COMPAÑEROS DE VIAJE

La ruleta rusa como metáfora

Albert Camus e incluso Samuel Beckett son hasta cierto punto lermontovianos

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL Escriptor i professor d'humanitats a la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona

He tenido la suerte de que a mi abuelo le gustaban los escritores rusos y aún hoy conservo viejos ejemplares con traducciones de Tolstoi, Dostoyevski, Pushkin, Turguenev, Gógol o Chejov. Y la que más valoro: una edición popular de 'Un héroe de nuestro tiempo' de Mijail Lermontov. Novela corta o relato largo —nunca he sabido distinguir una y otro— este libro posee la magia singular de los libros premonitorios. La primera y más evidente de las premoniciones es la capacidad de Lermontov para anticipar, casi milimétricamente, su propia muerte: el protagonista, Pechorin, muere en un duelo que se parece mucho al duelo que causará la muerte de Lermontov.

Sin embargo, hay una premonición más general que alcanza a todo el espíritu de la época. Años antes que Baudelaire Lermontov describe magistralmente los mecanismos del tedio que pueden abrumar a un hombre, sólo que, en su caso, no es por las calles del sofisticado París metropolitano sino en las cordilleras del Cáucaso. Lermontov, al describir la situación de los militares moscovitas y sanpetersburgueses destinados a la abrupta nada caucasiana, nos relata con nitidez el ambiente en el que surge la ruleta rusa, el juego macabro de una guarnición pero también el sinsentido que abraza a toda una generación. Lermontov es, así, el primer poeta del nihilismo moderno.

Muerto muy joven —a los 27 años— y de la muerte que él mismo pronosticó, Lermontov puede ser visto, al igual que su admirado Pushkin, como un exponente brillante del romanticismo literario. Pero de la misma manera en la actualidad puede ser contemplado como un predecesor de la imagen del absurdo que rodea al hombre moderno. Albert Camus e incluso Samuel Beckett son hasta cierto punto lermontovianos. Y también lo es "el héroe de nuestro tiempo" de principios del siglo XXI, perdido en un vacío que Pechorin, el protagonista de Lermontov, ya parece intuir. 

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