La sangre no llegó al río

La sustitución del Govern por el Gobierno de la Nación no significa prácticamente nada

Afortunadamente la sangre no llegó al río. Lo que parecía un escenario espantoso por la mañana, tras la intervención del Presidente del Gobierno ante el Pleno del Senado para presentar el documento de medidas para la activación del artículo 155 CE, se convirtió en algo completamente distinto en su mensaje televisado dirigido al caer la tarde al conjunto del pueblo español, en el que están incluidos todos los ciudadanos catalanes.

Por la mañana la activación de la “coacción federal” parecía que se traduciría en la suspensión de la autonomía catalana hasta que se hubiera recuperado la “normalidad”, definida unilateralmente por el Gobierno de la Nación. Dicha suspensión conllevaría la sustitución del Govern por el Gobierno de la Nación por un tiempo en principio indefinido, aunque se pretendía que no fueran más de seis meses. La convocatoria de elecciones por el Gobierno sería la señal de que se había recuperado la normalidad y con ello se certificaría el fin de la vigencia de la “coacción federal”.

Por la tarde lo que parecía el punto de llegada de la aplicación del 155 CE se convirtió en el punto de partida. La convocatoria de las elecciones que se suponía que sería el último acto de aplicación del artículo 155 CE se convirtió en el primero. La “normalidad” que no existía por la mañana se había recuperado por la tarde. Hay que suponer que el Gobierno de la Nación consideró que con la aprobación por el Senado de las medidas propuestas por el Gobierno ya se había recuperado la normalidad. Así parece que habría que entender las palabras de Mariano Rajoy en su mensaje televisado, según las cuales el Estado de Derecho español había demostrado que disponía de instrumentos para responder al desafío al que tenía que enfrentarse

En todo caso, las elecciones ya están convocadas. Y eso significa dos cosas:

1ª Que la sustitución del Govern por el Gobierno de la Nación no significa prácticamente nada. Durante un proceso electoral el Gobierno casi no es nada. La vida política relevante la preside la Administración Electoral, que es la que garantiza la fiabilidad del proceso de formación de la voluntad general mediante el derecho de sufragio.

2ª Que la actuación de los partidos tiene que ser frenética y centrada casi exclusivamente en el proceso electoral: en tres días se constituyen las Juntas Electorales, para las que los partidos pueden proponer candidatos; en el sexto se fijan las Secciones y en los seis días siguientes los partidos pueden interponer recursos ante la JEP; en diez día se tienen que constituir las coaliciones; entre el decimoquinto y el vigésimo día posterior a la convocatoria hay que presentar las candidaturas ante la JEP; en el vigésimo séptimo se proclaman las candidaturas por el JEP, contra la que cabe interposición de recurso por los partidos; el trigésimo octavo comienza la campaña electoral que dura quince días. No queda tiempo para nada más.

Un proceso electoral recuerda a los partidos que la “ley de la gravedad” no se puede discutir. No hay medida mejor para obligar a poner los pies en el suelo y olvidarse de tonterías. Es la NORMALIDAD de la democracia.

Y en eso es en lo que van a estar todos los partidos catalanes en los próximos cincuenta y cuatro días. Después habrá que interpretar la voluntad general manifestada en las urnas y se pondrá en marcha una legislatura, que por definición (las legislaturas son compartimentos estancos), queda exenta de la vigencia de la coacción federal aprobada por el Senado para la legislatura que acaba de finalizar.

Catalunya ha sido un Pandemónium, “un lugar en que hay mucho ruido y confusión” (RAE), pero en las próximas semanas el ruido tendrá que expresarse a través de mensajes electorales y la confusión se verá sometida al ejercicio del derecho de sufragio, que es la única manera conocida de hacerla desaparecer.

La activación del principio de legitimidad democrática permite encontrar salida donde parece que no la hay. Por eso la democracia es la menos mala de todas las formas políticas. Porque buenas no las hay.