“Solo he votado dos veces: en el referéndum de la OTAN y el 1-O”

El anarquismo participó activamente en las movilizaciones, a pesar de los recelos iniciales con el Procés

Hoy hace tres años Ricardo Merino hizo una cosa que no acostumbra a hacer nunca: votar. “Por mi ideología anarquista, no voto nunca, porque mi modelo de sociedad no pasa por un estado”, aclara este combativo y veterano anarcosindicalista de 56 años de la CGT. La última vez que pasó por las urnas fue hace más de treinta años, concretamente el 12 de marzo de 1986, en el referéndum para ratificar la permanencia de España en la OTAN. Tenía 22 años. Desde entonces ninguna contienda electoral había atraído su atención y ni siquiera los llamamientos al voto útil para frenar la derecha le habían hecho cambiar de opinión.

“En el 1-O decidí participar porque el formato también era de referéndum y por la autodeterminación de los pueblos, un derecho que recoge el movimiento libertario”, expone Merino. No fue el único motivo que lo llevó a uno de los institutos que se habilitó como colegio electoral en Santa Margarida de Montbui, donde vive. “La represión que estaba sufriendo el pueblo catalán, la presión de los medios y el hecho de que estuviera prohibido me empujaron a participar”, admite. Lo decidió solo unos días antes porque tenía recelos sobre quiénes lideraban el Procés. Y estuvo a punto de no hacerlo. “Fui a las 11 pero había una cola de una hora y media por los ataques informáticos que estaban recibiendo. Pero después de comer mis hijos mayores me animaron a votar”, remarca. No esconde que lo hizo afirmativamente: “Voté a favor del pueblo oprimido y en contra del régimen del 78, y en mi entorno de militancia la mayoría también participaron y votaron que sí”, revela. No lo hizo porque sea independentista: “Que Cataluña sea independiente me da igual, porque yo, como el resto de anarquistas, no quiero un estado, pero voté que sí como enmienda al sistema”.

Merino ve paralelismos en las dos únicas votaciones en las que ha participado. “El referéndum de la OTAN se ganó en Cataluña pero se perdió en el Estado, y el 1-O ganamos pero perdimos una batalla que todavía continúa”. Aquel día, su hijo mayor, que tiene 27 años, se lo pasó en el instituto: “Nos quedamos para evitar que los Mossos lo cerraran y por los falsos avisos de que la policía venía”.

Simpatizante pero no militante anarquista, el joven define la jornada como una victoria de la autoorganización popular. “El 1-O fue del pueblo y marca el camino hacia una democracia más popular”. Como su padre, también votó y lo hizo por el sí: “Creo en un cambio, y ojalá fuera a nivel mundial, pero este cambio solo se estaba ofreciendo en Cataluña”, explica antes de explicar que solo ha votado en las últimas catalanas, en las que lo hizo por la CUP, y en las españolas, por Podemos, a pesar de que en este caso no está muy orgulloso porque no ve ningún cambio.

El papel de la CGT

Su padre opina que la autodeterminación no llegará de la derecha. “El pueblo catalán no será nunca independiente si lo abandera la burguesía catalana, que se vio arrastrada a liderar el Procés por supervivencia política”, resalta. Ermengol Gassiot, secretario general de la CGT, admite que la implicación del espacio postconvergente y empresarial en el Procés causaba recelos al principio. “Había una desconfianza hacia los partidos de los recortes y que nos han golpeado y mandado a prisión. Esto causaba desorientación en el movimiento, pero el anarquismo siempre ha defendido el derecho a la autodeterminación y la represión previa al 1-O hace que nos vayamos implicando”. Los registros de la Guardia Civil en empresas buscando material provocan un alud de posicionamientos en contra de la represión de secciones y federaciones del sindicato. “El 20-S mucha gente confluye en la calle, sobre todo en la sede de la CUP”. En este contexto, la madrugada del 21 de septiembre el secretariado permanente de la CGT movió ficha registrando un preaviso de huelga general para el 3-0, condicionado a la ratificación del comité confederal. “Fue una maniobra inédita porque siempre tomamos las decisiones de abajo arriba, pero por plazos lo teníamos que introducir ese día”, argumenta Ermengol, que revela que habría presentado la dimisión si las bases no hubieran validado la huelga. A pesar de generar perplejidad el procedimiento, unos días después una mayoría de dos tercios ratificó la parada. “La implicación crece a medida que avanzan los días y el 1-O gente abiertamente contraria a la huelga general sale a la calle”, subraya el máximo dirigente de la CGT. “El 1-O tiene la virtud de interpelar a un segmento excluido del Procés, y esto se ve en la huelga”, concluye Gassiot. “Con los piquetes éramos tres veces más gente que en una huelga general laboral”, corrobora Merino.

La CNT, el otro gran sindicato anarquista, tampoco se mostró equidistante con el 1-O, a pesar de que parte de sus militantes siempre han tenido una actitud hostil hacia el independentismo. Prueba de ello es que el 20-S el comité confederal, el máximo órgano estatal, se posicionó en defensa del derecho a decidir recordando que la CNT “siempre se ha mostrado favorable al derecho a la autodeterminación de los pueblos en sus acuerdos congresuales” y que no encontraban “razones para replantear” su postura “en el caso del referéndum catalán”. Un posicionamiento al cual se sumaba dos días más tarde la federación catalana y balear con un comunicado en defensa del derecho de autodeterminación del pueblo catalán contra un Estado al que tildaron de “autoritario y postfranquista”.

La CNT, pilar de la movilización

Marcel Surinyach, de la CNT de Olot, destaca que estos posicionamientos y el hecho de sumarse a la huelga general demuestran la implicación del sindicato. “La mayoría de militantes participaron, pero esto no quiere decir que no hubiera alguna sección local más reticente”, reconoce Surinyach. No fue el caso de la capital de la Garrotxa: “La CNT de Olot estuvo presente ocupando escuelas porque la ANC y Òmnium lo rechazaban en un principio, el 3-O organizó los piquetes en empresas y tiendas y los cortes de carretera en la comarca, como el del túnel de Bracons, donde se llegaron a reunir más de 300 personas”, explica. “Si no hubiera sido por la CNT y la CUP, solo se habría leído un manifiesto en el balcón del ayuntamiento ese día”, critica. El protagonismo de los cenetistas de Olot en las movilizaciones quedó evidenciado con la creación del CDR en el local de la CNT y el hecho de que pasara a denominarse ADL (Asamblea por la Defensa de las Libertades), el único que no tenía las siglas de los comités. Lluís Riera, militante de la CNT y regidor de la CUP en Olot, explica que “el anarquismo puro y duro no cree en el estado, pero muchos militantes nuestros se acabaron sumando y votando por primera vez como un eslabón de autoorganización popular”.

Miquel Goméz, miembro de Embat, una las dos grandes organizaciones anarquistas con la FAC, confirma que la implicación fue creciendo. “Nos costó creérnoslo, pero a partir del 20-S vimos que la cosa iba de verdad y la mayoría de la gente participó de una manera u otra, sumándose en algunos casos a los CDR porque es el poder popular lo que se defiende”. También la mayoría de su entorno depositó la papeleta en una urna. “Yo voté y la mayoría de libertarios que conozco también, porque era un acto de desobediencia contra el Estado”. También había reticencias: “Algunos históricos lo veían como un trapicheo del catalanismo para conseguir el control de la situación”, subraya. Aquel 1 de Octubre, sin embargo, el anarquismo mayoritariamente salió a la calle y, por un día, pasó por las urnas.

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