La democracia, ni juzgada, ni condenada

Estamos pendientes de lo que digan los jueces en una sentencia que marcará un antes y un después

Cataluña es percibida como un grave problema para el Estado; en cualquier caso, como un problema que el Estado no sabe afrontar.

Pedro Sánchez, renunciando a la mayoría de la moción de censura, ha elegido situarse en el relato territorial de la derecha, sin más propuesta que aplicar el 155. Anhela los votos de Ciudadanos. La política española no proyecta ningún escenario constructivo, opta por forzar el lenguaje y los marcos mentales y por insistir en las amenazas. Cataluña sólo como problema de orden público y de convivencia. Lo mismo que hacía Rajoy.

El orgullo herido y el hecho de ostentar el monopolio de la violencia pueden llevar al autoengaño, pero el independentismo no ha sido derrotado ni lo será. La reivindicación de una solución democrática que incluya la posibilidad de ser un estado no dejará de estar en la agenda. El arraigo y la capacidad de resistencia del movimiento son mucho más profundos.

Ante la sentencia, el independentismo necesitará hablar y actuar con serenidad y con la cabeza fría, no de forma visceral o reactiva

Ahora estamos pendientes de lo que digan los jueces en una sentencia que marcará un antes y un después, sea cual sea su contenido. Y no lo olvidemos, dará paso a más procesos en los tribunales, a más personas afectadas. Desde hace tiempo estamos en una fase lenta, en una realidad y en un registro nuevos que hay que asumir. Ante la sentencia, el independentismo necesitará hablar y actuar con serenidad y con la cabeza fría, no de forma visceral o reactiva. A pesar del impacto emocional que comportará, el momento pide firmeza, pero a la vez inteligencia colectiva, visión de conjunto y mirada larga.

Hay que seguir, hay que tomar conciencia de las propias fortalezas -pero también de las debilidades-, hay que interiorizar los aprendizajes de los últimos años, hay que renovar ideas y razones con voluntad de seguir superando líneas rojas, y hay que escuchar, buscar apoyos y construir alianzas en todas partes, especialmente donde ahora no las tenemos. Nos queda mucho trabajo por hacer, y es evidente que necesitaremos volver a hacer y a demostrar muchas cosas, como también lo es que tendremos que hacer cosas diferentes, y ser más de todo: exigentes, inclusivos, pragmáticos, determinados, generosos...

Los jueces decidirán, sí, pero sabemos que nuestra voluntad persistirá. Porque Cataluña seguirá teniendo los mismos problemas estructurales, seguirá necesitando las herramientas propias de un estado moderno para hacerles frente de una manera plena, y porque la ambición constructiva y el compromiso político de su sociedad no sólo permanecerán intactos sino que serán más fuertes.

Las próximas semanas tenemos la oportunidad de expresar de nuevo esta fortaleza, esta voluntad, de afirmar que aquí no hay renuncias sino creencia en el futuro. Hagámoslo en la calle, en las instituciones y en las urnas el día 10 de noviembre. Es necesario que la sociedad catalana también dicte su sentencia, desde la certeza de que esta voluntad de libertad y de democracia no puede ser ni juzgada ni condenada. Que debe poder ser expresada, y que será expresada, más pronto que tarde, porque es justa, porque es legítima y sobre todo porque ni queremos ni podemos renunciar a ella.

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