¿Qué hacer con el pasado?

En la España de la Transición se intentó olvidar sin antes haber recordado

La estatua de Washington de Nueva York / EFE/EPA/JASON SZENES

Como quiera que la historia la escriben siempre los vencedores, cuando venzan los “buenos” (que aún no sabemos quiénes son), la escribirán en su calidad de vencedores, no en su condición de “buenos”. Pero pongamos que vencen los “buenos”; y pongamos que se toman en serio la tarea de reescribir la historia y decidir libremente qué se hace con el pasado y sus vestigios. Pues bien, sólo tendrán cuatro posibilidades: una conservarlo, otra recolocarlo, otra olvidarlo y la última, por supuesto, destruirlo. Descartando la primera, que dejaría intacta y hegemónica la cultura de los “malos” derrotados (a los que hay que imaginar realmente “malos”), nos quedan tres. Veamos.

Destruir es siempre fácil y en general eficaz. Los ejemplos son infinitos. Los romanos arrasaron Cartago, donde no fue posible construir nada encima de las ruinas -según Polibio- porque los lobos, de noche, borraban las lindes de la nueva ciudad. Los cristianos destruyeron buena parte de los libros paganos, de cuyos autores sólo conservamos las citas de los Padres de la Iglesia que los combatieron; y picaron minuciosamente los bajorrelieves faraónicos cuando dominaron Egipto en el siglo IV. Los musulmanes quemaron -si creemos la incierta versión común- la biblioteca de Alejandría; y muchos siglos más tarde, una de sus facciones más fanáticas, los talibán, dinamitaron las estatuas de Buda de Bamiyan, en Afganistán. Los revolucionarios franceses de 1789 destruyeron metonímicamente los meses del año. Los soviéticos fundieron las campanas de las iglesias rusas y cambiaron los topónimos de las ciudades. Los jemeres rojos en Camboya no sólo destruyeron los libros “burgueses” sino a todos los hombres o mujeres capaces de leerlos. Es lo que yo llamaría “la tentación del cero”: la ingenua y fatídica utopía radical de los que creen, religiosos o laicos, en la posibilidad de un nuevo comienzo sin lastres ni ataduras. El problema de la destrucción es que -además de ruinas más o menos irreformateables- deja como herencia histórica el gesto mismo de la destrucción, que pasa a formar parte del pasado que más tarde habrá que gestionar.

La segunda posibilidad es el olvido, que no es nunca una decisión sino un hecho o, si se prefiere, una costumbre. Todas las sociedades, tras depositar su pasado en libros, estatuas y efemérides, se dedican a vivir a sus espaldas; lo olvidan, por así decirlo, después de haberlo recordado, y es el recuerdo, y no el olvido, la condición inconsciente de la convivencia más banal. Lo malo es cuando, en lugar de olvidar un acuerdo (la grandeur de Francia, por ejemplo), de lo que se trata es de olvidar una guerra civil. Porque eso exige precisamente el acuerdo colectivo de olvidar, que cualquier voluntad parcial puede interesadamente quebrar en cualquier momento. Ese es el caso de la España de la Transición, donde se intentó olvidar sin antes haber recordado y donde, por una paradoja muy natural, los únicos que han seguido recordando el pasado son los que lo habían fabricado. El olvido, en términos históricos, no admite el gerundio; no puede decir: “estoy olvidando que me has insultado”. El olvido no se enuncia a sí mismo: ha olvidado el insulto. Salvo cierto sector de la derecha española, que lleva cuarenta años repitiendo: “estoy olvidando que te he vencido”, hasta que ha creído llegado el momento de recordarlo en voz alta, revelándonos de paso que las instituciones -o parte de ellas- nunca habían dejado de recordarlo en voz baja. 

Tan imperecedera es la memoria de la destrucción del pasado y tan peligroso su olvido que quizás lo mejor que puede hacerse con él es “recolocarlo”. Eso es en realidad lo que hacen sin parar los buenos historiadores, los buenos comisarios de museos, los buenos arqueólogos. Se trata de lo que en términos marineros se llama arrumaje, la redistribución de la carga en la bodega, según las inclemencias del tiempo, para evitar que naufrague el barco. Para destruir o para olvidar no es posible ponerse de acuerdo: para arrumar sí. Ese es el acuerdo que está ausente en la Constitución española y, desde luego, en la de EEUU, donde la población negra -no hablemos de la indígena, exterminada- no tiene ningún hueco en la historia del país, de manera que es comprensible que, en situación de revuelta, sucumba a la tentación del cero; es decir, al deseo de destruir incluso las estatuas de George Washington, propietario esclavista además de mítico estadista. ¿Pero no sería mucho más radical y mucho más antirracista pedir que la efigie de Washington compartiera todos los Capitolios, codo con codo, con la de Martin Luther King? Esta propuesta de “arrumaje” popular sería igualmente intolerable para el KKK, pero abriría un espacio amplio entre la destrucción y el olvido donde una mayoría podría buscar un acomodo simbólico contra sus propias élites e instituciones racistas -que seguirán siéndolo con o sin estatuas.

¿Qué deben hacer los pueblos con el pasado? Hay que destruir poco y con cautela; hay que olvidar después de recordar; hay que arrumar ininterrumpidamente. Si vencieran los “buenos” (y supiésemos quiénes son) deberían tratar de no vencer del todo, para que hubiese siempre alguien con quien negociar una derrota común. Sin perder jamás de vista que el pasado, además de conservarlo, recolocarlo, olvidarlo o destruirlo, se puede también producir. De hecho, queramos o no, lo estamos produciendo ahora mismo. El presente es ya vestigio, estatua, monumento. Así que si vencen los “buenos”, la primera pregunta que tendrán que hacerse es: ¿qué pasado queremos dejar a nuestros hijos? ¿Una destrucción? ¿Un vacío? Un arrumaje. El mejor arrumaje que se me ocurre es el de dejar en un rincón de la bodega los héroes a caballo y poner delante, como quería don Quijote, jinete descabalgado, los de “a pie quedo”: aunque no sean tan “buenos” como queremos.