PANDÈMIA

Los peligros de dejar que la covid-19 circule libremente

La vacunación masiva permite conseguir la preciada inmunidad de grupo salvando más vidas que con la propagación natural del virus

Habitantes de Manaos en una de las calles de la ciudad, donde el virus ha circulado sin restricciones y ha infectado al 75% de la población en siete meses. / MICHAEL DANTAS/AFP

Un año después de que se diagnosticara el primer enfermo de covid-19, parece que por fin encaramos la recta final de la crisis sanitaria. Las pandemias se acaban cuando una parte importante de todos los habitantes del planeta tienen anticuerpos contra el microbio que las causa, una situación que se denomina inmunidad de grupo o de rebaño. Cuantas más personas sean resistentes a la enfermedad, menos eficazmente se puede propagar y, al final, el virus o la bacteria solo tiene la capacidad de causar brotes localizados.

Esta inmunidad de grupo, que para la covid-19 tendría que ser al menos de un 70% o un 80% de la población mundial, solo se consigue de dos maneras: espontáneamente o gracias a las vacunas. La primera ha sido la vía más habitual a lo largo de la historia, hasta que la ciencia avanzó lo bastante como para hacer posible la inmunización masiva. Pero todavía ahora algunas pandemias evolucionan así. Por ejemplo, la de gripe A(H1N1) de 2009 se resolvió sin que hiciera falta una vacuna, sobre todo porque mucha gente tenía anticuerpos contra virus de la misma familia que también los protegían del nuevo virus. El inconveniente más obvio de dejar que se llegue a la inmunidad de grupo de manera natural es que hace falta que se infecten un gran número de personas, y esto puede comportar un número de víctimas muy elevado.

Inmunidad de grupo natural

En el caso del covid-19, esta idea ya se propuso al principio como posible manera de responder: el gobierno británico anunció que optaría por que la enfermedad siguiera su curso sin tomar precauciones estrictas. La estrategia duró pocos días porque muchos expertos alertaron del coste en vidas que tendría. A pesar de todo, la idea resurgió unos meses después gracias a la Great Barrington Declaration, una propuesta de un grupo de expertos reconocidos que pedían proteger solo a los más vulnerables y permitir que el resto de la población se infectara libremente. Una vez más, la respuesta en contra fue casi unánime, empezando por la OMS, a raíz del alto riesgo (hay víctimas mortales de covid-19 en todas las franjas de edad), las complicaciones prácticas de llevarla a cabo y la falta de datos científicos que la secundaran.

De todos modos, algunos países optaron por implementar unas restricciones poco severas que favorecían, en parte, la vía hacia la inmunidad espontánea. El ejemplo más conocido es el de Suecia, que durante un tiempo pareció que funcionaba. Pero pronto se vio que no era así: en verano Suecia ya tenía una mortalidad doce veces más alta que Noruega, siete más que Finlandia y seis más que Dinamarca, sus vecinos inmediatos, sin que la inmunidad de grupo fuera especialmente importante. Ni siquiera parece que esto protegiera la economía del país, que era uno de los objetivos principales de la propuesta.

El caso de Manaos

Las consecuencias son todavía más evidentes si se mira qué pasó en Manaos, en Brasil. Un artículo publicado en la revista Science esta semana analiza los efectos de no haber sabido proteger a los dos millones de habitantes de esta ciudad amazónica, donde los factores socioeconómicos hacían muy difícil aplicar medidas restrictivas a los contactos sociales. El resultado es que se infectó rápidamente entre el 44% y el 66% de la población. En junio ya había tanta gente con anticuerpos que la pandemia empezó a remitir por su propio pie, más que por el éxito de las medidas de control, y el número de casos se ha mantenido desde entonces en niveles bajos. El análisis de niveles de anticuerpos IgG demuestra que siete meses después del primer caso en la ciudad se había conseguido espontáneamente una inmunidad de grupo de cerca del 75%, que se cree que es la cifra más alta del planeta.

El problema es que esto ha dado lugar a unos datos de mortalidad confirmada por covid-19 de 1.193 personas por millón de habitantes a día 1 de octubre. Esto es el doble que en Reino Unido o en los Estados Unidos en ese momento, dos de los países con peores estadísticas. Y habría sido más grave si no fuera porque la población de Manaos es muy joven: solo el 6% tiene más de 60 años (en España y otros países desarrollados, este porcentaje es como mínimo tres veces superior). El ejemplo de Manaos, pues, confirma que no es factible confiar en la inmunidad espontánea cuando se trata de controlar una enfermedad tan infecciosa y con un porcentaje de mortalidad nada despreciable como el covid-19: la única opción aceptable es la vacunación en masa.

Es importante recordar que la inmunidad de grupo no elimina automáticamente el microbio del planeta. Solo se puede conseguir cuando prácticamente toda la población tiene anticuerpos durante un tiempo largo, cosa que resulta difícil. Por eso en toda la historia solo hemos conseguido erradicar un patógeno y la enfermedad que causa dos veces: con el virus de la viruela y con el de la peste bovina. El resto de microbios que hemos dominado en una buena parte del planeta gracias a las vacunas (el virus de la poliomielitis o el del sarampión, la bacteria de la difteria, etc.) continúan circulando y causando brotes, sobre todo en las zonas donde la vacunación es deficiente.

A pesar de que en los países desarrollados estas enfermedades casi no existen, todavía son un problema de salud en muchos lugares, cosa que demuestra hasta qué punto son importantes las vacunas. Si bajamos la guardia, por ejemplo dejando de vacunar, estas enfermedades podrían volver a convertirse en pandémicas.

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