¡Salvemos el Frigopie!

Id hablando de ERC y de Sánchez, que la lucha se libra en las terrazas

Tienen razón los cursis cuando dicen que el verano es la patria de la infancia. Y que, de alguna manera, los adultos queremos volver a aquel espacio feliz. Y que lo hacemos a menudo a través de la comida. El menú de verano, para poder desplegar su poder de evocación, siempre remitirá a aquellas vacaciones de tres meses en que cualquier producto alimenticio, fuera un helado negociado con dureza, una fruta cogida del árbol o un caracol cazado después de la tormenta, tenía el valor del trofeo. Un valor de uso, digamos, paleolítico.

Ahora, por mi edad semiprovecta, podría hacer lo de siempre y escribir el típico artículo nostálgico sobre aquellos tomates que sí sabían a tomate de cuando Iniciativa (e Izquierda Unida) era feliz y juguetona.

No lo haré. Porque vivimos una grave crisis con las comidas de verano. Como los glaciares y las americanas de tres botones, aquel menú de rabas, arroz y 'corte de vainilla' está desapareciendo amenazado por los 'foodies'. Es decir, la gente que hace y come platos de nombres largos.

Poco a poco, del chiringuito a la casa rural, los hijos de los 'MASTERCHEF' van ocupando los fogones con lo peor que te puedes encontrar un verano: entusiasmo. El otro día, por poner un ejemplo, en un bar de menú del barrio (muy buena gente) donde comemos con mi madre, nos ponía: "Burger de pollo al curry con espaghettis de calabacín y zanahoria con jalapeños". "Niño -dijo mi madre-, ¿qué es esto tan largo?". No supe cómo describírselo, así que pidió una rebanada de 'pa amb tomàquet'. Días más tarde, también en el barrio, un joven propietario de un bar de toda la vida (vestido de negro, claro) nos ofrece entusiasmado unas bravas con salsa de wasabi. Vermut arruinado. "Tráenos la salsa aparte, por favor".

Que el verano sean meses libres de la vara de la innovación y la creatividad y pasen a ser patrimonio inmaterial de la infancia personal

La gente de los nombres largos se infiltra. Las tapas se complican y los camareros cada vez están más y más tiempo contigo contándote el plato. Tanto, que los invitaría uno a sentarse. Es agosto. Quiero cerveza en copa helada y cerebro plano. No placeres sutiles. Y lo que era un momento sagrado, aquel punto en el que tu cerebro sólo sabe decir: "Ay, aquí se está fresquito", se convierte en un 'Saber y ganar' infernal lleno de preguntas de geococina avanzada.

Yo (ha quedado claro) no soy partidario de la gastronomía. Y menos en verano. Pero estoy dispuesto a pactar una tregua. Si tiene la necesidad de comer platos de fusión asiático-peruana con espíritu báltico, puede hacerlo, claro. Pero no en verano. Que sean meses libres de la vara de la innovación y la creatividad y pasen a ser patrimonio inmaterial de la infancia personal. Salvemos el chanquete y el Frigopie.

En el fondo se trata de la eterna guerra entre el cosmopolita y de pueblo, el de barrio. Entre el lugar y la cosa. Entre la memoria y el simulacro. Entre la ataraxia y la intensidad. Un combate no registrado entre los que queremos vivir el verano en clave de pasado y los que lo hacen construyendo futuro. Un conflicto descarnado en el que los 'noodles' se comen los fideos, los 'shumai' las empanadillas y el 'bowl' de quinoa y aguacate al empedrado de garbanzos.

Vayan hablando de ERC y de Sánchez, que la lucha se libra en las terrazas. Bravas o muerte. ¡Veranearemos!

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