ANIVERSARI

El estilo Maragall, desde dentro

Antiguos colaboradores del ex 'president' y exalcalde recuerdan su legado cuando cumple ochenta años

Los 'presidents' Pujol y Maragall durante la toma de posesión del segundo / ALBERTO ESTÉVEZ / EFE

“Asegúrate de que cuando alguien llama al Palau de la Generalitat y se tiene que esperar, suenen las Variaciones Goldberg”. Hacía pocos meses que Pasqual Maragall era presidente cuando, a principios de 2004, hizo este encargo a Jaume Badia, entonces director general de Análisis y Prospectiva del Govern. La hasta entonces “obvia y anodina” melodía de espera -en palabras de Badia- que sonaba cuando alguien llamaba a la primera institución del país se transformó en poco tiempo en una composición de Johann Sebastian Bach. Concretamente, y también a petición del jefe del ejecutivo, la interpretada por el pianista canadiense Glenn Gould. Más allá de evidenciar la melomanía del entonces flamante president, la anécdota sirve ahora, el día en que el ex president cumple 80 años, para ilustrar hasta dónde llegó el alcance del maragallismo. Sobre Maragall (Barcelona, 1941) se han escrito muchas páginas: las del alcalde olímpico y el president del primer Tripartito, las del verso libre del PSC o las del luchador contra el Alzheimer, enfermedad que sufre desde 2007. Pero ¿cómo ha sido y es Pasqual en las distancias cortas? ¿Cómo trabajaba? ¿Qué se esconde detrás del tópico de las maragalladas?

Los adjetivos empático, generoso, terco, visionario, pícaro, espontáneo, audaz, valiente o seguro de sí mismo se repiten en las conversaciones con una decena de antiguos colaboradores (y amigos) suyos que han vivido su trayectoria muy de cerca, y han sido testigos también de su capacidad de generar consenso entre diferentes. “Era un político que no parecía un político”, resume Salvador Sarquella, ex secretario de Maragall en la alcaldía y jefe de gabinete en su ya extinta oficina de ex president. Fue él quien durante varios años le llevó la agenda en el Ayuntamiento: un auténtico tetris de reuniones y compromisos. “Siempre se critica la impuntualidad de Maragall, pero hacía todo lo que le poníamos en la agenda... más todo lo que consideraba”, añade, y admite que “esto hacía que fuese con retraso”. El alcalde combinaba reuniones con concejales, vecinos o embajadores con visitas sorpresa a ciudadanos hospitalizados o que habían sido padres. “Para él lo más importante era la gente, sobre todo los niños y los abuelos. Dedicaba mucho tiempo a escucharlos lejos de todo protocolo”, afirma Sarquella, que se inquietaba mirando el reloj cada vez que una conversación de Maragall con alguien que lo paraba en la calle derivaba en un café para abordar temas de la ciudad.

La relación con los vecinos

Junto con las Olimpiadas del 92 -que le permitieron acelerar una transformación de Barcelona para la cual “ habrían necesitado quince”, según Xavier Roig, su jefe de gabinete-, la gran obsesión del alcalde Maragall (1982-1997) fue resolver los problemas en los barrios. De aquí que después de los Juegos empezara a pasar semanas enteras durmiendo en casas de familias de varios puntos de la ciudad: desde uno de los pisos de la Pedrera hasta una casa muy pequeña de un combativo sindicalista en Torre Baró. Una experiencia inmersiva que sería el embrión, años después, del Plan de Barrios impulsado desde la Generalitat. Custodia Moreno, histórica líder vecinal del Carmel, destaca la “sencillez extraordinaria” que desprendía Maragall cuando se instaló unos días en uno de los pisos de protección oficial de Can Baró: “Diana [Garrigosa], que también fue a vivir ahí, le decía que no había llevado una camisa y unos pantalones tan bien planchados como la semana que estuvo aquí”, recuerda, como también las tardes que el alcalde pasó en el barrio jugando al ajedrez o al futbolín y, sobre todo, escuchando. “Nos ayudó mucho. Todas las mejoras importantes del barrio vinieron de esa época”, afirma. Eso sí: después de mucha guerra. Moreno hace referencia a numerosas manifestaciones relacionadas con el final del barraquisme o la necesidad, por ejemplo, de ampliar la carretera del Carmel. “Estoy hasta los cojones”, les llegó a espetar Maragall después de que interrumpieran un mitin suyo por este tema. Meses después empezaban las obras.

