Melero, el Ronaldinho del Supremo

La intervención del letrado de Forn provoca aplausos en la sala de prensa del Tribunal Supremo

La fecha del 17 de noviembre de 2005 quedó grabada en el imaginario barcelonista como el día en el que el Bernabéu aplaudió a Ronaldinho después de una actuación estelar. Que se te reconozca el mérito en un campo teóricamente adverso no es tan habitual, pero eso es lo que sucedió ayer en la sala de prensa del Tribunal Supremo, donde los periodistas saludaron con un aplauso espontáneo el final de la intervención de Xavier Melero, el letrado de Joaquim Forn.

Y es que su informe final tuvo de todo: ironía (siempre se refería al “brillantísimo” informe del fiscal), humor (con referencia a la película Amanece, que no es poco incluida) y, sobre todo, toneladas de mala leche destinadas especialmente al fiscal Javier Zaragoza, presente en la sala. Fue un espectáculo digno de verse. Acostumbrados a su tono amable y sardónico, ayer Melero mostró que no es alguien a quien querrías tener como enemigo. Cada argumento de la acusación era diseccionado, reducido al absurdo y, finalmente, tirado a la basura con cara de menosprecio. Los golpes eran tan duros que el espectador tenía la sensación de asistir a un espectáculo de sado no apto para menores. Ahora bien, su relato descarnado de lo que supuso en realidad la DUI tampoco es recomendable para estómagos procesistas.

Al lado de Melero, Andreu van den Eynde, que había abierto fuego por la mañana, pareció suave. Pero no lo había sido para nada. De hecho, en el receso de la mañana el abogado de Junqueras y Romeva recibió muchas felicitaciones. En conversación con el ARA reconocía que su objetivo era introducir la duda en alguno de los magistrados más izquierdistas, principalmente Ana Ferrer, la única mujer del tribunal. Las defensas saben que Manuel Marchena aspira a una sentencia por unanimidad, y esto otorga un gran poder de veto a cada uno de los jueces.

El gran día de las defensas

Es el gran día de las defensas, y eso crea un cierto efecto de euforia que alguno de los acusados, como Carles Mundó, se encarga rápidamente de matizar. “La liga no se gana en un partido concreto, aunque sea un Madrid-Barça, sino en muchos”, dice con su tono pedagógico habitual. La cruda realidad es la que se vive dentro de las instalaciones del Supremo, donde el Estado ejerce hasta en los más pequeños detalles su autoridad basada en el poder coercitivo. ¿Quieren un ejemplo? Un policía nacional se acerca al abogado Benet Salellas y le pide que, por favor, no apoye el zapato en el granito de una de las paredes del claustro. Salellas obedece ipso facto sin dejar de sonreír al agente, que se muestra satisfecho por haber mantenido el orden en aquel espacio tan sagrado.

Las defensas de los presos asumen la desobediencia para negar la rebelión y la sedición

Dentro de la sala de plenos del Supremo la autoridad del Estado, que tiene el monopolio de la violencia, la representan solo dos agentes. Aún así, son suficientes para crear un muro invisible pero imposible de cruzar, el que separa a los espectadores de la zona donde se sitúan los acusados, defensas, acusación y tribunal. El muro se traspasa con saludos afectuosos y sonrisas cálidas. En el momento de entrar en la sala emergen las figuras de Oriol Junqueras y Mundó, dos gigantes que hablan animadamente. La vista va procesando rostros familiares: Turull, Rull, Sànchez, Romeva, Forn...

Todos ellos han desarrollado, de buena o mala gana, una gran habilidad en la comunicación no verbal. Casi se puede mantener una conversación entera solo con mímica. Hay un momento en el que la puerta de la sala está como la Meridiana en hora punta y te encuentras con Ortega Smith en un lado y Diana Riba en el otro.

Van den Eynde desgrana sus argumentos con la pirotecnia verbal que parecía haber perdido en la parte final del juicio, alternando los tecnicismos jurídicos con comentarios casi humorísticos, como cuando se dedica a explicar los acordes de la música de estilo ska. Sus muletillas son “¿vale?”, y “esto es lo que hay”, que rebajan el discurso a un nivel popular, casi de barra de bar. Entre la profesión, este recurso provoca división de opiniones, pero hay que admitir que da su impresión.

Pina, en cambio, es el más emotivo, así que es el que utiliza más la primera persona. Eso lo aleja de la frialdad killer de Melero y lo acerca a aquello que los fiscales dirían la “masa” independentista. Los dos destacan el papel de los 300.000 ciudadanos que votaron no en el 1-O. Ellos son la prueba, afirman, de que aquel día no hubo un golpe de estado, sino el ejercicio del legítimo derecho a la protesta.

Marchena, sin embargo, ni los mira. Escribe en su ordenador y su rostro aparece iluminado por la pantalla, lo que le confiere un aspecto sobrenatural. Fantasmagórico. Él es el hombre que debe decidir si aplaude a Ronaldinho o no.

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