a la mediación: entre ricos y pobres, entre sanos y enfermos, entre jóvenes y viejos. El enemigo era la hybris, la desmesura. Sólo venciéndola la ley de la ciudad, la ley civil, destronaría a la ley de la sangre y de la fuerza. En la Orestiada, la única de las trilogías que hemos conservado, Orestes, tras una larga cadena de muertes y venganzas, es absuelto por el Areópago, el tribunal de la ciudad. Es el triunfo simbólico de la democracia.

Seguir los implacables acontecimientos que se engarzan en la Orestiada es aleccionador para el mundo de hoy, cuando la democracia siempre peligra bajo el peso corruptor de la autocracia. Poéticamente, sin embargo, el Prometeo encadenado es insuperable. Nunca se ha escrito una obra en que tanta inmovilidad produzca tanto vértigo. Prometeo está encadenado de principio a fin de la tragedia. Pero desde este hieratismo obliga a que todos, hombres y dioses, giren a su alrededor. Los hombres porque, inseguros, tienen que luchar para sobrevivir; los dioses porque, aunque inmortales, están sujetos también ellos al destino. Esta vulnerabilidad de los dioses alienta la rebeldía de Prometeo que, a su vez, se contagia a los hombres. El mundo es imperfecto y la libertad, improbable. Este es el origen de la rebeldía: aunque quizá sea imposible los hombres quieren lo libre y lo perfecto. Y esta idea, o esta ilusión, ha atravesado la historia del mundo.

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