Memoria del corazón

No entiendo los movimientos que avanzan hacia su destino reduciendo la realidad a verdades simples

Entiendo que unos y otros están a lo que están. No es la primera vez que me siento en minoría y, aunque tal cosa no es agradable, ya estoy acostumbrado. Escribo en una lengua rara, que muy pocos leen, y desde que lo hago, hace cuarenta años, se me ha desaconsejado -incluso por la fuerza- hacerlo. Fui encontrando cómplices, a otros que como yo escribían en esta lengua mía tan aterida y en otras que disfrutaban de mejor salud, y aquí sigo recitándome en las noches de decepción aquel verso de Poe: "Todo lo que amé, lo amé solo". No entiendo los movimientos mayoritarios, los que avanzan hacia su destino reduciendo la realidad a verdades simples, a eslóganes, a reductos de sentido incontestables.

Hablando se desentiende la gente y las sociedades de la obligación ética de entenderse; el diálogo es necesario, claro, pero todo tiene normas. Es posible si se ha sabido construir un discurso sobre el Otro que nos abrigue. Admiro a las sociedades que saben admirar; admiro a las personas que admiran el genio y no lo envidian. Muy naïf, sin duda, esta definición que paso a dar: "Nación es aquella sociedad que ha aprendido a admirar la sociedad que tiene al lado superando tanto su inclinación al desprecio como a la envidia".

Nunca he visto al presidente del Gobierno español felicitarse por los progresos del euskera ni lamentarse por los retrocesos preocupantes del gallego

John Dos Passos escribía en sus notas de la Guerra Civil española que la historia de España no había sido otra cosa que la lucha de un pueblo contra otro pueblo. Quizás le habían contado aquella frase del General Cabrera, el carlista de Maestrazgo, con la que arengaba a sus soldados para envalentonarlos antes de la batalla:

—¡A por ellos, que son de regadío!— gritaba a aquellas escuálidas sombras del XIX dispuestas a morir en la escabechina.

El fracaso de la España de la Transición es que no hemos sido capaces de establecer un discurso sobre el Otro —y el Otro puede ser la vecina del tercero— convincente. Nunca he visto al presidente del Gobierno español felicitarse por los progresos del euskera ni lamentarse por los retrocesos preocupantes del gallego; nunca lo he visto felicitarse por la imagen de modernización que Barcelona proyectaba de España sobre Europa ni tampoco, claro, venir a acompañarnos a los de Asturias y León en nuestro entierro. Otras identidades sin embargo sí fueron reconocidas no sin la acérrima oposición de quienes no disponían de suficiente regadío cerebral.

La democracia en el 78, ¿lo recuerdan?, era un camino por el que nos prometimos conducir hacia la emancipación. La correlación de fuerzas en la sociedad daba para lo que daba y desde entonces, con procesos muy difíciles a veces, se consiguieron cosas impensables; pero no fue posible —ahora explicaré a mi juicio la razón— construir ese discurso sobre el Otro en el que las naciones históricamente constituyentes del Estado —es otra forma de verlo— no adoptasen ese papel monjil de quien expone llagas —oh modernidad— para que le den tiritas.

En el mundo existen entre 4.000 y 6.000 lenguas diferentes. ¿Sería deseable políticamente que existiesen tantos estados como sociedades nacionales? Del Estado dependen muchas cosas esenciales: la Seguridad Social, la Educación, el Ejército, la confección y el mantenimiento de infraestructuras esenciales. Con el dinero de los impuestos de todos los ciudadanos se han pagado las televisiones públicas, por ejemplo, y yo ahora puedo ver TV3 desde Asturias cada vez que quiero.

La ausencia de un discurso sobre el Otro —esta es la verdadera tragedia de España—  no permite ver, a unos y a otros, las bondades de un proceso histórico que pudo y acaso pueda concluir de otra manera. El estado español pudo ser, a punto estuvo de serlo, una semilla fértil de lo que pudo haber sido Europa. Faltó ambición y sensibilidad. Sé que muchos me tildarán de idealista impenitente.  Me encojo de hombros: sé que la identidad no es una elección sino una acumulación de destinos.

Sigo pensando que es posible una España policéntrica y operativa a la hora de salvaguardar las libertades de sus ciudadanos

Me siento en minoría aunque no sólo. A la sombra imperfecta de Pi i Margall, sigo pensando que es posible una España policéntrica y operativa a la hora de salvaguardar las libertades de sus ciudadanos. Una España que no se mofa de sí misma corrompiéndose y despreciando al vecino o en el peor de los casos sintiendo envidia por él.

Francesc Orteu, mi editor de Rata, me preguntaba cómo sería posible llevar a cabo esta idea. Y yo le contesté que la mayor deslealtad hacia el Estado no se había cometido el 27 de noviembre de 2017, cuando se proclamó de una manera desde mi punto de vista testimonial la República catalana, sino cuando los diversos gobiernos del PP decidieron convertir a Madrid —la ciudad de los muchos gobiernos— en un paraíso fiscal cuando ya sus fuerzas económicas doblaban a las de Barcelona. Es lo que tienen los nacionalismos más poderosos: siempre pueden ser más desleales que cualquiera por mucho que se empeñe ese cualquiera.

Mientras tanto, España se vacía de gente, de dineros y de esperanzas. Le decía a Orteu, telefónicamente, que un estado policéntrico solucionaría todos estos problemas. Le dije:

—Mira, Orteu, la capital del Estado en León, que el noroccidente de la península se muere. Casa Real en Madrid, según su costumbre. El senado, en Barcelona.

—¿Y el Tribunal Constitucional? —preguntó.

—¿En la Isla de Hierro?, aventuré y razoné: Quien aprende a aburrirse, es un poco menos burro.

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