80 AÑOS DEL FINAL DE LA GUERRA CIVIL

1939-2019: del franquismo al ascenso del discurso de ultraderecha

Después de 40 años de dictadura y 40 de democracia, España vive un clima de involución ideológica

1939-2019: del franquismo al ascenso de la ultraderecha

¿Ha vuelto el franquismo o no nos había abandonado por completo y ha permanecido latente, enterrado, disimulado? ¿Tenemos que hablar de un nuevo fenómeno? Hace sólo cinco o diez años, un comentario xenófobo era condenado prácticamente por todos. Hoy ya no siempre es así. Hay un peligroso desacomplejamiento. Obviamente, ni Franco ni Hitler han vuelto, pero la música de fondo de la intolerancia y las técnicas de manipulación masiva vuelven a estar en la orden del día, y con el efecto multiplicador de las redes sociales. Las 'fake news' circulan a gran velocidad.

Este 1 de abril hizo 80 años que se acabó la Guerra Civil, de la que salió vencedor el ejército sublevado del general Franco. Después de 36 años de dictadura, la Transición llevó a España a un régimen democrático que, a diferencia de otras democracias, no nació antifascista sino desmemoriado, como si no tuviera pasado.

Con la ayuda de sociólogos, politólogos e historiadores, analizamos por qué algunos líderes mundiales como Donald Trump y Viktor Orbán utilizan tácticas políticas de inspiración fascista. Y nos detenemos en el caso de España, donde, a remolque de esta involución ideológica global, han aparecido formaciones de extrema derecha como Vox y se ha endurecido el discurso de toda la derecha. ¿Está en crisis la democracia representativa? ¿Qué ha pasado para que la retórica del fascismo o del posfascismo no se limite a un submundo secreto sino que forme parte del discurso público cotidiano? ¿Tenemos que estar asustados?

Nuevo o viejo, está aquí

¿Debemos llarmarlo franquismo, fascismo o posfascismo?

Hay un cierto consenso sobre el hecho de que los discursos contra el diferente y la defensa de una comunidad homogénea, la alergia al mestizaje, la hostilidad hacia el feminismo, el ultranacionalismo, el antiintelectualismo, la irrealidad (o las soluciones mágicas) y la dialéctica amigo-enemigo han vuelto con fuerza a nuestras vidas. Pero, ¿se puede hablar de política fascista? "El mundo ha cambiado mucho desde los años veinte del siglo pasado. Prefiero hablar de neofascismo para describir un momento político del siglo XXI que actualiza las ideas básicas del fascismo, da recetas nacionalistas para resolver problemas sociales y económicos y, en cierto modo, ataca el parlamentarismo porque quiere reducir el peso legislativo e incrementar el ejecutivo" , razona Alfons Aragoneses, profesor de historia del derecho de la UPF.

El contexto, en efecto, es muy diferente: el fascismo surgió en una sociedad que se industrializaba y con la amenaza de la revolución comunista. Ahora la amenaza sería la globalización, hay menos conciencia de clase y la industria cada vez tiene menos peso. "No es fascismo, es una extrema derecha postindustrial -dice el historiador Xavier Casals-. La ultraderecha no mira al pasado sino al futuro. No quiere restablecer regímenes pretéritos, no es racista, sino que rechaza el multiculturalismo y los flujos migratorios, y es antielitista". Casals también defiende que esta extrema derecha no quiere un electorado pasivo sino que lo llama a la movilización. Y rechaza también una pervivencia del franquismo: "El franquismo queda lejos para la población española. Más del 55% han nacido después de 1975. Tenemos un régimen que es incapaz de reformarse y abrirse, pero esto no es un retorno al franquismo: utilizar este calificativo para deslegitimar al adversario no aclara nada y sólo sirve para banalizar la palabra".

En cambio, Jason Stanley, profesor de filosofía de Yale y autor de 'Facha' (Blackie Books), sí cree que se debe hablar de políticas fascistas, porque exaltan un pasado mítico, son antiintelectuales, difunden teorías conspirativas y 'fake news' y intoxican el debate de ideas, son antisindicalistas, antifeministas y xenófobas, y tienen un discurso victimista: hombres oprimidos por la ley de violencia de género, católicos oprimidos por el laicismo... "Utilizar otros términos es rehuir el problema. Debemos ser alarmistas ", dice Stanley.

