El vértigo de la posesión

Casi todos los textos de Albert Camus siguen siendo impresionantes en la actualidad

Casi todos los textos de Albert Camus siguen siendo impresionantes en la actualidad. Aunque perteneció profundamente a su tiempo el escritor francés tuvo el talento y la fuerza necesarios para trascender su época y convertirse en interlocutor para la posteridad. Claro que esta es la cualidad más reconocible en todo gran escritor: su capacidad para mirarnos de frente aunque hayan pasado cientos de años. Pero en Camus esto ocurre con una sencillez pasmosa. Apenas es necesario trasladarnos de contexto porque el juego de las identificaciones fluye con gran facilidad. Sucede, por ejemplo, con las obras que escribió en la fecunda década de los años cuarenta del siglo pasado. Son totalmente reconocibles aunque el escenario sea tan distinto.

Parte del desconcierto que apreciamos en nuestro presente está descrito a la perfección en El mito de Sísifo, de 1941, y nuestra sensación de absurdo con frecuencia no es diferente a la que siente el protagonista de El extranjero, escrita por Camus en 1942. Sin embargo, quizá la obra que más represente al espíritu de nuestra época sea aquella que, en su momento, se vinculó a un determinado paréntesis histórico. Me refiero a Calígula, cuyo año de escritura, 1944, la convirtió en una metáfora del totalitarismo y, especialmente, del nazismo.

Y seguramente lo era. No obstante, Calígula iba más allá de un determinado totalitarismo histórico para convertirse en una reflexión universal sobre la condición humana. Calígula —el personaje tan libremente inspirado en el emperador romano– lo quería todo, lo posible y lo imposible. Era, es, un héroe de la posesión, un depredador de la vida que se enfurecía ante cualquier resistencia. Lo quería todo y lo quería sin transición, rápido, inmediatamente y sin atender a las consecuencias de sus actos. Es una música que suena poderosamente a nuestros oídos. El héroe de nuestro tiempo, no el que experimenta la vida sino que la posee, también se inclina por el vértigo del saqueo aunque esto pueda llevarle a la perdición del sinsentido.

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