Una sociedad escindida

Un acuerdo político sólido, que pueda rehacer el consenso, es, simplemente, imposible

Hace días que los comentarios periodísticos giran y giran sobre la fallida investidura y sus secuelas; los más mínimos detalles son comentados: qué se han dicho, cómo se han mirado, qué cara ponían sus señorías... Aparentemente, todo depende de que se caigan bien o no, de que sean más o menos hábiles a la hora de llevar a los otros al terreno propio. ¿Cómo puede ser que durante la Transición gente que procedía de posiciones tan diversas fuera capaz de ponerse de acuerdo y que ahora no lo consigan? ¿Son peores los políticos actuales que los de hace cuarenta años?

La información que recibimos sobre la política tiende a frivolizarla, a convertirla en una especie de juego de azar en el que todo depende de hechos muy secundarios, de carácter personal. Hacer desaparecer el vínculo entre los intereses de clase y las opciones políticas ha sido una de las operaciones más constantes en los últimos años: gobiernos y medios de comunicación se han esforzado en hacernos creer que, efectivamente, los resultados de una elección dependen del color de una corbata o de una barba mal afeitada, siguiendo los modelos norteamericanos. Total, ¿qué importa? Si los políticos acaban siendo marionetas equivalentes, si "todos son iguales", como oímos tan a menudo, podemos hacerles responsables de cualquier daño que sufra la sociedad.

En este momento, la imposibilidad de un acuerdo entre los partidos no viene de estos aspectos menores, aunque en algún caso puedan influir. Viene de otro hecho mucho más grave: que vivimos en una sociedad escindida, que vive un proceso de disgregación, y no sólo no consigue acortar las distancias sino que las aumenta cada día que pasa. Allí donde antes había una cierta cohesión, la suficiente para que una gran mayoría de la población aceptara las reglas comunes surgidas de la Transición, han aparecido grietas, roturas, rupturas profundas. Todos los datos que se han generado últimamente muestran que en los años ochenta y noventa se produjo una cierta disminución de la desigualdad. No es que se repartiera mejor la riqueza, los ricos seguían siendo ricos; pero la creciente productividad permitió que una parte de la riqueza se distribuyera entre la clase media y la clase trabajadora, lo que suavizó las grandes desigualdades, de manera que parecía que habían desaparecido las clases sociales. Se vivía, pues, un proceso de confluencia. Ciertamente, las diferencias seguían siendo enormes, pero, en conjunto, todo el mundo progresaba. Este es el elemento fundamental para la cohesión de la sociedad, que no quiere decir que todo el mundo piense igual, pero sí que a la mayoría ya les va bien como van las cosas, porque ven un camino de progreso.

A partir del siglo XXI, aproximadamente, la tendencia se invierte y las desigualdades vuelven a crecer, primero levemente, después de una manera acelerada. El descontento aumenta, no ya porque la mayoría de las personas hayan dejado de progresar, sino porque muchísimas han perdido las condiciones mínimas que les permitían vivir con dignidad. ¿Cómo puede mantenerse la cohesión, en estas condiciones, cuando el Estado ya no asegura ni el derecho elemental a la vivienda o al trabajo, cuando los niveles de vida son cada vez más divergentes, a diferencia de lo que ocurrió durante la Transición, cuando, por primera vez después de la Guerra Civil, diversos sectores confluían? Los Pactos de la Moncloa permitieron el acuerdo entre la burguesía y la clase trabajadora: modifiquemos las condiciones laborales y dejémonos de huelgas salvajes, dicho muy simplemente. Todo el mundo salía ganando, y, por lo tanto, claro que confluyeron. Ahora estamos en el otro extremo: una clase capitalista que no se detiene ante nada, porque ya no juega en el ámbito nacional, sino transnacional; y unas clases medias y trabajadoras sin capacidad de exigir, porque el paro las debilita totalmente, que si no te gusta ya encontraré cien para que me hagan este trabajo. No es que nadie quiera ceder: es que las fuerzas son totalmente desiguales y desde los poderosos no hay ninguna concesión, que van a por todas. Pero a pesar del dominio ideológico que han conseguido, el malestar ya no se puede ocultar, y hay que agradecer que estén apareciendo nuevas formaciones políticas para expresarlo. En estas condiciones, un acuerdo político sólido, que pueda rehacer el consenso, es, simplemente, imposible. Y es que lo que vemos, lo que probablemente se irá acentuando, es la distancia entre las posiciones y los objetivos, de carácter económico o territorial, como estamos viviendo ya en este momento.

Tanto la sociología como la ciencia política han estudiado ampliamente estas situaciones. Cuando el Parlamento ya no puede hacer pactos, se suspende la democracia; incluso lo que allí sucede directamente es una muestra de este desacuerdo profundo, de la imposibilidad de un entendimiento: gritos, insultos, broncas, el Parlamento se convierte en una especie de mercado incapaz de guardar las formas. Cuando no se puede pactar con el adversario, porque no hay ni un mínimo espacio de encuentro, hay que caricaturizarlo, desautorizarlo, tacharlo de antidemocrático, porque alguien ha roto las reglas del juego y lo que se pone en duda es la legitimidad misma de determinados partidos o posiciones políticas.

En el pasado estas situaciones se resolvían imponiendo un régimen de excepción; eran los golpes militares. Ahora que formamos parte de la Unión Europea, el golpe militar está descartado, pero no otras formas del estado de excepción; un gobierno tecnocrático, impuesto desde arriba y al margen del Parlamento, es una forma de estado de excepción, una manera de doblar a los partidos y los intereses que representan. Es una vía que deja las manos mucho más libres a los poderosos para imponer sus intereses, y una manera de acallar al pueblo, porque ya no tiene ni el débil instrumento de los partidos políticos para hacer oír su voz. ¿Es aquí hacia donde caminamos? Todo hace pensar que sí, ante la incapacidad del PSOE para asumir una posición de izquierdas e intentar un gobierno alternativo que inicie una auténtica regeneración democrática que permita reencontrar el camino de la cohesión.

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