A la sombra del volcán sagrado

El lector, en cierto modo poseído, debe dejarse guiar con entusiasmo y, también, con una extraña fe

RAFAEL ARGULLOL
RAFAEL ARGULLOL

Hubo un tiempo en que los admiradores de 'Bajo el volcán' formaban una suerte de cofradía cuyos miembros se intercambiaban confidencias e informaciones casi esotéricas sobre la novela. No sé si este culto literario hubiese gustado a Malcolm Lowry pero de lo que no hay duda es que el propio escritor inglés tenía una alta y atormentada conciencia acerca de la singularidad de su texto. Lowry reescribió innumerables veces su obra, y es posible que 'Bajo el volcán' se fuera metamorfoseando a medida que su autor atravesaba las múltiples crisis existenciales en las que se vio sumido.

Lowry consiguió una novela hipnótica en la que el lector, en cierto modo poseído, debe dejarse guiar con entusiasmo y, también, una extraña fe. Sin estos fe y entusiasmo es difícil que se cumpla el objetivo de la lectura y quizá sea mejor abandonar el libro. Aceptada la hipnosis literaria el lector debe introducirse en la piel del protagonista, Geoffrey Firmin, el cónsul, de manera semejante a como éste es un 'alter ego' del propio Lowry. Debe, en consecuencia, sumergirse en la barroca Cuernavaca del gran Día de los Muertos mejicano y, con el aroma del mescal que destila cada página, aprestarse a descender al infierno bajo la imponente sombra del Popocatepetl.

Malcolm Lowry, que escribió mucho pero publicó poco, logró en buena parte su propósito de trasladar el Infierno dantesco al siglo XX. En su novela dibuja con esmero y dureza cada uno de los círculos del remolino que succiona hacia la perdición. No hay posterior ascenso al paraíso: el demonio del alcoholismo, que acaba dominando todas las órdenes de la existencia, ofrece al protagonista los sueños que se transformarán en pesadilla. Pero para el lector sí hay una recompensa tras el viaje: la belleza con que puede ser contada la oscuridad.

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