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La grandeza de un fracaso

La lectura de los sonetos escritos por el viejo Miguel Ángel es una experiencia inolvidable

Que el perdedor declare su triunfo puede ser un acto de obcecación, temeridad o consuelo. Más complejo todavía es que el ganador declare su derrota, un gesto difícil de entender en la distancia corta pero más comprensible cuando ya se ha puesto en juego toda una existencia. Hay una abundante literatura de triunfadores derrotados, hombres que fueron reconocidos y elogiados en vida y que, sin embargo, dedicaron sus últimos años a la explicación de su fracaso. La lectura de tales reflexiones tiene algo de melancólico y mucho de estimulante, pues no podemos dejar de admirar el terrible ejercicio de desnuda verdad que acostumbran a proponer.

Podría citar muchas lecturas de este tipo. No obstante, hay una cuya contundencia es difícilmente superable pues la aparente victoria de su autor no tiene parangón. Me refiere a los siempre demasiado desconocidos poemas de Miguel Ángel Buonarroti. Ningún artista -quizá con la excepción de Picasso en el siglo XX- ha gozado de mayor reconocimiento en su propia época que Miguel Ángel. Éste, como atestigua Vasari, fue literalmente divinizado, con un influjo masivo inmediato. El arte de Miguel Ángel había triunfado, siendo el artista florentino el que, en sus poemas, denuncia, precisamente, su fracaso artístico.

La lectura de los sonetos escritos por el viejo Miguel Ángel es una experiencia inolvidable: la lucha titánica de un hombre consigo mismo. Una idéntica energía dedicada a la creación en su escultura y su pintura, en su poesía se orienta hacia la crítica despiadada del creador. Miguel Ángel se ve a sí mismo como un fracasado, alguien que no ha sido capaz de coronar su gran objetivo: liberar lo espiritual de la cárcel de la materia. No sin una íntima inquietud nos adentramos en la obsesionante batalla del artista contra su arte. Miguel Ángel derriba el pedestal que le han erigido sus contemporáneos en una muestra de poder muy poco frecuente entre los artistas. Y sólo en los últimos poemas se calma su desolación, quizá ya por fin libre de su sombra.

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