AUTODETERMINACIÓ

La evolución antagónica del independentismo en Escocia y en Quebec

La buena salud del SNP desde el referéndum contrasta con la decadencia del PQ

La entonces viceministra principal escocesa, Nicola Sturgeon, en un acto de campaña a favor del sí dos días antes del referéndum de 2014 / JEFF J.MITCHELL / GETTY PETER JONES / REUTERS

Escocia y Quebec son dos espejos recurrentes para el soberanismo catalán. Y es lógico: en muchos sentidos son los dos casos más próximos y directamente comparables al nuestro. Movimientos independentistas amplios, que crecen en democracias avanzadas y estados descentralizados, y que se expresan de manera pacífica y democrática. Es evidente que hay diferencias, sobre todo en la reacción de los respectivos estados. A diferencia de lo que ocurrió en 2017 en Catalunya, tanto en Quebec como en Escocia se pudieron celebrar referéndums sobre la independencia de manera pacífica y democrática, en 1995 en un caso y en 2014 en el otro. En ambos casos participó la mayor parte del electorado (el 94% y el 85%, respectivamente), y se enfrentaron grandes campañas por el sí y el no. En ambos casos se impuso el no, con un margen de 10 puntos en Escocia y de sólo un punto en Quebec. Pero la evolución posterior de los respectivos movimientos independentistas no podría ser más diferente.

En Escocia, seis años después de 2014, los partidarios de la independencia piden volver a votar, y las encuestas les colocan ahora en una situación clara de ventaja respecto al no. Quizá por eso el gobierno británico de Boris Johnson rechaza ahora acordar un nuevo referéndum. Pero no sabemos cuánto tiempo se mantendrá el veto. En todo caso, después de perder el referéndum, el SNP siguió gobernando y amplió su hegemonía electoral en Escocia.

El efecto del Brexit

Evidentemente, el referéndum del Brexit y su resultado han condicionado los términos del debate. Si en 2014 se amenazaba a los escoceses con la salida de la Unión Europea si votaban por el sí, hoy la independencia aparece como la única vía para quedarse en la UE. Hay que tener presente que la ciudadanía escocesa votó mayoritariamente remain, y que el Brexit se impuso básicamente por el voto inglés. Por eso es precisamente entre los votantes del remain que el independentismo ha crecido más. Últimamente, la gestión de la pandemia del gobierno del SNP ha contribuido a reforzar la percepción de que Escocia estaría mejor gobernándose a ella misma. El independentismo escocés, pues, se ha mantenido muy unido en torno a un discurso progresista, cívico y europeísta.

La historia es diferente en Quebec. A raíz de la amarga derrota en las urnas en octubre de 1995, el independentismo inició un largo declive que lo ha llevado a la marginalidad. "Estamos ante un campo de escombros". Así definía el ex primer ministro Jacques Parizeau, poco antes de morir, el movimiento soberanista quebequés. En los últimos comicios provinciales, en 2018, el PQ tocó fondo con solo 10 diputados y un 18% del voto, frente al 44,8% del voto y los 77 diputados de 1994. La mala gestión de la derrota, la evolución ideológica del PQ y el envejecimiento de su electorado explican buena parte de la decadencia.

Hoy, la fuerza hegemónica en Quebec es el autonomismo de centro Coalition Avenir Quebec (CAQ), una confluencia de antiguos independentistas frustrados, ex miembros del PQ, partidarios de abandonar el pleito territorial y fervientes defensores de la protección de la lengua francesa y la identidad "laica" quebequense. Por el camino, el soberanismo quebequés parece haber tirado por la borda la herencia progresista que inspiró la consolidación de un estado del bienestar propio y una reanimación económica sin precedentes a partir de los años sesenta. Un movimiento que empoderó a la mayoría francófona, históricamente sometida al dominio de las clases acomodadas anglófonas herederas de la estructura imperial británica.

La mala digestión de la derrota de 1995 empujó a las élites independentistas hacia un repliegue cada vez más agrio y nostálgico. Las palabras del mismo Parizeau la noche del referéndum serían casi proféticas cuando afirmó, con cierto ánimo vengativo, que habían sido derrotados por los "dineros y por el voto étnico", refiriéndose a la inversión federal en la campaña electoral por el no y los sus conciudadanos anglófonos.

El breve lapso de recuperación del poder por parte del independentismo, del 2012 al 2014, terminó de sellar el fallecimiento del progresismo tradicional del PQ, transformado ahora en un partido defensor de la lengua francesa, hostil con las minorías internas y que acabaría proponiendo una Carta de Valores quebequenses, dirigida a la exigencia de laicidad pública a la francesa. La deriva del PQ, animada por un buen grupo de pensadores conservadores francófonos, tendría una doble consecuencia para el proyecto independentista: arrinconar el partido al electorado más nacionalista y, de manera indirecta, situar en el centro de la política quebequense la cuestión identitaria, envenenando el debate público con referencias constantes a la minoría musulmana.

La distancia entre Quebec, Escocia y Catalunya no es solo geográfica. Cualquier comparación entre los tres soberanismos debe tener en cuenta las enormes diferencias institucionales, políticas y sociológicas de los tres países. Sin embargo, la situación política catalana, marcada aún por los hechos de octubre del 2017, puede ver en Quebec y Escocia un buen espejo. Porque después de un referéndum fallido, inevitablemente los movimientos independentistas afrontan dilemas estratégicos cruciales.

Dos trayectorias divergentes

La evolución del apoyo a la independencia en Escocia y en Quebec después de los respectivos referéndums cuenta la historia de dos trayectorias divergentes. En el caso escocés, el sí, que se había ido acercando a la victoria en las semanas previas al referéndum, volvió a distanciarse después. Pero recientemente la combinación del buen gobierno del SNP, el Brexit y la gestión de la pandemia parecen haber vuelto a impulsar el apoyo a la independencia, hasta el punto en que hoy los independentistas escoceses ven más cerca que nunca una posible victoria en las urnas.

Por el contrario, en Quebec, el resultado histórico del 1995, en que el sí registró un 49,4% y perdió por pocas décimas, abrió el camino de un largo y progresivo proceso de decadencia. Hoy el apoyo a la independencia está en torno al 37%, 26 puntos por debajo del no. Esto hace que ahora mismo la idea de la secesión sea poco más que una hipótesis lejana para los quebequenses, que tan cerca estuvieron de ella.

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