VIAJE AL CENTRO DEL FRANQUISMO

48 horas a la sombra de la cruz del Valle de los Caídos

El Valle de los Caídos no es sólo la tumba de Franco

La cruz, de 150 metros, es visible a más de 20 kilómetros. / FOTOS: JAVIER BARBANCHO
SÍLVIA MARIMON / ENVIADA ESPECIAL AL VALLE DE LOS CAÍDOS

Llego al Valle de los Caídos de noche y, mientras conduzco, voy dandole vueltas a una de las frases de la guía editada por Patrimonio Nacional: "En gran parte es una creación personal de Franco". Antes he tenido que franquear una barrera y convencer al vigilante de que tengo derecho a pasar porque dormiré en la Hospedería del Valle. Algunos de los que han visitado el Valle a menudo destacan que el paisaje, el valle de Cuelgamuros, es muy bucólico. Que es agradable trepar la montaña por una carretera rodeada de pinos al lado de El Escorial, donde están enterrados los reyes. Cuando subo no hay ni un alma y no me calienta el corazón. La inmensa cruz -150 metros de granito vertical visibles a más de 20 kilómetros- va asomándose entre los árboles como si estuviera siempre al acecho. En el aparcamiento de la Hospedería sólo hay un coche y todo es oscuro. Incluso la luna se empequeñece al lado de la cruz, que ahora aparece en toda su inmensidad y esplendor. No hay muchos huéspedes, pero el conserje me dice que al día siguiente, jueves, llegan cerca de un centenar de personas. Los fines de semana sí se llena de visitantes, el Valle. Hay colas. Desde que el gobierno español anunció que pretende retirar los restos de Franco del mausoleo, han aumentado un 80% las visitas. Este septiembre recibió 53.072 turistas, más del doble que el año anterior.

¿Cruz o montaña?

A la hora de la cena en el refectorio sólo encuentro tres almas solitarias de expresión muy seria y una pareja británica (ella no parece muy contenta y se lleva la botella de vino a la habitación). Todo el mundo está muy silencioso, sólo hay vida en la cocina, y en los platos y servilletas son bien visibles los escudos con simbología franquista. Muchas habitaciones están libres y el conserje me pregunta si quiero cruz o montaña. Escojo las vistas a la cruz pero sé que tendré pesadillas. En la habitación, como en el refectorio, hay paisajes bíblicos. Tras la cortina blanca y diáfana de la ventana vuelve a aparecer la majestuosa cruz.

En los pasillos, diferentes paneles explican la historia de España, del mundo y del cristianismo. Un índice da una idea del contenido: persecuciones de mártires, santos, cruzadas, pensadores, herejías... Ilustran la Revolución Francesa con una guillotina y mencionan la "trata de negros" que aparece bajo el reinado de los Reyes Católicos. Detallan algunos hechos de la Guerra Civil: explican que el 17 de julio hubo una sublevación militar (especifican la hora, a las 17.00), destacan los fusilamientos de Paracuellos y el bombardeo de Guernica, la ocupación de Málaga o la reconquista de Teruel. El final es este: "1 de abril. Triunfo de los nacionales. Fin de la guerra". Llego hasta los últimos años del franquismo. De 1969 destacan que el príncipe Juan Carlos es designado por Franco como su heredero, y una manifestación "pro Franco" en la Plaza de Oriente. La siguiente referencia es de 1971: juicio contra ETA y GRAPO, últimas ejecuciones de cinco activistas y nueva manifestación pro Franco contra la reacción de Europa ante las ejecuciones.

La biblioteca es seguramente el espacio más agradable de la hospedería, pero para poder entrar hay que pedir que la abran. La trabajadora que tiene las llaves me espera paciente en la puerta. No me puedo quedar sola pero tengo tiempo de hacer un repaso rápido a las diferentes estanterías protegidas por puertas de cristal y separadas por sólidas mesas de madera: hay, entre muchos otros libros, las 'Memorias políticas y de guerra' de Manuel Azaña, muchos volúmenes sobre la historia sindical o derecho laboral, 'Postfranquismo, proyecto de futuro' de Luis Olarra o 'Persuasion. The theory and practice of manipulative communication' de George N. Gordon.

Doble aislamiento

Entre los souvenirs que se pueden comprar en la recepción hay tazas con la bandera española y el nombre del Valle de los Caídos, camisetas y crucifijos, lotería, libros de cómo superar la depresión con santa Hildegarda, 'La Verdad sobre Lutero' de Angela Pellicciari , los libros de Pío Moa o 'Las historias ocultadas del nacionalsimo catalán' de Javier Barraycoa.

La sensación de aislamiento es doble: física, porque nadie puede entrar en el Valle hasta las 10 de la mañana, cuando se abran las puertas, y comunicativa, porque es imposible hacer llamadas. La guía de Patrimonio Nacional destaca: "Su origen [se refiere al Valle de los Caídos], su creación, incluso en muchos detalles la forma de este proyecto, se deben a Francisco Franco, jefe del estado español desde dicha Guerra Civil (1936-1939)". No lo dudo. En ningún lugar dice que fue un dictador.

'Rock and roll' en el Poblado

Este sitio, que tiene un punto de decadente y rancio, es gris y amenazador. A menos de dos kilómetros de la basílica está el Poblado del Valle de los Caídos. La señal de prohibido advierte que allí sólo pueden entrar los vehículos autorizados. El GPS me alerta que estoy en la calle Rock and Roll y pienso que debe haber enloquecido: ¿Elvis Presley y Chuck Berry a la sombra de la Cruz? Pero no... Una de los tres calles de esta comunidad de trabajadores de Patrimonio Nacional se llama Rock and Roll. Luís me cuenta que fue idea de su padre, un albañil que, harto de que el cartero dejara las cartas en cualquier lugar (no hay nombres de calles ni números), decidió bautizarlo con un género musical que no creo que escuchara Franco.

El mausoleo franquista se inauguró en 1959. A partir de ese año medio centenar de familias convivieron en el Poblado, que actualmente es un lugar medio abandonado entre pinos y rocas. Son casas adosadas de piedra, madera y pizarra, y en algunos portales se acumula la leña. Hay un parque infantil y un campo de fútbol destartalados y una escuela con una única sala donde ya hace muchos años que no entra ningún niño. El economato se cerró hace años y del bar sólo queda el esqueleto después de un incendio. Sólo 11 casas continúan habitadas y la mayoría de los que viven allí son trabajadores de Patrimonio Nacional en régimen de usufructo.

Mariano descansa junto a una máquina expendedora de bebidas en la puerta de la escuela: "Es nuestro bar", me dice. Él había ido a la escuela, donde niños y niñas de todas las edades compartían aula. Su profesora era Doña Martina (acentúa el título de Doña) y era la mujer de la autoridad de allí. Los que todavía viven en el Poblado trabajan de fontaneros, albañiles, electricistas o guardas. Recuerdan con nostalgia el pasado, cuando se celebraban fiestas con orquesta, o la libertad de jugar en medio de la naturaleza. Pero se quejan de que están abandonados, que todo cae y nadie hace nada. "Somos una especie en extinción", dice Mariano.

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