Del placer y del dolor

Pocos textos han sabido combatir al miedo con mayor eficacia que los de Epicuro

En el colegio religioso donde estudié había un cura, profesor de filosofía para más sorna, que siempre nos advertía: "Guardaos de los epicúreos". Pero, paradójicamente, nunca nos enseñó en qué consistía la doctrina de Epicuro. Aquel hombre, no obstante, era coherente con el prejuicio contra este filósofo tan extendido en el cristianismo y, por extensión, en la cultura occidental. Creo que cuando nos aconsejaba que nos guardáramos de los epicúreos quería decir que no fuéramos, nosotros mismos, "epicúreos", es decir, pecadores que anteponían el placer a cualquier cosa, militantes del exceso. Los "epicúreos" tuvieron siglos de mala fama, e incluso autores tan insignes como Dante los condenaron sin contemplaciones al infierno.

Seguramente, como el cura de mi colegio, el gran Dante tampoco había leído a Epicuro y se dejaba guiar por el prejuicio cristiano. La 'Ética' de Epicuro nada tiene que ver con lo que tantas veces se ha atribuido a los "epicúreos". Es, al contrario, una denuncia del exceso, de aquella 'hybris' a la que los antiguos griegos se referían siempre con pavor. De hecho, los fragmentos conservados de Epicuro nos ofrecen uno de los textos más sabios que se hayan escrito jamás, y sus recomendaciones ensombrecen todas las recetas contenidas en tantos panfletos de autoayuda.

Con austeridad apabullante Epicuro recomienda, por encima de todo, el cultivo de la amistad y evitar en lo posible el dolor. Estos son los verdaderos placeres. Inolvidable es el fragmento que sintetiza su filosofía, sencillo de grabar en la memoria: "Téngase presente sólo el cuadrifármaco: el dios no se ha de temer; la muerte es insensible; el bien es fácil de procurar; el mal, fácil de soportar". Pocos textos han sabido combatir al miedo con mayor eficacia y, aun hoy, pocos nos invitan con tanta fuerza a vivir.

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