TRES AÑOS DEL REFERÉNDUM

Una partida de dominó para reivindicar el 1 de Octubre

Los protagonistas de la fotografía del referéndum en Sant Iscle que se hizo viral reviven esa jornada y muestran su desencanto con los partidos

“¡Es que yo soy muy malo, Matilde!”. Así es como Marc Ubanell intentaba disculparse por su poca maña jugando al dominó. No tenía que tirar un seis doble porque el vencedor de esa partida iba a seises. Tampoco tenía que estar en esa mesa jugando, pero cuando la Guardia Civil volvió por segunda vez a Sant Iscle el 1-O lo hizo con más efectivos y con más determinación y había que diseñar una estrategia para evitar que cerraran el centro para gente mayor. Así surgió la partida de dominó más famosa de la historia de Cataluña. La que se disputó hoy hace tres años con agentes del cuerpo armado delante.

“Sabíamos que volverían y, como estábamos en el centro para gente mayor, los de dentro propusimos volver a poner las mesas y las sillas como estaban antes de iniciar la votación y jugar a cartas o al dominó, que es lo que se hace aquí, para que no nos pudieran cerrar la escuela”, explica Alexandra Vilaró, otra de las improvisadas jugadoras. Lanzaron las fichas sobre la mesa y empezó la partida. Mientras, afuera, la Guardia Civil cargaba contra las decenas de personas que les querían vetar el acceso. Las escenas eran impactantes y una hermana de Marc incluso tuvo una crisis de ansiedad. “Era como si nosotros estuviéramos en una urna, ajenos a lo que pasaba en la calle, pero sí que veías cómo era agredida la gente y lo pasamos muy mal porque afuera teníamos familia y amigos”, admite Vilaró. Pero deja claro que volvería a actuar como lo hizo: “Fue muy duro, pero hicimos lo que tocaba, que era defender la escuela”. Trataban de decirle a la gente que estaba fuera que los dejaran entrar porque la urna ya no estaba, pero no se enteraban y seguían haciendo de tapón.

La urna escondida en un nicho

A pesar de que el centro comunicaba con el ayuntamiento, no fue por la puerta que los unía por donde salió la urna. La sacaron por delante escondida dentro de una bolsa. “Todo fue improvisado”, dice Jordi Comas, presidente local del ANC, que explica que la primera vez que la policía intentó entrar la urna sí estaba dentro: “Nos cogió desprevenidos porque somos un pueblo pequeño y no nos imaginábamos que vendrían aquí”. Fue la presidenta del colegio la encargada de trasladar la urna fuera del colegio. Una vez en el exterior se puso a correr sin saber qué hacer porque el miedo la paralizaba, pero se encontró con un vecino que la calmó y la ayudó a esconderla en el cementerio, en un nicho vacío que encontraron.

Mientras tanto, adentro la partida continuaba. Durante los veinte minutos en que los agentes estuvieron en el centro para gente mayor buscando la urna, echaron dos. “La partida estaba bien hecha, jugábamos pero lentamente porque estábamos pendientes de lo que pasaba en la calle”, reconoce Vilaró, que ganó una. “Yo venía a votar y no quería irme sin hacerlo, y por eso me quedé dentro”, explica Hug Pujol, que ganó la otra. “Desconectas y juegas, no pensé qué pasaría”, dice Pujol, que no esconde que le sorprendió que cuando “estaban embistiendo afuera no nos pasaran por encima también a nosotros”. “No nos podían hacer nada porque estábamos jugando”, replica Vilaró, que asegura que suficiente tenía con no distraerse con las cargas. Y con Marc. “No sabía jugar, y lo iba ayudando, creo que era la primera vez que jugaba”, dice Vilaró. El joven lo rebate riendo: “Había jugado alguna partida con mi abuela antes, pero no sabía mucho, la verdad”. El verano pasado de camping volvió a jugar con los amigos y se acordó de esa partida. Los guardias civiles no ponían atención al juego. “Su visión era periférica, no nos miraban”, dice Pujol. “Estaban muy robotizados”, añade Vilaró.

A pesar de que no podía votar porque entonces tenía 17 años, Ubanell estaba ahí para defender la libertad de expresión. “¡Ojalá hubiera podido votar!”, confiesa. Deja claro que no pasó miedo, a pesar de tener a los agentes encima. “Estaba indignado porque quería que la gente pudiera expresarse libremente, como lo hizo un chico de unos 30 años que vino con una bandera española y a quien aplaudimos cuando votó porque dijo que venía a defender la democracia”.

Quien hacía más reproches a los agentes, sin embargo, era Matilde, que con 90 años se encaraba a ellos sin tapujos por los destrozos que estaban haciendo. “¿Qué hacéis reventando puertas?”, les espetó. “¡Somos la Guardia Civil!”, respondió seco uno de los que cortaba el bacalao. Menos propensas a lanzar improperios eran las dos abuelas que estaban a su lado, también con las fichas sobre la mesa, pero que ni siquiera empezaron la partida. “Estaban muy asustadas”, dice Vilaró.

La partida, icono de la desobediencia pacífica, la capturó Marc Borrell con el móvil desde el exterior. “La mandé a un par de grupos de WhatsApp para que vieran lo que pasaba aquí”. No se esperaba que llegara en poco rato a tanta gente. “Un chico me llamó y me dijo si la podía compartir por Twitter, y al día siguiente supe que se había hecho viral y que había salido en algunos medios. “La fotografía es bastante significativa de cómo fue la jornada”, remarca Borrell, que recuerda el 1-O como “un día triste” por la intervención policial con “agentes con paso firme y muy armados”. El más joven de los jugadores considera que el 1-O sirvió para internacionalizar el conflicto. “Mundialmente, gracias a las hostias, ahora se conoce el caso catalán”, afirma Ubanell, que considera que es “un pequeño paso adelante”.

El 3-O, el ‘momentum’

Comas y Vilaró tienen claro que lo volverían a hacer y que se implicarían en un nuevo embate con el Estado, pero no esconden su malestar con JxCat y ERC. “Estoy muy cabreado y desencantado con los partidos porque nos decían que todo estaba muy preparado, como si no supieran que España haría todo lo que hiciese falta para evitarlo o que Europa no se metería”, afirma Comas, que se ha dado de baja de ERC por su apuesta por el diálogo y considera que “el 3-O era el momento” de proclamar la República. “Ahora hemos ido atrás: si juntos es difícil, separados todavía más”, lamenta, a pesar de destacar que “hay un antes y un después del 1-O”.

Vilaró también es pesimista: “El proyecto se ha ido a pique y no hay vías de salida, la gente se ha desmovilizado, pero queda la ilusión ante una nueva oportunidad”. A su parecer, desde el 1-O el chasco ha sido una constante. “A los jóvenes de Urquinaona no se los apoyó y ahora te dicen «cuando os aclaréis volveremos a la calle»”, resalta. “La gente no se moverá si las cosas no están muy claras”, avisa a continuación. “La esencia del 1-O es enseñar a la gente el poder que tiene, la no-violencia como vehículo de desobediencia contra el poder”, reafirma Pujol. Y hace una pausa para advertir: “Abrimos la caja de pandora que el régimen trata de cerrar”.