Ahora más que nunca, política

La situación no se resolverá en clave de grandes victorias ni de grandes derrotas

XAVIER FINA
XAVIER FINA

Muchos pensábamos -o quizá solo deseáamos- que los tonos y los contenidos de los discursos a partir del 22 serían sustancialmente diferentes a los de la campaña y los de los últimos meses. Supongo que la victoria de Junts per Catalunya por encima de ERC -y este sorpasso que no llega nunca- combinada con el primer puesto de Ciudadanos dificultan este cambio. Las dos propuestas más emocionales, las más populistas, las que menos contenidos ajenos al Proceso incluían en su mensaje, han sido las grandes triunfadoras. Y eso, ¡viva la democracia!, las legitima.

El presidente Puigdemont insiste en las tres erres: rectificación, reparación y restauración. Y lo justifica a partir de la existencia de una mayoría absoluta independentista. El problema es que en términos factuales no hay ninguna relación entre la causa judicial abierta contra los dirigentes independentistas y el resultado de estas elecciones. En el orden político, y con matices, el independentismo tiene motivos para sentirse reforzado: los dos millones les son fieles. Pero la situación judicial no cambia. Con toda la injusticia que suponen los encarcelamientos preventivos sin fundamento, el resultado de unas elecciones no hará cambiar las decisiones de los jueces. Que el presidente Puigdemont será detenido y encarcelado en el momento que pise territorio español también es obvio. El independentismo puede estar contento con los resultados de las elecciones: mantiene -a pesar de la pérdida de dos escaños- la mayoría absoluta. Pero no puede mantener un relato fuera de la realidad. Esta negación ya la ha hecho, y los resultados -encarcelamientos, proclamación fallida de la República, fuga a Bruselas, 155- son bien claros. No valoro, describo.

El relato independentista tiene poco presente la realidad y la respuesta del Estado tiene vocación de permanencia del conflicto

En el otro lado, oímos a un Mariano Rajoy que, con un resultado electoral lamentable de su partido -que a última hora ha rescatado un cuarto diputado-, también niega la realidad. Su mecanismo es el de cerrar los ojos a la manera de los niños pequeños: lo que no veo, no existe. Aunque es imposible que Inés Arrimadas pueda recoger una mayoría en el Parlamento para ser presidenta de la Generalitat, él insiste en que la llamará a ella como ganadora de las elecciones. Y no, en términos parlamentarios la única mayoría posible es la formada por las fuerzas independentistas. Negarlo, como negar que hay una fuerza social muy importante que quiere irse de España -los dos millones de fieles, el 47,5% de la ciudadanía catalana-, forma parte del problema. En la medida en que no hay reconocimiento, no hay solución.

Un relato, el independentista, que tiene poco presente la realidad -respecto a la fuerza de la legalidad del Estado, respecto a la correlación de fuerzas y respeto a la insuficiente mayoría social que le da apoyo-, y una respuesta, la del Estado, que niega la dimensión política con vocación de permanencia del conflicto. Y unas elecciones que han dado bastante razón a cada una de las partes para no cambiar, pero una fuerza insuficiente para llevar a cabo sus objetivos.

La paradoja es que lo que deberán hacer las fuerzas ganadoras -los dos grandes bloques- es lo que reivindicaban los que han salido, visto desde la lógica de los bloques, menos reforzados. Con esto no reivindico que la fuerza de la razón tenga que estar por encima de la fuerza democrática. Pero la realidad obliga a recuperar la política como espacio de diálogo y de construcción de grandes acuerdos. La situación no se resolverá en clave de grandes victorias ni de grandes derrotas. Ha llegado la hora de aparcar por un tiempo la épica y recuperar la política. Esto hay que hacerlo en el marco de la relación con el estado español. Pero aún es más importante hacerlo en Cataluña. Sin entrar en el nivel de fractura social -no hay que exagerar pero tampoco negarla-, es evidente que el país está polarizado en relación a un tema central. Y es obligación de los representantes políticos ser responsables ante esta situación. Nadie puede seguir hablando alegremente de "pueblo catalán" en nombre del 47%, como tampoco nadie tiene derecho a reivindicarse como representante de una "mayoría silenciosa" en nombre del 44%. Hace falta generosidad e inteligencia política para gestionar este resultado. Y no quedarte con la razón que te han dado los tuyos, sino vislumbrar cómo construir, cómo encontrar soluciones desde la -relativa- debilidad sin aparecer como un traidor. El mandato democrático no toma nunca la forma de verdad absoluta e inequívoca. Hay que darle contenido, necesita interpretación inteligente. Y pedagogía, mucha pedagogía.

Hacer política -siempre, pero en este contexto especialmente- implica renuncias: a las prisas y los maximalismos. La indignación no sacará el problema político de la vía judicial. La negociación, quizá sí.

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