COMPAÑEROS DE VIAJE

Las palabras y las acciones

¿Se pareció realmente la vida de Séneca a lo que proclamaba en sus escritos?

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escritor y profesor de humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona

El filósofo más influyente de Europa no escribió una sola línea y, si la escribió, no la hemos conservado. Pero la influencia de Sócrates —tal como nos la describió Platón— es tan perdurable porque nos evoca una contundente coherencia: tenemos la impresión de que el gran héroe de los diálogos platónicos vivía como pensaba y, finalmente, murió como pensó. La Apología de Sócrates, escrita por Platón, sirvió, entre otras cosas, para que decenas de artistas, con posterioridad, la evocaran con admiración: un suicidio que iluminaba toda una trayectoria vital. Hay incontables pinturas que representan el suicidio de Sócrates. Hay asimismo otra muerte de filósofo que ha convocado reiteradamente a los pintores: el suicidio de Séneca. 

Sin embargo, sabemos demasiado de Séneca. Los historiadores y cronistas romanos nos han informado suficientemente sobre él, aunque tengamos pocas noticias de su juventud. Y esas noticias nos introducen en la duda: ¿se pareció realmente la vida de Séneca a lo que proclamaba en sus escritos? La duda no se desvanecerá pues mientras unos lo presentan como un hombre austero y justo, otros lo describen como adulador, avaro y prodigiosamente rico, demasiado para alguien que gozó de tanto poder político. Además siempre revive la sospecha principal: ¿cómo permaneció tanto tiempo Séneca, el gran estoico, a la sombra de un psicópata progresivamente desencadenado como Nerón?

Esta es una gran materia prima para el drama. Y, no obstante, cuando reelemos a Séneca todas sus palabras siguen pareciéndonos luminosas, elevadas, de una nobleza poco común. Su libro Cartas a Lucilio, como ya le pareció a Montaigne, emerge como uno de los textos más consoladores que se hayan escrito. Vale la pena retener esta impresión. Es posible que Séneca no tuviera la inmaculada coherencia de Sócrates. O, simplemente, su vida transcurriera en una oscura contradicción. Es difícil saberlo. Quedémonos, pues, con sus palabras.