Los territorios limítrofes de la conciencia

Poe, en sí mismo, es una obra maestra, una gran historia que contiene múltiples historias

Nunca he sido muy amante de la acumulación de objetos, y ni siquiera tengo el fetichismo de los libros: los presto y pierdo con facilidad. Pero hay un objeto que me ha acompañado largos años desde que lo compré en una extraña tienda de Boston, cuyo dueño no se sabía si era un anticuario o un trapero: un pisapapeles de bronce, con varias figuras, entre ellas un gato, y la leyenda nevermore. Evidentemente, el pisapapeles aludía a Edgar Allan Poe y a su poema El cuervo. He retenido siempre este objeto, en parte por mi admiración a Poe, en parte porque lo he supuesto irónicamente una suerte de fetiche mediador. En realidad me hubiese gustado conocer a Poe, algo que no me sucede con la mayoría de los escritores, a los que considero que es mejor leerlos que conocerlos.

A Poe sí. Y en esto estoy de acuerdo con Baudelaire, quien no sólo tradujo al escritor norteamericano sino que aspiraba a convertirse en su alter ego a este lado del Atlántico. Sin llegar a la pasión de Baudelaire pienso que Poe, en sí mismo, es una obra maestra, una gran historia que contiene múltiples historias y que, en conjunto, es de los autores que mejor han logrado representar a la naturaleza humana. Quizá por eso puede considerársele el iniciador de muchos de los caminos que se cruzan en la literatura moderna. Lo que más me atrae de Poe es el equilibrio casi exagerado entre razón e instinto, entre realidad y fantasía. Era lógico, riguroso, meticuloso, maniático para introducirse en la sinrazón, en el caos, en los territorios limítrofes de la conciencia.

Es difícil quedarse con un relato que sobresaliera por encima de los demás. Obligado a hacerlo me quedaría con Un descenso en el Maëlstrom, una disección extraordinaria del tiempo humano y una demostración de la eternidad que puede contener un instante. Poe se preparó, como siempre, minuciosamente para escribir el relato y luego liberó las paradojas: la vejez es juventud, la belleza es oscuridad, el peligro es la fuerza que salva. Siempre descendemos al Maëlstrom con provecho. Y entre descenso y descenso miro el pisapapeles de Boston como si fuera el talismán que provoca las grandes metamorfosis que hace un par de siglos Poe supo intuir y, lo que es más difícil, describir.

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