Notas para el día después

Nos deberemos acercar a Roosevelt después del coronavirus, si lo que viene es una crisis larga

Joseph Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill en 1943 en Teherán / KEYSTONE

1. Mientras los más viejos recitaban un verso que afirmaban haber oído hacia tiempo -"Vendrá una guerra doria y con ella una peste"-, en la Atenas del siglo V a.c. Pericles, el líder del partido democrático ateniense y por aquel entonces Estratego, se dirigió a la Asamblea de la ciudad: “Tengo para mí, en efecto, que una ciudad que progrese colectivamente resulta más útil a los particulares que otra que tenga prosperidad en cada uno de sus ciudadanos, pero que se esté arruinando como Estado.” Disyuntiva que, más de 1.500 años después, vuelve a ser, si es que en algún momento lo ha dejado de ser, la nuestra.

No hay precedentes en nuestras sociedades de un parón económico abrupto sin planificación previa, que afecta además a polos clave de la demanda y la producción a escala mundial, de la magnitud de la que estamos viviendo. Merkel ha traído a colación incluso la Segunda Guerra Mundial como referente. Las distancias con ese conflicto son todavía siderales, más de 50 millones de muertos lo atestiguan, pero lo cierto es que la caída económica en estos momentos es muy superior a la que se produjo con la crisis de 2008 e incluso con el crac de 1929. Del desastre de la Segunda Guerra Mundial se salió, después del duro invierno de 1946-1947, que paralizó completamente las economías europeas y especialmente la británica, con un amplio proceso de nacionalizaciones, ampliación de servicios públicos y aumento del poder de los trabajadores y las trabajadoras, que se inició precisamente en Gran Bretaña; del crac del 29, que había llevado a una caía de la producción industrial de un 46% en EEUU y de un 40% a nivel mundial, se empezó a salir con un ambicioso plan de recuperación económica a corto plazo y un programa de transformación social a largo plazo en el caso de los Estados Unidos. 

Hubo voces en contra de este tipo de medidas. El grupo financiero J.P Morgan, en el corazón de la crisis de 2008, o el economista padre del neoliberalismo von Hayek se declararon claramente en contra de la New Deal de Roosevelt, por ejemplo, pero lo cierto es que el liberalismo económico quedó noqueado prácticamente durante cuarenta años. Por cierto, los cuarenta años de mayor crecimiento y estabilidad de las economías capitalistas.

2. Hay cierta perplejidad, y en algunos comentaristas regocijo indisimulado, ante el hecho de ver a tantos neoliberales del ayer, convertidos en keynesianos del mañana a partir de lo que estamos viviendo. Pero en realidad esto no es nuevo, paso exactamente lo mismo a inicios de la crisis de 2008, cuando se trataba de salvar precisamente a los grandes poderes financieros. En ese momento no hubo ningún problema entre los que habían denostado a “papá Estado”, cuando se trataba de hablar de políticas sociales, para pedir la ayuda masiva al sector financiero desde la esfera pública. Pero una vez salvados los bancos, no tardaron mucho en volver a los viejos usos con la idea de “que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”. De hecho, del cinismo de la gestión de la crisis de 2008 vienen parte de los lodos actuales. El resultado fue una suerte de keynesianismo para ricos y neoliberalismo aumentado para pobres y en el centro de todo de nuevo el Estado. Nada indica, que no pueda volver a pasar, sino se lucha para evitarlo.

La crisis actual ha dejado claro que, frente a todos los profetas de la globalización y del fin de las soberanías, el Estado emerge como elemento de nuevo central. Y por si quedaba alguna duda sobre ello en el contexto de la Unión Europea, ahí tenemos las declaraciones de Fernando Simón diciendo que España no es confinable, como las regiones de China, porque no encontraría la ayuda de nadie para ser sostenida. A la Unión Europea, que ha servido durante estos años para mantener pactos de estabilidad que han ahogado nuestras economías y nuestros derechos, de momento ni está ni se la espera (como mucho han decidido suspender el Pacto de Estabilidad para que los Estados puedan generar déficit, pero esto no es ayudar, básicamente se trata de dejar de estrangular). De hecho, en esta colección de mitos caídos a cuenta del coronavirus en la hoguera de las vanidades neoliberal, deberían ponerse en el museo de las cosas inútiles también el artículo 135 o la Ley de Estabilidad Presupuestaria. Pero todo ello de poco servirá si no se realiza un plan verdaderamente ambicioso de futuro y sin ningún complejo ya justificable. La inversión que Pedro Sánchez anunció como la más grande de la democracia española significa en realidad un 1,4% del PIB, la que se realizó con el rescate bancario de 2008, cuando se priorizó salvar a los bancos y no a las personas, fue de un 4,86%, Roosevelt invirtió un 6%. Nos deberemos acercar a Roosevelt el día después del coronavirus, si lo que viene es una crisis de larga duración. Invertir no sólo para salvar, invertir para reactivar e invertir para transformar una realidad que ya no sirve al futuro.

3. Escribía Josep Fontana hace ya casi un cuarto de siglo, que si el problema ante las futuras pandemias "se planteaba como una guerra entre el ser humano y los microbios, era claro que los microbios la habían ganado hasta ahora y la ganarían siempre: son más numerosos que nosotros y evolucionan más rápidamente (han aprendido a ajustarse a los cambios de el entorno con mutaciones o con diversas formas de adaptación natural). El problema radica en el hecho de que el rápido crecimiento de la población humana y su actuación destructiva del medio natural han alterado unos equilibrios complejos que no entendemos lo suficiente y han desencadenado efectos imprevistos. O aprendemos a vivir más racionalmente en un mundo donde cada vez hay más hombres y menos recursos, o los microbios que compiten con nosotros ganarán fácilmente esta guerra ". En realidad, no es que nosotros debamos proteger el medio ambiente, es que el medio ambiente nos protege a nosotros. Hemos eliminado tanta biodiversidad que nos encontramos frente a frente con aquello que nosotros mismos desencadenamos. Las transformaciones que deberemos hacer en el día de mañana, deberán tener esto también como fundamento. Esto y sonreírnos unos a otros, colaborar y buscar salidas, para recomenzar de nuevo en el día después.