Las preguntas angustian

¿Es más fácil ser demócrata que facha?

En 'El miedo a la libertad' (1941), Erich Fromm analiza la relación entre la humanidad y la libertad y habla del miedo de ser libre y la tentación de someterse a un sistema autoritario que elimine la angustia de decidir qué pensar y cómo actuar. "Somos tribu, somos gregarios, nos han educado así -asegura la socióloga Marta Rovira-. Estar solo es muy difícil, y si todo el mundo va en una dirección cuesta resistirse".

La sociedad actual tiene más formación, menos analfabetos, más licenciados y más información, pero ¿tiene herramientas para cuestionar estas nuevas formas de autoritarismo? "Para que haya una democracia plena debe haber una educación que forme una idea crítica, y los estados, en general, no se han preocupado de eso", opina Aragonesas. "Si realmente el sistema educativo occidental fuera suficientemente potente, el conjunto de sociedades miraría hacia arriba y no hacia abajo para encontrar a los responsables. La complejidad provoca angustia y hay preguntas que nadie se quiere plantear", argumenta el historiador Arnau González Vilalta. Jason Stanley cree que es más fácil ser facha que demócrata: "Ser demócrata exige más compromiso: convivir con ideas que no son las tuyas, consensuar... Para ser fascista sólo debes tener en cuenta un punto de vista", afirma.

No todo es culpa de la crisis

¿Por qué los discursos demagógicos seducen tanto?

¿Cómo ha entrado en nuestra vida la extrema derecha, los discursos que proponen expulsiones masivas, los muros, la tolerancia cero con los que son vistos como diferentes? "La extrema derecha que avanza en Europa tiene sus orígenes en Escandinavia con el Partido del Progreso, fundado en 1973, un movimiento de protesta contra los impuestos. El mensaje era: «Ya que pagamos impuestos, que los beneficios sean para nosotros»", explica Casals, según el cual "en los 80 hubo el auge del Frente Nacional en Francia, que colocó en la agenda política la seguridad y la inmigración y, con la caída del Muro de Berlín, esta extrema derecha muta y sustituye el anticomunismo por la antiglobalización".

Lo cierto, sin embargo, es que todo ello se ha intensificado. La rápida normalización de esta involución ideológica la podemos ver en Hungría y Polonia, donde las jóvenes democracias liberales se están haciendo rápidamente il·liberales, o en el trato inhumano que reciben los refugiados y trabajadores indocumentados por parte del conjunto de estados europeos . ¿La crisis económica y la creciente desigualdad han allanado el camino a estas políticas o tácticas? "Sería la respuesta fácil, la competición por los recursos y la utilización del miedo, pero quizás el problema es más profundo -apunta Aragoneses-. En 1945, para evitar un nuevo Holocausto, se declaran los derechos universales, pero los estados, en sus ordenamientos jurídicos, siguen diferenciando entre ser humano y ciudadano. Todos estamos de acuerdo en que todos somos iguales, pero tenemos dificultades para integrar al otro, al diferente, especialmente al extranjero". El autor de 'Facha' destaca sobre todo una pérdida de confianza después de la crisis financiera: "Las élites cometieron muchos errores y ahora hay una gran desconfianza, un contexto en el que no cuesta mucho dejarse seducir por las soluciones fáciles de los demagogos".

Nada es para siempre

¿La democracia puede fundirse?

Históricamente, los líderes fascistas han llegado al poder a través de elecciones democráticas -a menudo con la ayuda de la violencia-, pero su compromiso con la libertad suele desaparecer luego de ganarlas. "Una de las grandes ironías de la democracia es que ella misma facilitó a sus enemigos más peligrosos las herramientas para destruirla", dijo Goebbels. "Nos hemos creído que el sistema democrático era estable y perpetuo, pero no sé hasta qué punto algunos votantes han reflexionado sobre si querrían formar parte de un estado totalitario aunque formaran parte del grupo dominante. Quién nos asegura que si ciertas formaciones llegan al poder no habrá un desmantelamiento de las estructuras democráticas?", reflexiona González Vilalta.