Y es que, en el fondo, estaba convencido de que “los alcaldes eran un grupo de presión que no se debe a los partidos sino a los ciudadanos que los han votado”, apunta Sarquella. La facilidad para los idiomas y la capacidad de seducción sirvieron a Maragall para tejer una relación fluida con alcaldes de todo el mundo. Hubo uno, sin embargo, con quien se volcó. “Estoy aquí, pero mi ciudad está en guerra”, había dicho el de Sarajevo en una cena en Barcelona con alcaldes de exsedes olímpicas. Desde entonces, la capital bosnia se convirtió en “el distrito número 11 de Barcelona”, recuerda el ex secretario de Maragall. Para resolver los problemas de comunicación en la ciudad de los Balcanes, el alcalde encargó incluso que se enviara un teléfono por satélite. Un gesto que hizo que, durante un tiempo, todo el mundo que llamaba a Sarajevo tuviera que marcar el prefijo +93 de la capital catalana.

Uno de los grandes frutos del maragallismo, de hecho, fue el de poner a Barcelona en el mapa mundial. Y, según Roig, fue la sensación de haber dejado mucho trabajo “hecho” pero también sus inquietudes intelectuales lo que en 1997 lo llevaron a renunciar por sorpresa a la reelección. La marcha a Roma, desde donde se prepararía para iniciar la carrera a la Generalitat, lo unió a personas como Marta Grabulosa, que había sido técnica de la alcaldía y se convertiría durante los años siguientes en su jefa de gabinete en el Parlament y en la Generalitat. “Nunca dejó de ser Pasqual por mucho poder que tuviera”, afirma ahora con perspectiva.

¿En qué se traduce esto? Por un lado, en el hecho de que la familia y los amigos pasaban por encima de todo. En la agenda siempre tuvo reservado un espacio sagrado cada miércoles para comer en casa, y Garrigosa -que murió en febrero del año pasado a los 75 años debido a un infarto- fue siempre mucho más que su esposa. “Sin Diana no hay Pasqual”, reconocía en 2011 Maragall. “Era su consejera, y una buena consejera”, certifica Sarquella. Ella también fue, desde que llegó el Alzheimer, quien lo cuidó y ayudó a impulsar la Fundació Pasqual Maragall para combatir la enfermedad.

Tanto Grabulosa como Badia, sin embargo, comparten otra reflexión para explicar el carácter que definió a Maragall a lo largo de los años: “Era un hombre fuerte con los fuertes y débil con los débiles”, afirman. Por eso en 2005 soltó su famoso “Ustedes tienen un problema, y se llama 3%” a Artur Mas, entonces jefe de la oposición, en referencia a las comisiones irregulares de CDC. “Eso no fue una maragallada, sino un perder la paciencia ante el cinismo de sus adversarios”, resume Badia. Para el entorno de Maragall, de hecho, las maragalladas no fueron ocurrencias sino “genialidades”, expresiones de “lucidez”, “espontaneidad” o buenas ideas expresadas a veces “antes de tiempo”. Muchos recuerdan como paradigmática su propuesta de raíz federalista de trasladar el Senado a Barcelona (1992). “Algunas cosas las decía seguramente en el peor momento y sin red”, dice Grabulosa, a pesar de dejar claro que la mayoría de salidas el presidente ya las había planteado antes en privado.

La convulsa etapa de tres años (2003-2006) al frente de la Generalitat, el Dragon Khan del Tripartito, acabó de forma abrupta, rompiendo con el aparato socialista y con la aprobación de un Estatuto que él quería más simplificado, al estilo de la Constitución americana. Y evidenció que no llevaba bien la “distancia” del cargo con los ciudadanos, según su exjefa de gabinete. “En este momento me gustaría ser alcalde de Barcelona”, le dijo a Moreno después del hundimiento del Carmel. Un manera de ser que, para Àngela Vinent, exjefa de prensa en la alcaldía, demuestra su “calidad humana”.

El factor humano

La respuesta llegó, una vez retirado de la vida política, en forma de amistades, capitales a medida que ha avanzado la enfermedad. Vinent lo ha acompañado a andar una y otra vez -hasta que la pandemia lo ha permitido- por barrios y parques de Barcelona, y muchos de los que trabajaban con él se reunían hasta hace poco en su casa cada lunes para ver una película: “Primero de cariz más intelectual y político, después cine clásico y de humor o musicales”, explica Sisón Roselló, habitual en estos encuentros. “No hace mucho vimos West Side story, y no veas cómo cantaba el Maria Maria...”, añade. La pasión por la música, de la clásica al jazz y de Paco de Lucía a Sílvia Pérez Cruz o Georges Brassens, se mantiene todavía inamovible en la personalidad de Maragall, que se pone a cantar en cada visita -ahora videollamada- de sus amistades. Y a menudo propone un “¿Bailamos?” En las sesiones musicales no faltan las Variaciones Goldberg, pero son los que lo acompañan los que, ochenta años después, mantienen viva su memoria.

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