Vivimos un momento de transición en el que parte de la población se está quedando al margen, sin acceso a un mínimo de bienestar. Algunos, ante el miedo, tienden a cerrarse. Tampoco hay nuevas propuestas de los partidos tradicionales que arrastren al electorado. "Algunos partidos de extrema derecha son vistos como una amenaza, pero en realidad son un efecto, existen porque hay una crisis de la democracia representativa", destaca Casals. "Sólo tenemos que mirar las elecciones andaluzas. Más del 50% del electorado no se sentía identificado con los partidos tradicionales [PP y PSOE sumaron el 48% de los votos] y hubo un 41,3% de abstención. Vox no sube porque moviliza al electorado, sino porque hay una gran insatisfacción", añade Casals.

La democracia se complica en un contexto de mucha desigualdad porque aumenta la división y, por tanto, dificulta el consenso. "Los movimientos de izquierda han logrado muchos cambios en el siglo XX, pero no han seducido a todo el mundo. El sector industrial ha cambiado mucho, y muchos han quedado descolocados. ¿Qué referente tiene la clase obrera tradicional?", se pregunta Rovira. Y alerta: "Quizás dentro de un tiempo veremos el estado del bienestar como una anécdota histórica".

'Spain is different'

¿Franquismo o una extrema derecha diferente?

"La España posfranquista nace de una dictadura que no se ha desintegrado sino que se ha transformado", afirma González Vilalta, para quien "hay una reacción de las clases medias y altas que han tenido el poder durante siglos y milenios que ahora se sienten cuestionadas, creen que han cedido demasiado poder y están reaccionando". Marta Rovira detecta un aumento de la violencia organizada y una relación directa entre los ataques por motivos de orientación sexual e ideológicos y algunos nuevos liderazgos: "Hay un lenguaje políticamente correcto que se empezó a romper cuando tuvimos un presidente neofascista que se llamaba Aznar. Cada vez se pierde más el miedo a hacer explícitas ciertas opiniones xenófobas o despectivas. ¿Quién no recuerda el grito «Que se jodan!» que profirió Andrea Fabra después de que Rajoy anunciara recortes a los parados en diciembre de 2012? "

A diferencia de en otras democracias, según Rovira, en España la extrema derecha no sólo tiene entre su electorado sectores que se sienten abandonados o fuera de la carrera para sobrevivir, sino también los que han tenido poder y no lo quieren perder: "Aznar es el primero que legitimó el franquismo, y desde la FAES ha hecho mucho trabajo". Franco murió en la cama, pero hoy prácticamente nadie lo reivindica. "Yo no hablaría de franquismo estructural -dice Aragoneses-, pero sí de determinadas estructuras de poder que reproducen determinadas dinámicas desde tiempos pretéritos. La justicia no es franquista, pero una parte de la judicatura sigue sin ser capaz de separar derecho, moral e ideología política ".

Herramientas de resistencia

¿El feminismo y la lucha sindical pueden plantarle cara?

Stanley menciona dos movimientos de resistencia, el feminismo y el sindicalismo, e identifica el miedo que provoca el feminismo entre los movimientos fascistas como "angustia sexual": "Se ve peligrar la jerarquía patriarcal ante el avance progresivo de la paridad de género". También produce pánico porque la extrema derecha ve en el feminismo una conspiración contra la fertilidad de las mujeres que deben garantizar la supervivencia de la nación. Por ello Vox llama a combatir "el feminismo supremacista". El autor de 'Facha' también cree que la lucha sindical es otra manera de hacer frente al avance de las políticas fascistas: "Representa todo lo contrario del fascismo, es una manera de combatir colectivamente todo lo que el fascismo quiere hacer crecer: el individualsimo, la atomización, la fractura social, la desigualdad, el miedo del futuro..." En definitiva, el sálvese quien pueda.

Para Marta Rovira estamos en un momento en que todo es posible: "Hay más violencia y más conflictividad, pero, a diferencia del siglo pasado, hay más información y más formación; puede haber más resistencia. Por ejemplo, ha habido un aumento del cooperativismo". González Vilalta eleva la alerta y cree que se deberían ilegalizar ciertas formaciones: "Hay discursos que no se pueden tolerar en democracia. Estamos tardando demasiado en reaccionar".